Capítulo XIII.2. Tercera parte

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El tiempo pasaba deprisa, cuando se dieron cuenta eran las ocho y media de la noche. Habían hablado de muchas cosas ─muchas más de las que ninguno en principio imaginase─, se había sincerado, también mucho más de lo que cualquiera de los dos se figurase ─ni siquiera pretendiese─. Se imponía, pues, el final de la entrevista. La corrección al menos es lo que aconsejaba. Pero ni a uno ni a otro parecía importarles demasiado las convencionales maneras de uso general. La China, además, se sentía intrigada con determinados aspectos del comportamiento de Samuel. Por primera vez desde que el hijo de Inglada ─quien compartía nombre y bellaquería con su padre─ le desfigurara parte del rostro alguien empezó la conversación sin hacer referencia a la evidente muestra de la canallada de que había sido objeto, ni una palabra acerca del porqué de lo sucedido, ninguna curiosidad malsana. Vaya tipo raro, pensó. ¿No será que, en definitiva, iba a la suya y le importaba un bledo cuanto a ella le sucediese? No, no parece de esos, le decía su mente. ¿Es posible que ya supiese todo sobre ella antes de ir a visitarla? Si era así, lo disimulaba muy bien. Tampoco debía ser esa la razón. ¿Quién, en todo caso, podía haberle contado su historia con tanto lujo de detalles? Solo de ese modo se justificaría su aparente desinterés. Los únicos que hubieran podido hacerlo hasta el extremo de no dejar ninguna pregunta sin respuesta eran Barrera y el propio Inglada. A este último Samuel ni siquiera lo conocía en persona, y con Barrera ─a tenor de lo que el propio Samuel había manifestado─ difícilmente podía tener tal grado de familiaridad. ¿Demasiado calculador, demasiado respetuoso? A La China, obviamente, no podía darle igual una cosa que otra.

―Por cierto, Mauro, ¿cómo es que no has dicho nada sobre mi mascarilla?

―Perdón ─contestó Samuel─, debo haberte parecido un perfecto zopenco. Realmente es preciosa.

Un tanto desconcertada ─de nuevo la misma duda: ¿demasiado calculador, demasiado respetuoso?─, La China sonrió complacida. Al menos por una vez, algo de tan negativa trascendencia para ella, motivo de su abatimiento y causa del truncamiento de su carrera, no acabó siendo, como solía ocurrirle, el principal tema de conversación, si no en duración sí en intensidad. A esas alturas, ya había confesado la agresión de que en su día fue víctima. La mascarilla cubría desde el cuello a la frente, tapando parte de la mejilla derecha, la sien y el oído. Cómo se sujetaba nadie lo sabía, pues lo único que se veía era un delicado pan de oro pegado a la piel que un reputado batidor de oro se encargaba periódicamente de arreglar si sufría cualquier desperfecto. Tomó, pues, las palabras de Samuel como un cumplido.

―No, si aún resultará que me favorece.

Añadió con sorna La China, que no solía bromear con el tema y se irritaba cuando le preguntaban por la causa de que llevase aquella mascarilla, pero hablar de la cuestión había salido de ella esta vez. Era como si se quitase un gran peso de encima. Lógicamente, la sensación le agradaba.

―¿Sabes? Yo era muy bella.

―Y lo sigues siendo. No hables en pasado. Vaya socia que he encontrado, el desaliento no nos sirve para nada, menos ahora que vamos a necesitar tirar constantemente del ánimo. No va a ser fácil pegársela a Inglada. Divertido puede, pero fácil no. Sobre lo que ya ha sucedido nada podemos hacer por cambiarlo. ¿Por qué no piensas que la mascarilla, lejos de afearte, te proporciona un halo de misterio que te hace más cautivadora? A mí al menos es lo que me parece.

La China agradeció a Samuel sus palabras, sinceras por otra parte. Realmente seguía siendo una mujer fascinante. Su rostro dibujaba un óvalo casi perfecto, los carnosos labios rojos realzaban una tez blanca como el jazmín y uno se preguntaba por su continuidad en la parte que llevaba siempre cubierta con la dorada mascarilla. Sus marcados rasgos, en los que se adivinaba una complicada trayectoria vital, eran duros, pero como Samuel había comprobado podían ablandarse con facilidad, siempre y cuando ella estuviera dispuesta. El pelo negro, sedoso y ondulado, los rasgados ojos de grandes párpados, todo resultaba armónico. El dorado de su mascarilla, lejos de impresionar, la dotaba de cierto magnetismo.

―Me caes bien, Mauro. ¿Qué te parece si comemos algo? Alguna cosa debe haber por ahí. Pollo, seguro. Podemos acompañarlo con un buen champán. ¡Ah! y también hay un estupendo salmón ahumado, de Noruega. Verás cómo me dices que es el mejor que has probado en tu vida.

―Seguro, no he probado nunca el salmón ahumado.

La China rió y llamó a su doncella, indicándole que les sirviera pollo frío, salmón y champán. Regresó esta al poco. A Samuel le llamó la atención la botella de champán. La cogió, pero no para abrirla, se quedó mirando la etiqueta. Era un Imperial, el mismo que pidió en el Café de las Siete Puertas el día de su llegada a Barcelona.

―¿No te gusta?

―Al contrario. Estaba recordando ─dijo Samuel, que continuaba con la botella entre sus manos.

Tanto el pollo como el salmón estaban realmente sabrosos. Pronto quedaron los platos vacíos y la botella de champán libre casi por completo del burbujeante líquido. La China le propuso fumar otra pipa de hachís. Menos cargada, le dijo a Samuel, que había pasado un mal rato con la primera. Calada y sorbo de champán, estaban relajados, distendidos. Samuel prácticamente no le había contado nada de él, así que empezó por revelarle que no se llamaba Mauro Puig Calabuig, sino Samuel Valls Gisbert, y le relató los motivos que le habían llevado a Barcelona.

―Tampoco yo me llamo Brigitte Aimée, sino Brígida Amat ─se sinceró La China, que también pasó a desvelar su pasado hasta el momento en que Inglada hijo le arrojó el arrojó el corrosivo líquido a la cara, es decir, hasta donde aquel ya sabía.

No había sido, ni mucho menos, una vida fácil la suya. Resultó ser oriunda de Avinyonet de Puigventós, un pequeño pueblo de la provincia de Girona, cerca de la frontera con Francia, donde había nacido en 1851. Pronto inició su andadura artística. A los trece años marchó a Barcelona a servir en una casa y a los dieciséis su presencia se había convertido en habitual en varios de los cafetines de la Barceloneta y del Raval, las dos grandes barriadas obreras y centros de los ambientes más licenciosos y aventurados de la ciudad. Allí actuaba algunas veces, junto a las cantaoras que solían ejercer la prostitución y alcanzaban su mayor éxito cuando, si el ambiente era propicio ─es decir, si se creía no observar peligro alguno, lo que equivalía a la sospechosa presencia de algún desconocido confidente, o incluso un policía de paisano─, bailaban sin ropa interior. Brígida, aún no había afrancesado su nombre, cantaba coplas subidas de tono acompañada del primero que encontrase dispuesto a seguirla con la guitarra, le daba igual que fuera gratis, solo deseaba cantar y cualquier oportunidad era buena. De ese modo consiguió una cierta popularidad siendo todavía bien joven. La gente empezó entonces a llamarla La China. Sus grandes ojos, negros y rasgados, eran sin duda una de sus características físicas más notables, junto a su sensual boca de labios siempre pintados de rojo. No era una beldad, estaba algo escuchimizada, pero rebosaba voluptuosidad en cada uno de sus movimientos y gestos. Especialmente estos últimos volvían loco a más de uno por su natural exotismo. Su atrevimiento y frescura competían con un carácter inquieto, indómito a veces, que aumentaba su atractivo a ojos de muchos, pues sin empacho alguno mandaba a hacer puñetas a quien solicitara sus favores si estaba de mal humor mientras que en otros momentos ella misma se dirigía con todo el descaro del mundo a algún parroquiano simplemente porque le gustaba.

La gran mayoría de las mujeres que frecuentaban aquellos locales de dudosa reputación, como el Café de Levante o el Barcelonés, obtenían el grueso de sus ganancias comerciando con su cuerpo. Otras en cambio ─como La China─ eran más sutiles y, a la hora de entregar sus favores, elegían entre la clientela a los que, al menos en apariencia, podían reportarles beneficios materiales más jugosos ─no los querían para el placer aunque les aseguraran que jamás nadie las había hecho gozar como ellos─, beneficios más duraderos, como joyas o ropa cara. Por supuesto también dinero. Sus presas: algún despistado caballerete que ingenuamente se había dejado caer por allí en busca de emociones fuertes o, poco habitual, un distinguido personaje de la sociedad barcelonesa ─como el marqués de Loix─ cuya libido no podía ser satisfecha en su ambiente sin escándalo. También de vez en cuando se dejaba caer algún cazatalentos, o mejor dicho, espabilados que se hacía pasar por expertos de la farándula y presumían de tener los mejores contactos. La China, cada día más popular, fue así contratada por el dueño de un café de Madrid que se hallaba de paso en Barcelona y se prendó de ella. Dos años estuvo en la capital de España, trabajando en garitos de mala muerte. Su empleador resultó ser un gañán de tres al cuarto movido por la lujuria y la posibilidad de explotar sus encantos por encima de sus cualidades artísticas. A la vuelta de Madrid, no contó a nadie su frustrada peripecia. Al contrario, dijo haber estado en París trabajando en algunos de sus más afamados locales. De ahí que ahora se hubiese convertido en Brigitte Aimée, tal como le sugirió un avispado dueño de uno de los cafés en que actuó.

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Imagen: “Amantes” (1933). Konstantin Somov.

 

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