Capítulo XIV.1

XIV.1

La China no faltaba ningún día a sus obligaciones en L’Empire. Era puntual, organizada, y realmente sabía tratar a las chicas. Siempre estaba entre bambalinas, jamás salía al salón ni al jardín, no quería ser vista y tampoco relacionarse con nadie. Samuel era la única persona que nunca sintió las consecuencias de su, a veces, difícil carácter. La complicidad entre ellos era cada vez mayor. También la confianza. Charlas como las del día en que se conocieron se repitieron. No con asiduidad, de vez en cuando, aunque cada vez más regularmente. Todo ello empezaba a construir unos sólidos pilares sobre los que asentar una buena amistad.

L’Empire llevaba ya casi un año abierto con el mismo éxito que el día de la inauguración y Brigitte seguía el juego a Inglada, al que pasaba información sobre operaciones comerciales de todo tipo de los distinguidos clientes que, bien acompañados, ocupaban palcos y cenadores: posibles especulaciones bursátiles, inversiones, detalles acerca de su situación financiera e incluso de su vida privada. Prácticamente le contaba todo lo que conseguía averiguar a través de las chicas, siempre esperando la oportunidad de enterarse de alguna operación que pudiera estar a su alcance y de la que valiese realmente la pena aprovecharse, la gran oportunidad que cambiaría definitivamente su vida.

Hacía, sin embargo, unos días que no acudía a L’Empire. Alguna vez había tenido que quedarse en casa por esas fastidiosas neuralgias siempre recurrentes, pero nunca tan persistentes como la que le atormentaba en esta ocasión. Samuel estaba un tanto preocupado por ella y decidió visitarla en su casa. Por otra parte, unas camareras habían discutido acerca de cuál de las dos debía servir en uno de los palcos que solía frecuentar un recién llegado a la opulencia en uno de esos golpes de suerte de la Barcelona de la fiebre de oro. Samuel no sabía cómo solucionar este tipo de conflictos, que con ella en el café no sucedían.

Brigitte se alegró al verle y dijo empezar a encontrarse algo mejor con su presencia. Encendieron una pipa con hachís y abrieron una botella de champán. La situación les hizo evocar el día que se conocieron. Esta vez, Samuel ─que ya se comportaba con total naturalidad ante la que, sin duda, consideraba su amiga─ se ofreció a masajearle la cabeza. Recordaba perfectamente cómo Guisambola lo había hecho un par de veces con él, con magníficos resultados, y como él lo había hecho con Beatriz, con resultados si no magníficos al menos suficientes. A ella le sorprendió que poseyera tal aptitud, pero decidió confiar. A pesar que la mascarilla suponía un engorro para tal fin ─Samuel le propuso que se la quitara, a lo que Brigitte se negó; es más, dijo no poder hacerlo aunque quisiera─, sus dedos presionaron, suaves y precisos, las zonas afectadas. Era como si, en esos momentos, Guisambola se hubiese reencarnado en él. La China se relajó y el dolor, poco a poco, acabó por desaparecer.

―Eres un tipo raro, Samuel. Nunca lo hubiese imaginado. A partir de ahora vas a tener que hacerme esto todos los días.

Ambos rieron, la pipa también comenzaba su efecto.

―¿Por qué me dijiste que me quitara la mascarilla? ─preguntó Brigitte al rato─, ¿sentías curiosidad por ver hasta qué punto me desfiguró la cara el desgraciado aquel?

―En absoluto, créeme.

―Te hubiera parecido repulsiva.

―Con o sin mascarilla, tú siempre serás una mujer bella, y lo sabes. Abandona ese aislamiento en que vives y disfruta, igual hasta desaparecen tus dolores.

La China puso su dedo índice en la boca de Samuel, no quería seguir escuchando sus elogios, se sentía conmovida, sabía que Samuel hablaba con sinceridad, con el corazón. Era de nuevo Brígida, después de tanto tiempo. Acercó su rostro al de Samuel y clavó sus ojos en los suyos, advirtiendo una mirada franca y cálida.

―¿De verdad no te parezco repulsiva?, le preguntó.

Samuel sonrío con ternura. Aquella cicatriz, tan profunda que llegaba hasta el alma, dejó de existir por unos instantes y La China abandonó su papel de seductora mujer fatal para dar paso a la niña solitaria y asustada tanto tiempo en letargo. Besó a Samuel en la boca y este la correspondió.

Samuel era bastante torpe en el arte amatorio. Sus encuentros sexuales habían sido escasos y del que prometía ser el más pasional de todos, con Anita, solo obtuvo una tremenda frustración. Se podrían considerar el par de veces que había ido de putas en Alcoi, donde unas sucias meretrices se limitaban a tumbarse en un mugriento jergón, levantarse la falda y decir Venga, empieza ya. Y luego Beatriz, con quien creía haber hecho el amor, pero a la que ni siquiera había llegado a ver desnuda. Con Brigitte, en cambio, se sintió trasportado a un universo de sensaciones desconocidas que llenaban todos sus sentidos. Olía a tomillo, con los ojos cerrados era como si estuviese en su querido rincón de Farinetes, la misma paz.

La China se dio cuenta enseguida de la inexperiencia de Samuel. Relájate, anda, déjate llevar, le dijo con dulzura, la misma con que a continuación se desnudó y le desnudó. Las yemas de los dedos de sus manos empezaron a recorrer suavemente la epidermis de su compañero que, con los ojos cerrados, respiraba agitadamente. Su corazón latía con fuerza, acelerado por el deseo; puede también que por la timidez, tal vez por el miedo. Trató de decir algo, pero solo un inaudible balbuceo salió de su boca. Calla, relájate, respira hondo, insistió Brigitte, cuyas manos continuaban deslizándose por el cuerpo de Samuel con la levedad de una pluma y la delicadeza de la seda más fina. Samuel empezó a respirar hondo y a entrar en un universo de placer por explorar, en un océano exento de prohibiciones y limitaciones en el que no le costó demasiado sumergirse sin importarle el peligro de naufragio. Desconocía el estado en que se hallaba, era nuevo para él, a veces la inseguridad le cohibía y se quedaba paralizado, de nuevo una desacompasada respiración traslucía la intranquilidad de su ánimo; en otros momentos, en cambio, cada vez más frecuentes, se sentía tan a gusto… Ningún comedimiento, ninguna moderación, tenían cabida en su interior.

La pasión pudo por fin desbocarse y proceder de acuerdo con sus reglas, contrarias por completo a la razón. Sus cuerpos desnudos, libres, se revolvían, sudaban, jadeaban, cada vez más excitados, más parejos. Samuel no olvidaría jamás aquella “primera” vez. Para Brigitte también significó algo más, aunque algo un tanto peligroso, pensó después. Por ello se encargó de dejar bien a las claras los límites de su relación: nada de enamoramientos, de sentimientos dependientes, cada uno debía seguir con su vida y sus ambiciones, la práctica del sexo no debía perjudicar el principal motivo, y al principio único, de su estrecha colaboración: aprovecharse de quien quería utilizarlos y conseguir el suficiente dinero para nunca más tener que estar subordinado a nadie. Los dos, a su manera, habían vivido de los sobrantes de la vida, de los excesos de los demás. ¿Por qué contentarse con migajas cuando tenían la posibilidad de hacerse con todo el pastel? Jamás debemos olvidar esto, le dijo.

Samuel hubo de luchar consigo mismo para conseguir atemperar su apasionamiento. Debía regresar de nuevo a la razón ─la razón, ante todo la razón, como le decía Monllor─. Le costó ─hubiera dado cualquier cosa al día siguiente por repetir la experiencia, y al otro, y en los sucesivos─ pero supo contenerse, tenía esposa e hija y en algún momento, más bien pronto que tarde, ya habían pasado unos años, llegaría el indulto. La China se encargaba de recordárselo continuamente. De ese modo, La China ─que con Samuel no era ni tan solo Brigitte, únicamente Brígida─ se convirtió en su amante, su confidente, su consejera, su amiga en definitiva. Con ella compartió algunos de los momentos más relevantes de aquella etapa de su vida, especialmente los relacionados con Alcoi, de donde continuaba recibiendo noticias regularmente. Así, superó con mayor facilidad el desencanto que experimentó tras enterarse de la muerte de don Anselmo y de la del padre de Beatriz. La noticia de ambos decesos le afectó profundamente, sentía gran aprecio los dos, puede que más por don Anselmo.

Con su desaparición se desvanecían las escasas posibilidades ─si es que quedaba alguna─ de una resolución que estableciera el real significado de su participación en los hechos de aquel verano de 1873. Era, de todos modos, consciente de que su absolución acabaría por llegar. En 1876 había sido concedida una primera amnistía a 141 de los 282 procesados. Pero una cosa es el perdón y otra muy distinta el reconocimiento de la inocencia. Antes de recibir la aciaga nueva, una carta de Monllor le explicaba que don Anselmo seguía empecinado en esclarecer los hechos y que, aunque lentamente, las cosas iban por buen camino. No era la primera vez que se lo decía. En todas sus cartas Monllor pronosticaba una pronta y satisfactoria solución. Samuel ya desconfiaba, no de Monllor ni de don Anselmo ─personas, ambas, importantes en su juventud, que estimaba─, del azar simplemente. Ahora, la amnistía era la única posibilidad. A Samuel, sin embargo, le iban bien las cosas y muy pocas veces pensaba en ello.

**

Un año después de inaugurado el cabaret, Yákov tomo la decisión de regresar a Moscú, su ciudad natal y centro comercial del imperio ruso, para montar una compañía de importación de vinos y licores. La gran oportunidad de su vida, decía. Moscú crecía cada día más, se acercaba a los setecientos mil habitantes y adoptaba muchos de los hábitos del modo de vida occidental. Marchó acompañado de Valentina. La China se convirtió desde entonces en el único punto de apoyo de Samuel. Brigitte hacía tiempo que solo se apoyaba en él. Ni antes ni después de conocerle nadie se había preocupado por ella, por Brígida.

La China y Samuel acabaron siendo un árbol de dos troncos, cada uno con ramas de hojas y frutos distintos que crecían sin molestarse. Es más, uno se beneficiaba de la savia del otro, un árbol de sólidas raíces y lleno de vigor del que solamente podía esperarse excelentes frutos. Con La China vivió los progresos que Beatriz le contaba de su hija, los estados de ánimo de su esposa, la muerte de su madre ─en 1879, a los 59 años─ y, sobre todo, la culpa que le creaba la frialdad con que recibía estas noticias.

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Imagen: “Amantes” (1933). Konstantin Somov.

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