Capítulo XII.2

XII.2

Samuel descubrió la pensión de doña Amalia por pura casualidad. Al descender del tren que lo había llevado desde Valencia en su fuga, se dirigió ─siguiendo las instrucciones que en Valencia le habían dado los correligionarios de don Anselmo─ al Café de las Siete Puertas, en la plaza de Palacio, uno de los más elegantes de la ciudad. En Valencia permaneció hasta finales de 1874 mientras se le facilitaba una nueva identidad.

―¿Mauro Puig Calabuig? Suena a broma.

A Samuel le sorprendió la filiación que le habían asignado, especialmente los apellidos.

―Mejor así ─le aclaró su interlocutor─, menos sospecharán, aunque de todos modos, si no es por alguna imprudencia que cometas, nadie advertirá la falsificación de tus papeles, quien nos los ha proporcionado los hace también para las instancias oficiales.

―Aquí dice que soy comerciante, que me dedico a la exportación de naranjas y vinos y trabajo en los almacenes de un tal Vera Calabuig. ¿No descubrirán que es una farsa?

―No creo. En la empresa de Vera, que se supone es tío tuyo, darían razón de ello si investigaran, confirmarían que es así. Si eres prudente, no tienes de qué preocuparte. Ahora bien, sé precavido, y mucho, sobre todo hasta que se calme todo. Haz las cosas como te digo. Cuando llegues a Barcelona dirígete al Café de las Siete Puertas, te resultará fácil encontrarlo. Te sientas en una mesa, discreta, que no se note tu ansiedad, pides una botella de champán, Imperial, que dé la impresión que eres un tipo adinerado, dejas este libro sobre la mesa ─le dio un ejemplar de El conde de Montecristo─ y te pones a leer el Diario de Barcelona, el del día. Tienes tiempo de sobra, el tren llega a las cinco de la tarde y la cita en el café es a las siete. Ve a esa hora, no antes. No esperarás mucho. Un hombre se acercará y te preguntará dónde has comprado la novela. Le dices que es un regalo de tu tío y no sabes dónde ha podido ser. Entonces él te dirá si, por un casual, tu tío se llama Vera Calabuig. Respondes que sí y se presentará como Ramón Cantavella, representante en Barcelona de Vera Calabuig. A partir de ese momento puedes hablar con él con total confianza. Pero, insisto, sigue al pie de la letra cuanto te digo. Los cafés son un lugar seguro por la cantidad de gente de toda clase y condición que allí se reúne, pero están llenos de confidentes y policías de paisano.

Si alguien hubiera seguido el proceder de Samuel, hubiese certificado que no se salió un milímetro de las instrucciones de su contacto en Valencia, y eso que su primera experiencia en Barcelona no invitaba precisamente a la serenidad. Ya divisaba el café cuando escuchó gritos y gente que corría despavorida, el paseo de Isabel II estaba concurrido a esas horas y pronto se formó un corro alrededor de un hombre que yacía en el suelo en medio de un charco de sangre. Está muerto, decían, mientras los que habían presenciado el crimen explicaban a los curiosos que un caballero, bien vestido, caminaba tranquilamente cuando otro, con aspecto de pincho, le asestó un par de navajazos en el vientre.

Cinco minutos antes de las siete llegaba al café, se sentaba en una mesa junto a uno de los ventanales, la que consideró suficientemente reservada, pedía una botella de Imperial, ponía el libro sobre la mesa y empezaba a leer el ejemplar del día del Diario de Barcelona. Se sentó Samuel en el salón principal, le pareció menos sospechoso. Encendió un cigarro tras saborear el champán, el mejor que había probado en su vida, lo que no quería decir gran cosa, no era ducho en la materia. Parecía nervioso, excitado, miraba a la puerta de entrada a cada dos por tres, cuando entraba un hombre le seguía con la vista por si era el que esperaba, pero corrían los minutos y nadie se le acercaba, todos pasaban de largo. Impaciente, se sirvió otra copa. Seguía leyendo y fumando, una página, otra, las noticias que le interesaban, las que nada le decían, incluso los anuncios, una calada, otra más. La botella de Imperial acusaba también el paso del tiempo, un par de copas más y estaría tan vacía como sus perspectivas, pues seguía solo en su mesa. Eran casi las nueve de la noche, había consumido el cigarro hacía tiempo, iba por el segundo y ya no quedaba más champán. Al supuesto espectador de su comportamiento no le habría pasada inadvertida su intranquilidad. Finalmente, pidió la cuenta.

―No ha venido ¿eh? ─dijo el camarero al presentarle la nota ante la estupefacción de Samuel, que lo miró con gesto de no saber a qué se refería.

―Mujeres… Impuntuales siempre, olvidadizas… ─siguió el camarero, lo que tranquilizó a Samuel.

**

¡Menudo día el de ayer!, discurría Samuel mientras vagaba por una ciudad que desconocía por completo, cargado con su maleta que había dejado el día antes en una pensión cerca de la estación de ferrocarril que no le satisfizo. Fue la primera que encontró. Mientras dilucidaba si se hospedaría o no allí, una mujer, maquillada en exceso, pintarrajeada sería una expresión más acorde, se le acercó y, sin saber cómo, Samuel al menos seguía preguntándose de qué forma lo había hecho, le robó cien reales que llevaba en el bolsillo. Menos mal que no dio con la cartera y la documentación. Tocó los billetes y la impaciencia pudo más. En un santiamén desapareció, como si hubiera sido un fantasma. Ya alojado en aquella posada, sucia y descuidada, vio de nuevo a la mujer, la acompañaba un hombre, tan sucio y descuidado como el establecimiento. El individuo dio unos reales a la patrona y ambos entraron en una habitación. Samuel hizo como que no la veía, no quería líos.

El día siguiente no lo pasaría allí. Lo primero que hizo fue buscar un hospedaje más confortable. ¡Menudo día el de ayer! Se sentía decepcionado, perdido, cansado. Tomó la calle Platería, llegó a la plaza del Ángel y deambuló por las calles adyacentes buscando una posada. En la calle de la Canuda vio un cartel: La Rosa, Casa de huéspedes. La suerte reservó a Samuel un poco de atención para el final de la jornada. La Rosa resultó ser una de las mejores pensiones de Barcelona para alguien en una situación como la suya, pues su propietaria, doña Amalia, como advertiría poco después, era muy sensible a las penas ajenas, sobre todo si estas afectaban a los perseguidos políticos; siempre se había considerado republicana. Por azar, quedaba una habitación libre. Una modesta mesa de escritorio, mesa de noche, una silla, percha de ballesta, una cama limpia y una gran ventana que daba a la calle. A Samuel le pareció suficiente y pagó por adelantado las cien pesetas que costaba la mensualidad.

**

Sus primeros días transcurrieron entre la curiosidad y la cautela.  Nunca había estado en Barcelona, cuanto sabía de ella era lo que había leído en los periódicos y revistas que se recibían en la imprenta de Bernácer o escuchado a Monllor en algún que otro comentario. Le sorprendió su tamaño y el de los más notables edificios, el gran número de establecimientos de todas clases abiertos al público, el constante trasiego de personas, carros y carruajes, la frenética actividad, pero le extrañó que la mayoría de las calles estuvieran sin empedrar y careciesen de alumbrado público, alcantarillado y aceras, casi reservado a las Ramblas y adyacentes.

La parte baja de la ciudad le recordaba demasiado a Alcoi. Barcelona era diez veces mayor que Alcoi, pero cuando Samuel paseaba por las estrechas calles de uno y otro lado de las Ramblas a veces tenía la impresión que se había producido la simple agregación de diez ciudades como la suya. Necesitaba entonces los espacios abiertos y despejados como el aire para respirar, especialmente el Jardín del General, junto al parque de la Ciudadela, proyectado al modo francés con setos bien arreglados. Allí pasaba horas, sobre todo leyendo ─en la calle de la Canuda, prácticamente frente a la pensión, existía una librería de la que pronto se hizo cliente habitual─ y fumando un buen cigarro, pues en Barcelona conseguía cigarros de gran calidad, elaborados en Cuba. En otras ocasiones agradecía el bullicio de las Ramblas, subía por ellas hacia la zona del Ensanche y seguía su deambular por el Paseo de Gràcia, con su frondosa arboleda de varias filas de plataneros, zona de moda que cualquier observador, sin ser demasiado avezado en cuestiones de inversión de capitales, podía adivinar que adquirir suelo allí se convertiría en un seguro y lucrativo negocio. Viendo el ambiente que se respiraba, la animosidad reinante, se preguntaba a veces si en Barcelona no había tenido lugar movimiento revolucionario alguno y si la gente sabría lo acaecido en Alcoi.

Entraba y salía de la pensión cuando le venía en gana, disponía de una suma considerable de dinero, podía permitirse el lujo de pensar la manera de incrementarla hasta el punto de poder olvidar para siempre la imperiosa necesidad de conseguirlo y, especialmente, de quién obtenerlo. De momento, tras el fallido encuentro con su contacto, no conocía a nadie. Debía ser prudente ante todo.

No llevaría más de dos semanas en la pensión cuando doña Amalia advirtió que su conducta no acababa de corresponderse con la de un comerciante: demasiada libertad de movimientos, igual estaba todo un día fuera que permanecía en la habitación leyendo, se levantaba generalmente tarde y a distintas horas, se estaba dejando barba… Con calculadas palabras y sonrisa cómplice, le avisó acerca de lo sospechoso de sus movimientos.

―Creo yo que uno no tiene que ir dando explicaciones de lo que hace o deja de hacer, pero la mejor manera de evitarlo es no dando pie a suposiciones infundadas, ¿no le parece?

Y dejó entonces entrever veladamente sus simpatías hacia el republicanismo. Samuel entendió el mensaje y ajustó su horario al que se suponía que debía llevar alguien de su oficio. No sabemos si doña Amalia se creyó o no el papel de comerciante que desempeñaba Samuel, pero cuando Yákov llegó a la pensión se lo presentó enseguida.

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