Capítulo XIII.3

XIII.3B

Al principio parecía que La China erraba en su vaticinio. Samuel comenzaba a dudar del éxito de la inauguración del café y sentía pavor solo de pensarlo. Muchos curiosos se agolpaban a la puerta, pero pocos entraban, la mayoría se daba la vuelta al ver la lista de los precios. No tardó en pasar por delante un lujoso carruaje que se dirigió a la cochera, otro al poco, y luego uno más, y otro… La gente empezaba a hacer cábalas acerca de sus ocupantes y algunos aseguraban haber visto a ilustres personajes como el alcalde o el gobernador. El café. que contaba con servicio de restaurante ─francés por supuesto─, abría a las ocho de la noche y el espectáculo empezaba a las diez, la primera parte, y a las once y media, la segunda.

Todavía no habían dado las nueve y el local estaba a rebosar. Ahora el que estaba nervioso era Fanon, el director artístico que Samuel había contratado en París. El maestro Fanon contaba con una larga trayectoria en el mundo del teatro musical de la capital francesa, había trabajado como ayudante de Offenbach desde los tiempos del Théâtre des Bouffes-Parisiens, así como en sus operetas La vie parisienne y La Périchole. En París, sin embargo, la competencia era atroz y vio en la oferta de Samuel la oportunidad de montar y dirigir un espectáculo de alto riesgo, pues con él debía nada menos que epatar a la cada vez más próspera sociedad barcelonesa. Tomó el asunto como un reto personal y se entregó al mismo por completo, se trajo de de París algunas de las que consideraba futuras promesas del canto y el baile, jóvenes con ambición y deseos de triunfar, y completó el elenco recorriendo con Samuel, Yákov y La China los cafés-cantantes de Barcelona para seleccionar a las mejores chicas a su juicio. Nadie decía que no, Fanon era un tipo serio en su trabajo y se le veía un auténtico profesional, su currículum daba fe de ello y venía de París. Pero por si fuera poco los sueldos que Samuel ofrecía eran sensiblemente superiores a los habituales de los cafés-cantantes de la capital catalana. Lógicamente, Valentina ─la amiga de Yákov─ pasó a engrosar la compañía de L’Empire.

Casi con media hora de retraso ─No tengáis prisa, le gente se divierte y no para de consumir, decía Samuel, contagiado de la confianza de La China, para desesperación de Fanon, cada vez más nervioso─ empezó el espectáculo. Hasta entonces, y desde el momento de abrir las puertas, la orquesta no había parado de interpretar valses y otros bailables a la sazón en boga, pero sobre todo valses, mucho más elegantes que cualquier otra danza. Las luces de la sala se apagaron y sobre el escenario hubo una explosión de animación y color. Miren lo que les espera, parecía sugerir el primer número, el famoso galop de Orfeo en los infiernos. Una docena de muchachas exhibían sus dotes para tan dinámico y atrevido baile, volaban faldas y enaguas, subían y bajaban las piernas con rapidez. Como las camareras, llevaban corpiño azul y rojo de amplio escote, falda de volantes rojo pasión, largos guantes rojos y medias negras de seda, pero estas mostraban parte de su calzón, mitad rojo mitad azul, con puntillas y encajes, y adornaban su cabeza con hermosas plumas de colores. Seguía la función en su primera parte con unos couplets, entre ellos el Rataplán de La fille du régiment, de Donizetti, interpretado por Valentina, de quien el maestro Fanon había sabido aprovechar al máximo el agudo timbre de su voz para satisfacción de Yákov, al que finalmente Samuel convenció para que colaborase de alguna manera con él, pasando a ser el responsable del abastecimiento de las bebidas. Los mejores vinos y champanes, los licores más excelsos y otras bebidas del todo inusuales en la Barcelona de aquellos años, como el armagnac, el calvados o el marc de champagne, figuraban en la carta de L’Empire.

Tras la serie de couplets y canciones, un espectacular malabarista dejó boquiabiertos a los presentes con sus juegos y un mago prodigioso tragó serpientes vivas, sacando luego de su estómago collares de falsas perlas del Oriente que ofrecía a las señoras. Buen conocedor de la obra de Offenbach y de sus propiedades en el enaltecimiento de los ánimos, el maestro Fanon se sirvió de su música en la mayoría de los números. De repente apareció en el escenario un tipo orondo, de cuidados bigotes y vestido de frac, una caricatura de tantos como los que allí se encontraban, especialmente en los palcos. Se presentó, pero más que hablar balbuceaba, llevaba en su mano una botella de champán medio vacía y se tambaleaba ligeramente: Soy el abad ─dijo mientras salían varios hip de su boca─ perdón, barón, de Montserrat.

Entre el público se escucharon las primeras risas nerviosas. Samuel, entre bambalinas, mostraba su satisfacción y seguía atentamente el espectáculo. Esto va bien, le decía a La China. En el número original de La vie parisienne, cuya letra había traducido un joven poeta, no se hablaba, obviamente, de ningún abad. Tal referencia fue idea suya y hasta a Fanon le areció demasiado provocadora, pero le gustó. Posiblemente Offenbach también lo hubiera hecho, pensó. De todos modos, el barón Gondremarck de La vie parisienne no era ni mucho menos trigo limpio. A pesar de la calculada provocación, el escándalo no había hecho más que empezar. Enseguida llegó, conducida por alegres, alborotadas y alborotadoras jóvenes, una mesa rectangular, a la que se había puesto ruedas para que pudiera deslizarse por el escenario, en la que se sentó el barón ante una botella de champán y una copa. Un grupo de seis mujeres y tres hombres danzaban a su alrededor, preguntaban con qué se embriagaba cada uno. Con borgoña, con champán, con burdeos… El barón respondía bebiendo cualquier cosa que le ofrecieran. Sobre sus rodillas se sentaba la protagonista de la historia, que levantaba las piernas entre el regocijo general, mostrando las medias negras finas y transparentes que las cubrían pero no escondían su forma. Cantaba el grupo mientras el barón seguía bebiendo de varias copas a la vez. Todo da vueltas, todo se mueve, mi cabeza no responde, proclamaba alegremente. A vuestra salud, barón, exclamó una de las muchachas. A vuestra salud, dijo otra, y otra más después, mientas vaciaban sus copas en la garganta del barón, que reclinaba el cuello y abría la boca. Empezó este a brindar. Por la marquesa. Por la duquesa. Por la baronesa. Por la condesa. Seguían vaciando copas en su gaznate y ofreciéndole beber de cualquiera de las numerosas botellas que habían depositado sobre la mesa, cosa que el barón hacía con sumo placer, repitiendo una vez más los brindis de cara al público y mostrando su copa en alto hasta que todos brindaban con él en un frenesí contagioso. Las camareras animaban a todos a brindar también, es decir, a consumir. Al final, el barón se dejó caer sobre la mesa. Está achispado, cantaban todos, al tiempo que empezaban a dar vueltas a la mesa con él arriba, hasta que cayó en medio del entusiasmo general y un compartido brindis. Todo gira, todo da vueltas, mi cabeza se pierde, cantaban a coro, cada vez con mayor intensidad, contagiando a un público tan entregado como asombrado.

La segunda parte, tras una pausa de más de una hora en la que de vez en cuando salía al escenario un pierrot que contaba anécdotas subidas de tono, empezó con el final de La Périchole, si bien de forma muy distinta a la habitual. La orquesta interpretaba la partitura y el escenario se iluminaba poco a poco, pero permanecía vacío. De entre los diversos corredores que daban a la gran sala comenzaron a aparecer las vivarachas jóvenes que habían danzado el cancán, ahora vestidas al estilo colonial. Bailando entre el público, al que animaban con sus gritos, fueron ocupando de nuevo la escena hasta llenarla de alegría con la consiguiente algazara de los presentes. Continuó el espectáculo con algunas canciones ─Les filles de Cadix, de Delibes; Il Bacio, de Arditi─, llegando al culmen con el número de la obra Orfeo en los infiernos en que Júpiter, convertido en mosca, seduce a Eurídice, pues en el momento final, cuando aquel exclamaba ¡Te tengo! ¡Eres hermosísima! se abalanzó sobre ella, que adecuaba sus coloraturas al ritmo de un orgasmo, cayéndose ─un calculado error involuntario─ sobre su regazo, al que parecía haberse quedado pegado.

Ante tal atrevimiento más de uno se escandalizó y alguna señora abandonó enfurruñada el local seguida de su marido. La mayoría, sin embargo, entre incrédulos y asombrados, disfrutaban como niños ─especialmente los que habían acudido sin sus esposas─ de la procacidad de la representación. Estaban contemplando, al fin y al cabo, un espectáculo que ya quisiera para sí París, como atestiguaban algunos de los presentes que habían visitado los cafés-cantantes de la capital francesa, un espectáculo moderno al que la Barcelona que aspiraba a ser una ciudad cosmopolita universalmente conocida no podía permanecer ajena. Para terminar, el número final de La vie parisienne y de nuevo el cancán con sus atrevidos pasos, otra vez la patada alta, el puente, los rondes de jambe, grands écart, de nuevo la voluptuosidad más refinada. Esta es la vida parisina, la del placer sin fin, añadiendo al texto original, a propuesta de Fanon y para satisfacción de Samuel, Esta es la vida en L’Empire Parisien.

En los palcos se hacía una lectura distinta del espectáculo, aunque la mayoría se lo callaba, sobre todo si había señoras delante, más si eran las suyas. Esas chicas, sensuales, tentadoras, tan distintas a las que poblaban los cafés y cafetines, ¿aceptarían una copa con ellos? Era evidente que sí, bastaba con fijarse en el descaro con que se movían, la frescura de sus cómplices gestos. Los que habían acudido acompañados a buen seguro que hubieran preferido haberlo hecho solos. Algunos babosos esperaban que la función terminase para invitar a champán a aquellas alocadas sílfides. Terminado el número, los aplausos y los bravos apenas dejaban escuchar la orquesta, que seguía interpretando a Offenbach. Todos los cantantes y bailarines salieron al escenario y el número se repitió. Esta es la vida parisina, la del placer sin fin. Esta es la vida en L’Empire Parisien. El éxito sorprendió hasta el mismo Samuel, que no cabía en sí de gozo y lo celebraba con La China, Fanon y Yákov entre bambalinas descorchando una botella de Heidsieck.

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