Capítulo XIV.2

(c) Cuming Museum; Supplied by The Public Catalogue Foundation

A principios de 1881 fueron amnistiados una veintena de presos aún confinados en el castillo de Alicante a raíz de los sucesos de julio de 1873 y se retiraron los cargos a los declarados en rebeldía. La noticia pilló a Samuel por sorpresa. No se alegró tanto como cabía esperar, la frialdad que ya conocía seguía instalada en su ánimo, pero le perturbaba, no podía evitar el sentimiento de culpabilidad que le ocasionaba su apatía emocional. Seguía manteniendo correspondencia regularmente con sus amigos Monllor y Esclafit, y por supuesto con Beatriz. Con el tiempo, sin embargo, las frases que por carta se cruzaban habían acabado transformándose en tópicos sobre su pronto y ansiado regreso del que ya nadie, tras la repentina muerte de don Anselmo, se atrevía a presagiar el final. Todos parecían haberse acomodado a una situación que al principio se preveía pasajera pero permanecía enquistada desde hacía más de siete años. Ya no sabía si era Mauro o Samuel. Volcado en L’Empire, embriagado con el éxito de su idea, revisando el saldo de su cuenta corriente que no dejaba de aumentar, disfrutando de placeres carnales que hasta entonces desconocía con Brigitte y descubriendo nuevos números musicales y melodías que nunca había escuchado pero que le entusiasmaban, puede que se hubiese transformado en Mauro sin darse cuenta. ¿Pero quién era Mauro? Nadie, pura invención.

¿Qué hacer? No lo sabía. El café iba viento en popa y si lo vendía seguro que haría un buen negocio, pero ¿cómo marchar ahora? Aún no había llegado la gran oportunidad, esa en que tanto confiaba La China. Le preocupaba el regreso, no veía a Beatriz desde septiembre de 1873, a su hija ni siquiera la conocía. ¿Cómo reaccionarían ellas? Pero, sobre todo, le preocupaba cómo respondería él, le aterraba la posibilidad de no sentir nada al verlas. Claro que las cosas no tenían por qué suceder así. Era lógico que tan prolongado alejamiento hubiera generado una cierta distancia afectiva, como le sugería La China. Pero ¿y luego? ¿Regresaría él solo a Barcelona? Y, sí así era, ¿por cuánto tiempo? ¿O se establecería en la ciudad condal con su mujer y Camila? En este caso, ¿se sentirían ellas a gusto en su nueva realidad, se adaptarían? La vida que llevaba Samuel no era precisamente sociable y se limitaba a L’Empire y a los ratos que pasaba con La China, a ir a algún concierto, leer, pasear, casi siempre solo, y poco más. ¿Qué podía ofrecerles?

―Puede que nuestra oportunidad no esté tan lejana ─le dijo La China, con quien compartía los términos del galimatías que perturbaba su mente─. Todavía es pronto para sacar conclusiones, por eso no te había comentado nada hasta ahora, pero me ha llegado una información, no de las chicas sino a través del marqués de Loix.

Tras el desgraciado incidente que le desfiguró parte del rostro, Brigitte dejó de ser una mujer deseada por un sinfín de admiradores, pero mantuvo su affaire con el marqués, al que su rostro no era justamente la parte del cuerpo por la que mayor inclinación sentía.

―Él ─continuó─ no sabe que escuché una conversación en su casa, en la habitación de al lado de la que yo estaba, con alguien que parecía tener mucha influencia en el ayuntamiento, pero lo oí todo. Hablaban de que, con la remodelación urbana que desde hace unos años experimenta Barcelona, los terrenos donde está L’Empire y los aledaños subirán de valor una barbaridad. No puedo decirte mucho más, pero averiguaré, seguro, el momento y las circunstancias. Si es como parece, nos podemos sacar un buen pellizco. Hay, pues, que esperar, aunque no creo que mucho. Así que ve a Alcoi, déjalo todo en mis manos. Estate allí un tiempo, el café puede funcionar perfectamente sin ti. Si se cumple lo que escuché, te aviso inmediatamente. Si no tranquilo, permanece allí el tiempo que quieras, hasta que aclares tus dudas.

**

Como en otros tantos asuntos, Samuel hizo caso a su amiga; el afecto, la confianza y la afinidad era cada día mayor entre ellos. Tres o cuatro días después contemplaba por la ventanilla de la diligencia que le conducía a Alcoi paisajes cada vez más familiares.

En la plaza de San Agustín le esperaban Beatriz, Camila y sus abuelos, Esclafit y Monllor y doña Luisa. Bajó del coche, abrazó a todos y todos le abrazaron a él. Beatriz estaba realmente guapa, con un vestido de muselina azul celeste y un peinado alto que dejaba sus facciones al descubierto. Seguía siendo la misma joven de cutis pálido, límpida y dulce mirada, con la que se casó. De su mano, la pequeña Camila no decía nada, parecía asustada, miraba a su yaya, que le susurraba al oído unas palabras de bienvenida que habían preparado y ensayado varias veces, pero de las que, al parecer, no podía recordar ni una sola palabra en ese momento. Samuel se quedó mirándola y sonrió. La pequeña se encogió de hombros e hizo un mohín, formándose unos pequeños repliegues sobre sus pómulos salpicados de pecas que conmovió el ánimo de Samuel, quien la levantó del suelo y la estrechó entre sus brazos. Era la primera vez que abrazaba a un niño. Se acordó de su amiga Brigitte. ¿Y qué hago yo con una niña? ¿Qué le digo? ¿Cómo me comporto?, le preguntaba. Simplemente déjate llevar y quiérela mucho, contestaba ella.

Samuel le había traído de Barcelona un praxinoscopio ─un juguete óptico que, mediante un tambor giratorio alrededor del cual se colocaba una tira de papel con dibujos que se reflejaban en unos espejos, proporcionaba la sensación de movimiento─ y un pequeño teatro de sombras, en cartón, con divertidos personajes. A Camila le entusiasmaron, especialmente el pequeño teatro, que ─al igual que haría luego su padre con el primer fonógrafo que se compró─ conservó toda su vida. Samuel pasaba horas con ella “representando” en el teatrito mil y una historias que le venían a la cabeza. Ni se le pasó por la imaginación que Camila acabaría pisando escenarios de teatros de verdad cuyos espectadores la aclamarían; los mejores teatros, además. El cariño entre ambos no tardó en surgir. Camila era una niña que parecía poseer el germen de la alegría, siempre risueña, contenta, cariñosa… Samuel la llevaba a todas partes con él, a la Mariola, a Els Canalons, a aquellos lugares tan estrechamente ligados a su niñez, jugaba con ella colocándose pendientes de cerezas del cerezo de Farinetes.

―¿Son tuyas todas estas cerezas? ─Camila veía que su padre llenaba un cesto con los encarnados frutos.

―Todavía no, pero lo serán. Mas no te preocupes ¿eh?, que el dueño me dio permiso hace mucho tiempo para coger cuantas cerezas quisiera.

―¿Sí? ¿Era bueno?

―Ya lo creo.

―¿Cómo tú?

**

Cuando al cabo de tres meses recibió noticias de La China requiriendo su presencia en Barcelona ─Ahora es el momento escribía en su carta─ Samuel sintió en el alma tener que dejar a Camila aunque fuera por unos meses, más cuando la niña le preguntó si ya no volvería a verle.

La relación con Beatriz  marchaba mejor de lo que él mismo esperaba. Seguía tan enamorada de Samuel como el primer día, todo eran atenciones hacia su persona, ningún reproche, admiraba la determinación con que, según ella, había afrontado los años que forzosamente hubo de pasar alejado de los suyos y cómo, a pesar de ello, había sabido sobreponerse y regresar “convertido en todo un señor”; lo consideraba un buen padre y esposo. Samuel se encontraba bien a su lado aunque no sentía esa vehemencia enardecedora que descubrió con La China, lo que no significaba que no la deseara. Beatriz, no obstante ─como la mayoría de las personas “decentes”─ ignoraba que todas las mujeres podían ser voluptuosas y que, en el sexo, el placer de uno aumentaba con el goce del otro. Samuel, en cambio, había perdido todo pudor como resultado de sus encuentros sexuales con su amiga y calificaba de mojigaterías las habituales conductas de no contemplarse totalmente desnudos, hacer el amor a oscuras y desterrar cualquier otra práctica que no fuese la postura llamada del misionero, la cual, por otro lado, era la que los médicos recomendaban. Samuel quería disfrutar de su cuerpo y que ella hiciese lo mismo con el suyo. Su esposa no se negaba pero era evidente que no eran esos sus deseos, su incomodidad así lo reflejaba.

―Yo haré lo que tú digas, eres mi marido, pero hay cosas que me parece que no están bien, eso de estar completamente desnudos, que tú me veas…, y de día…

Samuel se exasperaba pero mantenía para sí su irritación. Tiempo al tiempo, pensaba, tal vez acordándose de sus apuros en su iniciación con Brigitte.

**

De nuevo en Barcelona le explicó a Brigitte lo que finalmente había decidido respecto a su futuro, resolución que, por otra parte, no dejaba de ajustarse a lo que con ella había convenido desde un principio. Con una novedad: tanto si salía bien el negocio que se traían entre manos ─del que su amiga aún no había tenido tiempo de explicarle los detalles─ como si no, vendería L’Empire y marcharía a Alcoi, donde compraría los terrenos y el cerezo de Farinetes para hacerse construir una casa de campo en la que pasaría cuanto tiempo pudiera, sobre todo con Camila. Vendería, pues, de todos modos y dejaría Barcelona.

_______

Imagen: “Padre e hija” (1880). Karl Wilhelm Friedrich.

Anuncios

Un pensamiento en “Capítulo XIV.2

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s