Capítulo XII.1. Primera parte

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Fue en un cafetín de Barcelona, el Café de Levante, uno de los primeros ─nada menos que había empezado su actividad hacia 1820─ y más populares de la capital, que Samuel concibió la idea de montar un café. Más bien, deberíamos precisar, durante la noche que comenzó en el Café de Levante, a donde había acudido con Yákov para cerrar un negocio de importación de vino de Sauternes y coñac. Hacía poco tiempo que residía en Barcelona, ciudad a la que había en los primeros días de 1874 tras marchar de Alcoi a raíz de su procesamiento por los sucesos de julio. Llevaba ya unos meses alojándose en la pensión La Rosa, en la calle de la Canuda, que regentaba una afable mujer de unos cincuenta años que respondía al nombre de doña Amalia.

Un buen día, doña Amalia le presentó a un nuevo inquilino, un ruso que respondía al nombre de Yákov. Yákov Kuznetsov era un negociante trotamundos que, confiando en las enormes posibilidades de un producto que en su país era un manjar al alcance de unos pocos, el caviar, trataba de darlo a conocer en los ambientes más selectos, para su disgusto, pues nadie quería saber nada de él, les parecía simplemente repugnante. Yákov se prodigaba en ejemplos sobre cómo el caviar se consumía en su país por la clase más elevada de la sociedad, por el zar y su corte imperial, pero más allá no había manera de que gustara. Contaba cómo en Francia Luis XV fue obsequiado por el zar Pedro el Grande con las exquisitas huevas de esturión del mar Caspio y que el monarca francés vomitó al probarlo, generándole la duda acerca de la finalidad de tan estrafalario presente. ¿No habría querido envenenarle el maldito zar?, decía que llegó a afirmar.

Prácticamente arruinado, había recalado en Barcelona poco después que Samuel. Visto que el negocio del caviar no le resultaba rentable, pasó a dedicarse a la importación de vinos y licores. Tenía una partida de buenos coñacs comprometida en el puerto de Marsella y sus correspondientes compradores en la capital catalana, pero le faltaba dinero para costear su porte y los aranceles. Era una buena oportunidad, en aquellos años Barcelona estaba llena de buenas oportunidades si se disponía de algo de dinero y de iniciativa. Samuel contaba con ambas cosas, no en demasía, cierto es, pero lo compensaba con una enorme ambición de conseguir una posición económica desahogada que le permitiera vivir a sus anchas a la espera de solucionar su situación. Algún día dejaría de ser un prófugo y volvería a Alcoi, con su mujer y su hija. Cuando Yákov le explicó su situación, Samuel advirtió enseguida la conveniencia de llevar adelante la operación. Pasaba muchas horas en los cafés leyendo la prensa y sabía que el mercado de vinos y licores atravesaba en Barcelona por su mejor momento, prácticamente la mitad de las importaciones que de ellos se hacía en España se llevaba a cabo a través de su puerto.

―¿Cuánto necesitas?

Yákov se mostró perplejo al escuchar el ofrecimiento. No se conocían más que de las ocasiones que habían coincidido en la pensión. Habían cenado juntos algunas veces, poco más. El ruso, no obstante, no estaba en condiciones de desconfiar de nadie. Bueno, sí, podía hacerlo, pero era su última oportunidad, o eso o perdía el cargamento. Tampoco Samuel confiaba en él ciegamente, pero ─y así se lo argumentó─ le gustó mucho aquella especie de mejunje grisáceo-negruzco y brillante que tan asqueroso parecía a la mayoría que le dio a probar una de las primeras noches en la pensión, acompañado de vodka, por supuesto, bebida que Samuel también desconocía y cuyos efectos pronto descubrió. Doña Amalia se vio obligada a salir al comedor y rogarles que bajaran la voz y cesaran las risotadas.

―Si esto me lo hubieses contado de manera seria y formal y en esas circunstancias hubieras pedido ayuda supongo que hubiera recelado de tus intenciones, o de tu capacidad para llevarlas a cabo. En todo caso, me lo hubiera pensado. Pero así ─levantando un vaso con vodka─ ya te digo que cuentes conmigo. ¿Cuánto necesitas?

―Diez mil pesetas, pero no te arrepentirás.

No se arrepintió, todo lo contrario. Aquellas diez mil pesetas que invirtió ─de las veinticinco mil que le había dado don Anselmo antes de salir de Alcoi─ se multiplicaron por tres. El capital volvieron a invertirlo en nuevas importaciones que incluían también los champanes más selectos del momento. La operación volvió a salir bien y a los pocos meses abrieron un despacho en la calle Bonaire, junto al Paseo de la Aduana y el puerto. Yákov se ocupaba de prácticamente todo el papeleo y demás gestiones administrativas; fue la única condición que le puso Samuel, que no entendía de burocracia ni quería saber de ella. El negocio iba viento en popa, pero había demasiados competidores, les rentaba lo suficiente para vivir bien, más que bien incluso, aunque era evidente que debía pasar mucho tiempo hasta conseguir una fortuna suficiente que permitiese la libertad de abandonarlo cuando las circunstancias cambiaran, las económicas y las particulares de su situación. Por eso seguía tramando la manera de conseguir más fácilmente su objetivo. Y por eso también estaban esa noche Samuel y Yákov en el Café de Levante, para cerrar un trato con unos contrabandistas que le permitiría entrar clandestinamente en Barcelona una buena partida de caldos y licores.

El Café de Levante, en la Barceloneta, no era, precisamente, uno de los lugares recomendables de la ciudad. Por supuesto, dicha aseveración podía aplicarse a la gente de bien, el resto encontraba allí, y en otros cafetines semejantes, un lugar donde olvidar por un rato las cotidianas desdichas. Entre sus parroquianos había traficantes de todo tipo de productos, rufianes que dejaban desplumado en un santiamén al más precavido, sobre todo si se prestaba a jugar a los dados, mujeres descarriadas y de costumbres relajadas, marineros de los buques anclados en el vecino puerto. Lo mejor de cada casa se reunía, o compartía espacio, en aquellos cafetines, luego cafés-cantante, que poco tenían que ver con los lujosos cafés del centro y del ensanche de Barcelona. Su fachada era poco llamativa ─un simple cartel anunciaba su existencia─ y su interior sobrio y no demasiado espacioso, aunque generalmente abarrotado, sin apenas decoración, solo un mostrador, mesas y sillas, todo de madera de pino, como mucho una sala de billar, cuyo tapete verde se aprovechaba para que sobre él rodaran los cúbicos dados en vez de las esféricas bolas. Tampoco la iluminación ─de quinqués de aceite─ podía competir ─por otra parte, ni mucho menos lo pretendía, había poco que mostrar─ con la de gas de los establecimientos de clientela más selecta. Nada de bebidas exóticas o de moda, vino y aguardiente, sobre todo aguardiente, se consumía en grandes cantidades. Una cosa, no obstante, tenían en común: la satisfacción de la sensualidad, al menos a juicio de Samuel: ¿Ves? Aquí solo vale la complacencia de los sentidos, la gente viene a beber o a fornicar y consigue ambas cosas sin reparar en su coste.

A su lado, en una mesa, unos marineros que hablaban en un idioma que Samuel desconocía ─alemán, le dijo Yákov que era─, ebrios, hacían corro alrededor de una mujer de unos treinta y pocos años, demacrada, desgreñada, vestida solo con camisola y enaguas, que cantaba coplas de lo más obscenas. Los alemanes no entendían nada de las letras, pero sí el procaz lenguaje corporal de su intérprete. Risoteaban y gritaban, estruendosos. Aplaudían cualquier gesto obsceno y animaban a la mujer a desprenderse de la camisola, toqueteándola por todas partes. A la llamada de la generalizada jarana, viendo que corría el alcohol y que los marineros no refrenaban para nada sus impulsos, como evidenciaba el constante entrar y salir de las manos en los bolsillos en busca de cuartos, otras muchachas ─alguna muy joven, puede que ni llegase a los quince años─ se sumaron a la juerga y al vaciado de sus bolsas. Dos de ellos, que todavía mantenían la conciencia suficiente para contar los cuartos, besaban a las chicas alocadamente mientras sus manos se perdían bajo faldas, camisolas y refajos. Mira, mira, qué tetitas más lindas, decía uno ─así al menos lo tradujo Yákov─ mientras le subía la camisa a una jovencita y dejaba sus lozanos y turgentes pechos al aire entre las risas de los presentes y de la propia protagonista, que se tapó inmediatamente. Todos bebían sin mesura. La mujer que cantaba pronto dejó de hacerlo, mientras uno le sujetaba la cabeza otro vertía en su boca un vaso de aguardiente, ella no oponía resistencia, su capacidad de aguante se había esfumado hacía tiempo; otra canción, otro vaso, o más de uno, hasta caer al suelo absolutamente borracha. Entonces se la llevaron un par de marineros, los alrededores del Café de Levante disponían de numerosos recovecos.

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Imagen cabecera: “Café cantante” (ca. 1893). Isaac Israels.

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