Capítulo XIII.2. Segunda parte

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Desde que se conocieran Samuel y La China, escasos días después de manifestar este a Yákov sus reparos acerca del papel que aquella desconocida mujer debía desempeñar en el café, se estableció entre ambos una relación más que cordial. Localizar a La China fue fácil. Valentina, la amante de Yákov, llevaba poco tiempo en Barcelona y no había oído hablar de ella, pero fue suficiente con que preguntase a un par de compañeras para dar con su paradero ─el Café Barcelonés había sido precisamente el último en el que actuó La China─ y confirmar que Barrera no mentía respecto a su adusto carácter. No salía de casa más que en contadas ocasiones, las justas y necesarias ─dijo Valentina que decían─, y rara vez recibía a alguien. También les explicó que, al parecer, era una mujer muy ambiciosa. ¡Ah!, y que llevaba una especie de mascarilla dorada que le cubría parte de la cara.

Todas estas circunstancias las tuvo Samuel muy en cuenta a la hora de encontrarse con ella. Yákov, como si fuera la persona de confianza con que todo acomodado hombre de negocios debe contar, o su secretario particular, se presentó en casa de La China y entregó a su doncella de una nota manuscrita por Samuel en la que le comunicaba su deseo de visitarla para resolver un puntual asunto acerca del posible negocio que ambos nos atañe de manera muy particular. Puso posible conscientemente, no quería que pareciera que daba el tema por cerrado y que estaba dispuesto a plegarse a cualquier condición sin sopesar antes sus ventajas e inconvenientes. No sabía muy bien cuáles eran los términos de esa particular manera, pero creía tener claro que iba a resultar muy difícil trabajar con alguien cuyos intereses desconociera, podría darse el caso que no existiese comunión alguna con los suyos e incluso que fueran del todo disconformes. Veinticuatro horas más tarde Yákov le daba a Samuel un escueto mensaje escrito por La China sobre un papel de color rosa: Mañana entre las cinco y las siete.

A las cinco y unos pocos minutos del día siguiente, Samuel se presentó en la calle Dels Tallers, a principios de la cual vivía La China. Le recibió su doncella, que se extrañó al verle. ¿Está seguro de que la señora dijo que podía recibirle hoy? Samuel le mostró la nota con su caligrafía y la mujer desapareció sin decir nada. Instantes después regresó, él seguía sin cruzar el linde la puerta. La señora le espera, dijo, y condujo a Samuel hasta el salón. Reclinada en un canapé, con una bata de seda al modo oriental, de color turquesa y bordados en blanco y oro, La China extendió la mano para saludar a Samuel y le invitó a sentarse. Se disculpó por recibirle de tal guisa, había sido un día horrible, le confesó, uno de esos en que, periódicamente, solía acompañarla una de sus habituales neuralgias, pero esta vez parecía que el intenso dolor se había instalado en su cabeza, se sentía cómodo y no presentaba indicios de abandonar su torturante presencia. Así pasó toda la mañana, así había pasado la noche anterior. No obstante, en esos momentos el dolor de cabeza había disminuido considerablemente y se la veía relajada, no parecía la mujer molesta con todo y con todos de la que le habían hablado, se expresaba con calma, casi con parsimonia. Samuel dijo saber muy bien cuán molestos eran esos malditos dolores, también los padecía a menudo ─lo cual distaba mucho de ser cierto─ y que si no estaba en condiciones volvería otro día, cuando ella estimara conveniente. Referente a su aspecto no hizo comentario alguno.

―Usted dirá. Imagino que ha venido para asegurarse que puedo desempeñar bien mi trabajo.

―En absoluto ─afirmó un desorientado Samuel que esperaba una reacción muy distinta de quien, según todos los indicios, debía ser una persona de difícil trato, huraña; decidió hablarle sin tapujos─. No dudo de su capacidad para ello, sería muy pretencioso por parte de alguien que, como yo, carece de experiencia en esas cuestiones. Si he de serle franco, y me gusta serlo, es posible que haya venido a verla simplemente movido por la curiosidad, por el deseo de conocer mejor con quien se supone he de compartir, si no acatar, decisiones de las que dependerá el futuro de un negocio por el que llevo tiempo peleando y en el que he puesto el mayor empeño y, especialmente, todos mis ahorros y más, mucho más.

―¿Acatar ha dicho? ¿Por qué ha dicho acatar?

―¿No se trata de eso?

―Como no se explique mejor…

―¿Sinceramente?

―Por favor.

―Me ha dado la impresión al hablar con Barrera que sin su presencia no había préstamo.

―¿Qué préstamo? ─La China no sabía nada de préstamo alguno.

―El de dos millones de pesetas que necesito para abrir el café.

―¿Y cree usted que yo soy la condición necesaria?

―No tengo la menor duda.

―Me sobreestima, señor mío. Mas si, como ha dicho, no tiene experiencia alguna en este tipo de negocios ─a La China le sorprendieron las muestras de sinceridad de Samuel─ ¿cómo es que se decidió a montar un local de las características que me ha explicado Barrera?

―Ya que, no sé si por inconsciencia o por osadía me he puesto a hablar como cristiano siendo pagano ─La China rió─, le diré que por dinero.

La China volvió a reír, pero esta vez con aires de complicidad.

―Pues haber empezado por ahí. Creo que podremos entendernos.

La calculada conversación que siguió, por momentos improvisada, por otros interesada, en ocasiones totalmente espontánea, tomó un derrotero que ninguno de los dos preveía y en el que solo cabía una completa llaneza o una absoluta desconfianza. Hacía tiempo que La China no tenía ante sí alguien que, de entrada, expusiera las cosas con tanta desinhibición; ella ni siquiera había llegado a pronunciarse y él se expresaba en su presencia como si se conocieran de toda la vida. Sus iniciales resistencias fueron debilitándose a medida que la charla avanzaba, empezaba a sentirse a gusto con él. Se dio cuenta que durante el tiempo que llevaban juntos, Samuel no había dejado de observar un narguile que se hallaba junto al diván en el que seguía recostada.

―Es para fumar hachís.

―¿Hachís? ─Samuel no conocía dicha sustancia.

―No sé qué haría sin él, no sabe cómo aminora mis neuralgias. Antes lo tomaba en solución, en gotas, con un poco de azúcar, pero prefiero fumarlo, calma el dolor y proporciona una extrema placidez. Es también un buen remedio para la melancolía.

―Interesante, pues.

―¿Sufre de melancolía alguien como usted?

―Digamos que hay recuerdos que a veces me sumen en ella.

―¿Le gustaría probarlo? A mí no me vendría mal fumar un poco antes de que vuelva el dolor, el efecto de la última vez se está pasando.

Aceptó Samuel y se sentó en un sillón junto al diván. La China colocó en la cacerola de la pipa una especie de polvo marrón, tras deshacer la resina prensada, que mezcló con un poco de tabaco. Encendió la pipa y ofreció a Samuel la boquilla.

―No fume deprisa, aspire lentamente cada calada y retenga el humo en los pulmones.

Tras varias inhalaciones empezó a sentirse ligeramente mareado, se recostó en el sillón tal como ella le indicó y trató de respirar profundamente. Intentó coger un bombón que le ofrecía La China, pero no alcanzaba a calcular bien las distancias, algunas cosas parecían mucho más cerca de lo que realmente estaban, otras en cambio más lejanas, la mesita de centro de la que La China había tomado la caja de bombones se aparataba a medida que se fijaba en ella y su brazo se alargaba desmesuradamente. El bombón cayó al suelo, Samuel lo veía todo a través de una especie de zum que, a su antojo, aproximaba o alejaba cualquier objeto a su vista. La China soltó una carcajada que contagió a Samuel. Ambos rieron un buen rato sin poder articular palabra. La euforia cesó y la ansiedad hizo acto de presencia. Samuel se asustó, sentía que la cabeza se le iba y le era imposible coordinar la mente. La China se dio inmediatamente cuenta de su estado ─también ella había experimentado las mismas sensaciones en otras ocasiones, especialmente al principio de fumar hachís─ y trató de relajarlo con palabras tranquilizadoras: no pasa nada, todo está en su mente, déjese llevar, no piense, sienta su cuerpo…

Samuel esbozó una forzada sonrisa que no amagaba su turbación. La China puso la mano en su frente. El contacto de ambas epidermis causó un balsámico efecto en Samuel y una repentina calidez se apoderó de todo su cuerpo. No había estado con ninguna mujer desde que dejó Alcoi. Un irrefrenable impulso le llevó a coger la mano de La China y arrimarla a su mejilla. La miró a los ojos como un perro vagabundo, asustado y desorientado, ella acarició entonces su rostro. Luego apartó suavemente la mano, pero Samuel volvió a aferrarse a ella. El miedo es a veces un buen camino para llegar a la ternura. La China no le rehuyó, sabía que por mucho que se empeñara en aparentar lo contrario la realidad siempre sería más dura que ella. También se sentía sola. Se contaron lo que cada uno pensaba del otro antes de conocerse, sus respectivas argucias para parecer lo que no eran y se sinceraron lo suficiente como para darse cuenta de que ambos les movía un mismo fin: hacer dinero rápidamente, cuanto más mejor, y llevar luego una vida plácida, o de placer, al fin y al cabo venía a ser lo mismo, al menos en opinión de La China, que acabó contándole cuanto del asunto sabía una vez decidieron establecer una alianza entre ambos vista la comunión de intereses.

―Don Heribert es un ventajista, un tipo de cuidado. Si te presta el dinero, si quiere que yo esté ahí, es porque piensa sacar un beneficio tal solo posible mediante oportunas artimañas.

Ya habían pasado las primeras eufóricas sensaciones del hachís si bien seguían actuando con total espontaneidad, aunque ya más atentos a la razón.

―¿Qué clase de artimañas?

―En mi caso, que le proporcione información.

―¿Información de qué?

―De cuanto puedan averiguar las chicas sobre lo que se hable de negocios. En un principio, Inglada se mostró un tanto reacio a colaborar en la idea del café. Lo sé por Barrera. ¿Un café? Existen demasiados cafés en Barcelona, ¿otro más? Los hay lujosos, modestos, de mala reputación, en unos hay billares, en otros espectáculos, hay cervecerías y restaurantes. Es una locura. Además, ¿qué pintamos nosotros en un negocio así?, parece ser que dijo cuando escuchó por primera vez la propuesta. Barrera me lo contaba ufano porque, decía, era él quien le había hecho cambiar de opinión. Supongo que con ello quería hacerme ver que debía estarle agradecida. La idea, por descabellada que a primera vista pueda parecer, tiene su parte positiva, que no debería dejar pasar, argumentó Barrera. Barcelona, siguió, al menos así me lo contó él, está inmersa en una vorágine de cambios que vuelve a poner las cosas en su sitio. Vivimos una época de esplendor desconocida hasta ahora. Es fácil hacer dinero si se acierta en la inversión, nunca se ha visto tanta prodigalidad, tanta proclividad a las diversiones, tanta alegría, tanto lujo y ostentación. ¿Por qué no invertir en lo que hasta hace poco parecía pura altanería y hoy es moneda común? Todos esos nuevos ricos, y los de siempre también, usted debe saberlo mejor que yo, disponen de muchos sitios donde divertirse, es cierto, pero pocos donde satisfacer sus vicios, que bien sabe que los tienen, donde desahogar sus pasiones. Un café de esos puede ser el lugar acertado, con espléndidas mujeres, irresistibles, arrebatadoras, que solo conocían en sueños o leyendo las crónicas de París, ahora al alcance de su “protección”. Nosotros podríamos obtener precisa y preciada información en asuntos de negocios y sobre las debilidades de cada uno. Cuando se está en buena compañía y se disfruta de las mejores bebidas en un ambiente al que no todo el mundo puede acceder se habla de muchos asuntos sin las precauciones que se toman normalmente. Esa información no tiene precio, permitirá avanzarse a muchas intenciones, sabremos cosas sobre los negocios que piensan llevar a cabo, sobre qué asuntos pueden ser más rentables, y ellos desconocerán que lo sabemos. He ahí lo que pintamos nosotros. ¿Qué le parece? Hasta aquí lo que me contó Barrera.

―Vaya con Barrera, no es el papanatas que parece.

―O sí, pues no se calló nada y, en cambio, nos advirtió de sus intereses. No se le pasó por la cabeza que tú y yo ─ya se tuteaban─ pudiéramos llegar a tener una conversación como esta. Claro que a mí tampoco.

―¿Y por qué don Heribert pensó en ti?

―Su hijo fue el causante de mi desgracia. Inglada compró mi silencio. Por supuesto yo me presté a ello y ahora cree que puede volver a hacerlo, comprarme. Pero esta vez le va a salir el tiro por la culata, querido.

Samuel no decía nada, sabía que la “desgracia” a que se refería se ocultaba bajo la mascarilla que cubría parte de su rostro. Valentina se lo había explicado, pero también le había dicho que se trataba de un tema espinoso. Prefirió callar, aunque tampoco quería que La China pensara que un asunto que tanto trastorno supuso para ella, y al parecer seguía suponiendo, le importaba un bledo. Tal impresión, por otro lado, hubiese distado mucho de la realidad, La China le caía cada vez mejor. Se sentía, pues, obligado a hacer algún comentario al respecto.

―No quisiera parecer indiscreto ni que me meto en donde no me llaman, no soy nada curioso ni me gusta escudriñar en la vida de los otros, es más, aborrezco a quienes lo hacen. Quiero decir con ello que sean cuales sean los motivos que te mueven a aborrecer a Inglada no son de mi incumbencia pero me parecen justificados. Por lo que me has contado debe ser un tipo aborrecible. ¡Menudo pájaro!

La China le explicó entonces lo sucedido. En el Café Barcelonés, donde actuaba cantando picantes coplas, conoció un joven de la alta sociedad barcelonesa que se volvió loco por ella desde el primer instante que la vio sobre el escenario, uno de esos amores fou tan en boga por aquellos tiempos. Ella no sabía que era el hijo de Inglada, lo averiguó después. No le costó demasiado conseguir sus favores, pero él la quería en exclusiva, no estaba dispuesto a compartirla con nadie. La China le prometía amor eterno, pero el joven desconfiaba de ser el único a quien alagaba el oído y fortalecía su ego. La China siempre juega a caballo ganador, le decían. Su carácter, víctima de los celos, se volvió sombrío y taciturno y aquella mujer, más que un amor, pasó a ser una obsesión. No podía apartarla de su mente, cuando estaba con ella se disipaba cualquier sospecha, pero solo provisionalmente, las suspicacias regresaban después con mayor ímpetu, y con ellas el tormento y la inseguridad. ¿Qué hará? ¿Estará con otro? ¿Le adulará como a mí con sus zalamerías? ¿Se entregará e él? Como los mazos de un martinete, los ofuscadores y reiterativos pensamientos acerca de la presumible desordenada, si no promiscua, complacencia de su amada, y amante, golpeaban rítmicamente la cabeza del joven que, embotada, se dejó llevar por los celos. La constante desconfianza, la permanente angustia le llevaron a tal estado de desesperación que solo pudo encontrar consuelo en la sinrazón. Tenía que ser únicamente para él. Así se lo propuso, se lo rogó, se lo suplicó, se lo ordenó. La China tenía otras intenciones y otros amantes y no pensaba renunciar a los múltiples beneficios, materiales sobre todo, que obtenía de ellos por la obnubilación y el capricho de un joven que, sin duda, acabaría cansándose de ella.

Casémonos, llegó a proponerle. Eso es imposible, sostuvo ella. Casémonos y marchemos de aquí, a donde tú quieras, insistía el ofuscado amante. Pero La China trató de hacerle comprender que su padre jamás lo consentiría y que ya no vería de él ni un duro más. ¿Eso es lo que te importa?, el dinero, ¿verdad?, fue su respuesta. Daba igual lo que La China argumentara, no atendía a razones. A mí lo único que me importa, le explicaba a Samuel que adujo, es mi bienestar, y tú no puedes proporcionármelo; además, no soportarías los celos y acabarías dejándome. No había razones que ella no rebatiese; no había razones, pues. Para su desventurado amante quedaba la aceptación del hecho y la consiguiente retirada o la obcecación. Optó por esta última, y un buen día ─o era de él o de nadie─ arrojó el vitriolo que llevaba en un pequeño frasco sobre su rostro. Un ágil movimiento de la cabeza por parte de La China al percibirse de sus intenciones la libró del total abrasamiento de la cara, pero no evitó que el ácido le desfigurara parte de ella.

―¿Y qué pasó luego? ─preguntó Samuel.

―Digamos que Inglada me “indemnizó” con una estimable cantidad de dinero y me dio en propiedad el piso en que vivo. A cambio, lógicamente de garantizarse mi silencio y discreción. Su hijo marchó al extranjero un tiempo. No he sabido nada de él, ni quiero saber.

Samuel agradeció su sinceridad y llegó a la conclusión de que una mujer con una trayectoria como la suya ciertamente desempeñaría a las mil maravillas la función a la que con tanta determinación la adscribía Barrera, aunque, eso sí, con fines muy distintos a los que aquel esperaba. Necesariamente debía ser ambiciosa y era de suponer que pocos serían sus miramientos hacia quienes representaban el mismo papel que aquel perturbado joven y su padre. Si en un primer momento le pareció, tras experimentar los efectos del hachís, que bajo la aparente apacibilidad de su comportamiento se escondía una mujer altiva, segura a la vez que inquieta, nerviosa, reservada e impaciente al mismo tiempo, su opinión sobre ella había cambiado. Creía comprender los motivos del huraño carácter que todos afirmaban que poseía pero que él, al menos hasta el momento, no apreciaba por ningún lado.

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