Capítulo XIII.2. Primera parte

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Samuel abrió las puertas de su café el sábado 5 de mayo de 1877. Acondicionó el modesto palacete de dos plantas que había comprado, demoliéndolo prácticamente por completo, y lo ensanchó gracias a los avances en la industria del hierro con espléndidas columnas de fundición. De ese modo consiguió un gran espacio rectangular diáfano que pasaría a albergar una sala en forma de herradura como la que había visto en el Folies Bergère.

La entrada principal daba a la calle Aragón, y la fachada estaba decorada al estilo de los cafés de París con grandes marcos de madera torneados con motivos vegetales y acristalados de distintos colores formando vidrieras de modo que a través de ellas solo se vieran siluetas. En un cartel colocado en horizontal, para que pudiese leerse por ambos lados, figuraba el nombre del local: L’Empire Parisien, y debajo, en letra de menor cuerpo, café-concert.

El resplandor de iluminación de la fachada, de lámparas de gas, se alcanzaba desde el Paseo de Gràcia. En la parte que daba a la Rambla de Cataluña se habían habilitado dos espacios para cochera y cuadra, pudiendo desde la primera, quienes tuvieran un palco reservado, acceder directamente al mismo sin necesidad de pasar por en medio de la sala y, por tanto, con mayor discreción.

A la entrada, dos hombres ataviados al estilo de los viejos pinchos ─pantalones de terciopelo negro estrechos por abajo y chaqueta corta del mismo tejido y color, blusa blanca, pañuelo de seda al cuello, sombrero redondo y zapatos puntiagudos─ se encargaban de abrir la puerta y servían de advertencia a los habituales camorristas que frecuentaban este tipo de locales de que en L’Empire no se consentía ninguna actitud pendenciera. La entrada era libre, pero para que quedase bien patente el tipo de público que se esperaba, Samuel hizo colocar junto la puerta principal una lista de precios, los más elevados de toda Barcelona. No eran los presuntos pinchos quienes acompañaban a los clientes a las mesas, sino camareras que vestían, todas ellas, como las bailarinas que Samuel había visto en París: corpiño azul y rojo de amplio escote, falda de volantes con los mismos colores cortada en forma de paraguas, largos guantes rojos y medias negras de seda.

En vez del tradicional patio de butacas, Samuel dispuso mesas alrededor de una fuente luminosa de colores de efectos cambiantes cuya luz se reflejaba en grandes espejos de marco dorado, discretamente colocados para que nadie viera en ellos nada que no fuese el escenario, un escenario de considerables dimensiones para un local de las características de L’Empire, con el correspondiente foso para albergar una orquesta de veinte o más músicos. El monumental salón estaba rodeado por una galería de palcos con cortinillas para preservar el grado de intimidad que cada uno necesitase o deseara. Las mesas eran de mármol y las sillas se hallaban tapizadas de terciopelo rojo, color que se repetía en los cortinajes y en las paredes adamascadas. El embaldosado, en cambio, era de azulejos blancos y negros, dispuestos caprichosamente.

Desde la galería, también desde el gran salón, podía accederse, por diferentes corredores, al jardín, espectacular, con veinte glorietas lo suficientemente separadas unas de otras para que nadie supiese a quién o quienes tenía como ocasionales vecinos. Por el exterior estaban perfectamente iluminadas, lo que hacía que la luz interior fuera sumamente tenue. Un cuarteto de cuerda situado en un templete recubierto de madreselvas y adornado con farolillos de colores, amenizaba el ambiente con suaves melodías. Desde los acondicionados cenadores se veía a los músicos, pero nada se adivinaba de su interior, sombras y bultos a lo más.

**

―¿Crees que vendrá gente?

Samuel, que había gastado ya los dos millones de pesetas del préstamo y tenía un montón de facturas sin pagar de las que hacerse cargo, se mostraba inquieto momentos antes que L’Empire abriera sus puertas. La China, más sosegada de ánimos, parecía más calmada.

―Por supuesto. Don Heribert ya se habrá encargado de mover todos sus hilos, tranquilo.

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Imagen: “Diner aux Ambassadeurs” (1880), óleo de Jean Béraud.

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