Capítulo XIII.1

XIII.1

En la calle Aragón, casi haciendo esquina con la Rambla de Catalunya, Samuel compró una casa al regresar de París construida apenas unos años antes pero que sus propietarios vendían a buen precio. En la pujante Barcelona de los tiempos de la fiebre de oro no a todos les salían bien las cosas. Además, se proyectaba el enlace de las líneas de ferrocarril de la Compañía de Tarragona a Barcelona y Francia por medio de un ramal a nivel por las calles de Aragón y Marina que no era bien acogido por la mayoría de los moradores, todavía pocos, de dichas calles. Empleó en ello todo el dinero que tenía, y más que le prestó su amigo Yákov, quien a pesar de no querer involucrarse en el negocio del café o lo que fuera aquello que Samuel pretendía, reconocía que se trataba de una buena oportunidad. Era una casa grande, de tres alturas, con un enorme huerto y rodeada de un gran solar. Poco después, con las ganancias obtenidas en la venta de diversas partidas de prestigiosos champanes, coñacs y vinos franceses conseguidas de contrabando, consiguió hacerse con los terrenos por edificar que la envolvían.

―Sigues sin decirme con qué dinero montarás el café, si es que lo sabes. Ya tienes el local. Por supuesto es el primer paso, sin local no hay café, desde luego, pero ¿y todo lo demás? ¿Cómo vas a hacerlo?

―Con un préstamo que espero conseguir de dos millones de pesetas, amigo Yákov.

―¿Dos millones de pesetas? ¿Quién te va prestar tal suma?

―Un tal Heribert Inglada.

―¿Ese? Ese es uno de los tipos más ricos de Barcelona. ¿De qué lo conoces?

Heribert Inglada y Montaner había dedicado toda su vida a las actividades comerciales ejercidas por su familia, especialmente las relacionadas con el comercio colonial, algunas de ellas, se decía, poco claras y vinculadas al tráfico de esclavos desde su delegación en Cuba. Había iniciado su carrera política a los veinte años, cuando la revolución de 1854, mostrándose entonces ferviente partidario del progresismo. Abrazó luego el republicanismo y llegó a ser diputado republicano federal por Barcelona a las Cortes constituyentes de 1869, cargo que repitió en 1873 y le valió un alto puesto en el ministerio de Hacienda. Restaurada la monarquía en la figura de Alfonso XII, adoptó posturas cada vez más conservadoras y pasó a ocuparse solamente de los negocios, entrando en el mundo de la bolsa y especializándose en las inversiones bursátiles con buen tino, de modo que su fortuna creció hasta ser una de las más importantes de la ciudad.

―No lo he visto en mi vida, pero digamos que nos unen viejas amistades. De cuando vivía en Alcoi. Ya te conté.

―No sí deberías fiarte de alguien así, un especulador que no repara en nada para lograr sus fines.

―Habrá que arriesgarse.

―En fin, habrá que hacerlo. Confío en que salga bien esto. Te has quedado sin nada, y yo casi.

**

Unos días después de que recibiera la primera carta de los correligionarios de don Anselmo en Valencia, al regresar a la pensión tras haber pasado uno de tantos días callejeando por la ciudad y leyendo en el Jardín del General, doña Amalia le comentó que un caballero, trajeado y bien educado, se había presentado preguntando por él y le dio una tarjeta de visita. “Andreu Barrera, abogado, calle Aribau 35”, figuraba en letra impresa por una cara. En la otra había una nota manuscrita: Ruego se ponga en contacto conmigo por cuestión relacionada con el negocio de su tío.

El despacho de Barrera, en un noble edificio de reciente construcción, estaba decorado con gusto y los muebles eran de gran calidad. Samuel se dio cuenta enseguida que estaba ante un importante abogado. Barrera lo saludó afectuosamente, como si lo conociera de toda la vida. Se presentó como administrador de don Heribert Inglada, buen amigo de don Anselmo. Le pidió ante todo disculpas por el lamentable hecho de que nadie acudiese a su encuentro el Café de las Siete Puertas. Samuel dijo estar al tanto de lo sucedido y que naturalmente se trataba de algo imprevisible, nada había que disculpar. Le preguntó qué podían hacer por él, en qué tipo de trabajo le gustaría emplearse. Samuel agradeció el gesto pero, dijo, ya se había comprometido en otros menesteres y él era un hombre de palabra. Le explicó la naturaleza de su negocio y Barrera se ofreció sutilmente para hacer de intermediario ante presumibles problemas con la Administración. Tengo muy buenos contactos, afirmó. Samuel, que mientras escuchaba a Barrera pensaba declinar la proposición, frunció el ceño por un momento y cambió de intención. ¿Por qué no? ¿Qué puedo perder? Sin duda algunos duros ─era evidente que Barrera buscaba una nueva fuente de ingresos que le aportara buenas comisiones─, pero me conviene seguir manteniendo contacto con alguien tan influyente. Seguro que ganaré más si recibo con agrado su sugerencia. Esa fue su conclusión y, acto seguido, agradeció tan “desinteresada” oferta ─Agradezco enormemente que un hombre de su posición muestre tal confianza con un inexperto en estas cuestiones como yo, fueron finalmente sus palabras─ y sellaron la colaboración con un apretón de manos y una copa de ron, a pesar de ser mitad mañana.

Aunque a veces su gestión era innecesaria, Samuel acudió a él con cierta regularidad. No dudaba en resarcir de su bolsillo las pérdidas cuando alguna operación no salía según lo previsto sin que siquiera Yákov se diera cuenta, algún día recogería los frutos de tan conveniente relación. Así, cuando se presentó en el despacho de Barrera para que gestionara el préstamo de dos millones de pesetas que necesitaba para montar su establecimiento, este ─que quedó estupefacto al oír la cifra─ no pudo negarse a estudiar su propuesta. No era una cantidad de la que poder disponer así como así. Hablaría con don Heribert, le prometió. Samuel marchó del bufete convencido de que Barrera haría lo posible y más, pues la comisión que pudiera obtener en una operación de tanto dinero ciertamente sería cuantiosa. Barrera lo citó una semana después y le comunicó que Inglada estaba dispuesto a prestarle el dinero. Para su asombro, no hizo referencia en ningún momento a comisión alguna.

**

―¿De verdad dispones de los dos millones de pesetas? ─preguntó Yákov entre pasmado y admirado.

―De verdad. Eso sí, me piden algunas garantías además del valor de la casa y de los terrenos, y debo aceptar ciertas condiciones.

―¿Quiénes?

―El abogado. Bueno, el abogado habla por boca de Inglada.

―¿Y cuáles son esas condiciones?

―Me dijo Barrera, el abogado, que don Heribert opinaba que se trata de una cantidad muy elevada, pero que por mi amistad con don Anselmo Vicens, un antiguo correligionario suyo, y las buenas referencias que este proporcionó sobre mi persona no puede negarse. Ahora bien, continuó, comprenda que en un asunto que requiere tan elevada inversión necesitamos ─dijo, en plural─ ciertas garantías. Don Heribert acepta siempre y cuando cuente usted para la gestión del local con alguien de su confianza.

―¿Y tú, qué has dicho tú?

―Que me parecía bien, ¡qué iba a decir! O eso, o nada. Pero hay algo que no veo claro. Le comenté que ya cuento con Fanon ─se refería a Gabriel Fanon, a quien había contratado en su viaje a París─ y que él sabe muy bien de qué van estas cosas.

―¿Y?

―Respondió que no se refería a cuestiones artísticas, sino que la intendencia de un establecimiento como este necesita de alguien que conozca bien los entresijos del mismo, sobre todo de puertas adentro, alguien que adecuadamente armonice las ambiciones de tanta joven con una clientela tan distinguida como presupone que tendrá. No puede haber indiscretas que se vayan de la lengua ni aprovechadas que puedan jugarnos una mala pasada, me dijo.

―¿Aceptaste?

―A ver qué remedio. ¿Tú sabes quién es La China?

―¿La China? Ni idea. ¿Por qué lo preguntas?

―Es la persona que me ha sugerido, más bien impuesto, Barrera para que se encargue de la organización y control de las chicas. Él me la presentará, pero me gustaría hablar antes con ella. Según Barrera es la persona adecuada, conoce muy bien el mundillo de los cafés cantante, aunque por un desgraciado accidente lleva un tiempo retirada.

―¿No sabes dónde vive?

―No sé nada más que se llama, por sus rasgados ojos, La China. No he querido mostrar interés al respecto y que pareciese que desconfío de ellos. Que el administrador sea una persona de su total confianza lo entiendo, pero lo otro… No sé, me parece raro. Usted no se imagina el gallinero en que puede convertirse su establecimiento si nadie controla a las chicas, me decía. Supongo que tiene razón, pero ¿acaso no sería mejor que alguien como Fanon, de larga experiencia en el mundo del espectáculo, se encargase de buscar la persona adecuada? O en todo caso, ¿no debería ser esta una cuestión en la que se tuviera en cuenta su criterio? Pero apenas me ha dejado pronunciarme al respecto. Nada, nada, no se preocupe que se entenderán de maravilla, decía, y enseguida añadió que como quiera que “estábamos” de acuerdo en todo, se le transmitiría a don Heribert y que creía que el asunto saldría adelante.

―Pues entonces enhorabuena, hombre. Por fin lo has conseguido. Vamos a celebrarlo.

―Sí, pero antes quiero hablar con La China esa. No estaré tranquilo si no lo hago.

―Eso tiene fácil solución. Puede que no sea el sitio más indicado para festejar tu éxito, pero después de cenar, bien ¿eh?, vamos al Café Barcelonés. Valentina sabrá cómo dar con ella.

Valentina, amante de Yákov desde hacía poco, era una de las bailarinas del Barcelonés, café-concierto en la calle de la Unión que ofrecía dos funciones diarias de un espectáculo de variedades, un lugar muy popular pero conocido sobre todo por las constantes trifulcas que en él se producían.

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