Capítulo XII.3

XII.3

Habían transcurrido cuatro meses de su estancia en Barcelona cuando le llegó la primera carta. Previamente, él había escrito otra a Valencia comunicando que nadie había acudido a la cita. En el remite figuraba “Almacenes Vera Calabuig, calle del Mar, Valencia”. En unos años, toda la correspondencia que recibió procedía de la misma dirección. Así debía ser, tal como se lo habían explicado en Valencia. Un correo en el que figurasen sus señas en Alcoi sería inmediatamente detectado. Para comunicarse con su esposa o amistades ─De momento, cuanto menos escribas mejor, lo justo y necesario, le habían advertido─, y con los amigos de don Anselmo en Valencia, tenía que dirigirse a los almacenes de Vera, su supuesto tío. Ellos leerían la carta, si ese era su destino, o la mandarían de nuevo a Alcoi a través de un complicado procedimiento: la carta llegaba a Cocentaina, cuyo administrador de correos seguía siendo un afecto de la causa republicana, y él mismo, o bien una persona de total confianza, la entregaría en mano a su destinatario. Era sabida la constante violación del correo en todas partes si se consideraba sospechoso de contener cualquier indicio de actividades ahora calificadas de subversivas o sobre el paradero de cualquiera de los numerosos huidos por haberse significado en los sucesos cantonales, toda precaución era poca.

En aquella primera carta de los correligionarios de don Anselmo en Valencia, le explicaban que un desgraciado incidente fue la causa de que nadie acudiese al café de las Siete Puertas a la hora convenida. Cuando el hombre encargado de tal menester estaba próximo al establecimiento, otro hombre ─previsiblemente con el fin de robarle, aunque no llegó a llevarse nada al verse enseguida rodeado de gente que gritaba auxilio─ le asestó un par de puñaladas y murió en el acto. Nadie podía prever una circunstancia semejante, así son las cosas, pero en los próximos días, le anunciaban, una vez que ya conocían su paradero en la capital catalana, alguien se pondría en contacto con él.

También, le decían en la misiva, pronto recibiría noticias de su esposa, lo que sucedió al cabo de unos días. Se enteró entonces que había sido padre de una niña, a la que bautizaron con el nombre de su abuela materna, Camila. Nada les faltaba, le contaba Beatriz, ni a ella ni a la niña, que mostraba tener una estupenda salud. Sus palabras, no obstante, reflejaban el lógico estado de ánimo de quien sufre la ausencia de un ser querido: Me ha sido arrebatada tu presencia de manera injusta, pero por lejos que te encuentres siempre estarás presente en mi alma, en la que nunca se apagarán los gratos sentimientos que hacia ti alberga. Aunque no estés, oigo tu voz y veo tu rostro, imagino tu complacencia al contemplar a nuestra hija. Apenas tiene un par de semanas de vida y ya veo gestos que me recuerdan a ti. El apartamiento a que nos vemos obligados me sume en la tristeza, pero me da fuerza la confianza de una pronta solución, todo parece ir bien y eso contiene mis lágrimas y alivia mi quebranto. Sé que nuestro amor será aún más fuerte pasados estos instantes dolorosos que, sin duda, pronto verán su fin y no habrá más interrupciones que rompan nuestra compañía. Tu, a pesar de todo, dichosa esposa, más dichosa si me confirmas que estás bien.

Había además una nota de Monllor: Mi muy querido amigo, me he informado minuciosamente acerca de los cargos que contra ti arroja la instrucción del proceso sobre los hechos de julio. Hay varios testigos que declaran haberte visto en situaciones calificadas de criminales, pero ninguno puede afirmar que hicieses uso de otra fuerza que no fuese la de la razón. El propio don Anselmo ha hablado con cinco de ellos y les ha hecho ver lo infundado de sus acusaciones, así como la imposibilidad que el sujeto que se ocultaba bajo aquellos anteojos y las rayas pintadas en su cara fueras tú. Se está gestionando el modo de deshacer sus declaraciones sin que aparezca perjurio, pero si hace falta se actuará contra ellos por la falsedad de las mismas. Nuestro común amigo Blas fue puesto en libertad, ni siquiera llegó al presidio de Alicante. Bernácer, en cambio, no tuvo tanta suerte y falleció mientras era conducido al penal. Su corazón no aguantó. Ten paciencia, que todo se arreglará. Pronto estarás con nosotros y podrás abrazar a Beatriz y a esa hermosura de niña de quien eres padre. Un sentido abrazo de este que te quiere como un hijo y que comparte mi esposa.

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Imagen: ‘Joven con el pelo trenzado’ (1873), óleo de Ivan Kramskoy.

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