Capítulo XI.3

XI.3

Cuando Samuel se estableció en París con Camila, en 1888, la ciudad, que se preparaba para el gran acontecimiento de la exposición universal del año siguiente, vivía un periodo de euforia como nunca antes y posiblemente como ninguna otra metrópoli. Samuel ya conocía París, había pasado allí unos días con su amigo Yákov doce años antes, pero entonces buscaba ideas para un proyecto que no sabía muy bien cómo acabaría concretándose aunque tenía claro que debía ser una especie de café concierto donde se ofrecieran espectáculos como los que había leído en la prensa que se daban en París.

En 1888 la ciudad, que rondaba ya los dos millones de habitantes, seguía igual de fastuosa, pero la percepción que Samuel tenía de ella no tardó en cambiar al dejar de estar restringida a una idea tan fija y precisa que rayaba en la obsesión. Pronto sintió que París era varias ciudades a la vez, que el refulgir de su apariencia oscurecía la realidad, la volvía invisible y daba la impresión que la miseria no existía. Naturalmente, nada más lejos de la verdad. Lo pudo comprobar durante los largos paseos que daba casi a diario, siempre sin itinerario fijo. Le pareció así que nada tenían en común el centro y el oeste, residencia de la burguesía y de las clases medias, con el este, el norte y la periferia de la capital, lugares de concentración de las clases populares. La ciudad de los satisfechos y de los pudientes se concentraba, sobre todo, en el barrio de la Ópera, con sus grandes bulevares y prestigiosas salas de teatro. Allí especialmente acudía la alta sociedad europea, que iba a París como van a la Meca los musulmanes, con finalidad muy distinta, eso sí. Las mujeres para comprarse dijes, afeites, perfumes y lencería, vestirse en Worth, Paquin o Kouff y aprender a moverse con distinción y según la última moda. Los hombres, generalmente, lo hacían por cuestiones de negocios, que intentaban resolver lo antes posible para poder entregarse al momentáneo desahogo de su existencia, a ser posible con los favores de alguna de las numerosas grisettes que frecuentaban cafés y cabarets, los más acaudalados con sus demi-mondaines, bellas y refinadas mujeres de mundo que se dejaban “proteger” y perfectamente podían pasar por damas de sociedad.

El centro de París rezumaba animación, era puro espectáculo, la mayor representación de los avances del siglo y, también, de sus contradicciones. Aquí, exhibicionistas, narcisistas y hedonistas parecía que hubiesen encontrado su edén; voyeurs no les faltaban. Unos eran la réplica de los otros y viceversa. Así, se observaban entre ellos con total tolerancia y libertad, no había tiempo para nimiedades, la vida era cada vez más rápida, una urgencia de vivir semejaba haberse apoderado de todo el mundo en un desmedido afán de gozar sin freno. Todo ello convertía la ciudad en un aparente lugar de reencuentro y mezcolanza, en una zona de trasgresión y aparente eliminación de las divisiones.

Esa promiscuidad social alcanzaba su cenit en Montmartre, lugar por excelencia de amalgama social, con sus cafés, cabarets, talleres de pintores postimpresionistas, periódicos de ideas libres y libertarias. También conocía Montmartre de cuando visitó París con Yákov, más que ningún otro lugar de la capital. Claro que, con su amigo, siempre fue por la noche. Ahora, de día, descubrió otro Montmartre, un pueblecito, con animales, huertos y pequeñas casas de campo, un vestigio de bucólicos tiempos pasados por los que muchos sentían simple añoranza y otros, además, consideraban el mejor marco para el desarrollo vital de sus habitantes. Le sedujo el ambiente, tan distinto al de la ciudad de que estaba tan próximo. La primavera tocaba a su fin y sus calles eran un regalo para los sentidos, la calle Norvins estaba repleta de lilas que despedían el olor intenso de sus flores, en la de Cortot predominaban las glicinias, violetas en la calle Des Abbesses y margaritas en la De la Bonne. La De l’Abreuvoir, con sus casas y muros pintados de colores alegres, rosa y amarillo pálido, plantas trepadoras, donde se instalaban los pintores de la Butte con sus caballetes, rebosaba animación. En las fruterías de la plaza Du Tertre compraba cerezas.

Por la noche Montmartre se transformaba, los dos mundos opuestos se confundían. Comenzó a frecuentar los cafés y tugurios centros de reunión de poetas sin trabajo, pintores y escultores de todo tipo de obras que querían ser maestras, los lugares públicos de diversión donde los bohemios que allí se juntaban para separarse del mundo exterior atraían y divertían una clientela muy respetable y burguesa. Todo era igual y nada era lo mismo. Su gran descubrimiento fue Le Chat Noir, el célebre local de Rodolphe Salis de la calle Laval, que encontró casualmente una tarde cuando regresaba del Louvre y que no existía antes. Un gato negro de larga cola era su emblema. Sobre el pequeño escenario en que se representaba un teatro de sombras, el gato descansaba su cola desdeñosamente sobre la pata de un ganso. Es de suponer que el gato representaba el arte y el ganso la burguesía. Gansos y gatos difícilmente se llevan bien, pero en contra de la tradición y de la misma alegoría, el gato y el ganso vivían juntos y en buena amistad. Igual, pensó Samuel, nadie cayó en la cuenta de que los gatos, a veces, también se dedican a cazar piezas imaginarias. Le Chat Noir era al mismo tiempo cervecería, restaurante, cenáculo literario, taller de pintura y teatro, un establecimiento tan heterogéneo como sus clientes. Ocupaba un edificio de tres alturas. En el primer piso, el más singular de los tres, se hallaba el famoso teatro de sombras, proyecciones de siluetas de cinc que eran iluminadas por luces de colores sobre una pequeña pantalla, mientras se acompañaban por la música del piano. Mesas rectangulares de madera, sillas también de madera y bancos apoyados en las paredes, repletas de cuadros y dibujos de famosos artistas que se mezclaban con la clientela, todo formaba parte del espectáculo. Del techo colgaba un enorme pez dorado que parecía iba a saltar de un momento a otro sobre los imprudentes que se habían sentado bajo él. Escritores, músicos, chansonniers, pintores, escultores, afamados o desconocidos, se reunían alrededor de unas cervezas, hablaban del presente y del futuro y escuchaban las canciones que solían interpretar sus propios autores sin censura de ningún tipo.

La primera vez que entró en Le Chat Noir le invadió una sensación de libertad. Uno podía ir solo y permanecer solo si ese era su deseo, sin que nadie se metiera con él, pero si deseaba compañía, sobre todo para entablar apasionadas discusiones metafísicas acerca de la incertidumbre del existir, era suficiente con manifestar en voz alta su opinión. Enseguida encontraba a alguien que se sumaba a lo expuesto o trataba de rebatirlo. No había término medio. Aquí la fantasía no tenía rival. La Butte no distinguía entre fantasía y realidad, incluso las prostitutas y los chulos, los marginados de toda clase, los carteristas, estafadores y ladrones varios, parecían contar con un aura magnética que les hacía menos peligrosos.

**

La vida de Samuel era rutinariamente divertida y entretenida. Prácticamente hacía lo mismo todos los días, pero en París, y aún más en Montmartre, no había dos días iguales. Se levantaba tarde, escuchaba los reproches de madame Couture y salía de casa a mitad mañana, regresaba para comer y pasar un rato con Camila y volvía a marchar a mitad tarde, generalmente a Le Chat Noir. Bien cenaba allí mismo o iba con algún que otro amigo a cualquiera de los numerosos restaurantes informales que abundaban en Montmartre, aunque Samuel ─amante de la buena cocina y, sobre todo, de los buenos vinos─ gustaba de ir a veces al Café Durand, a Paillard, al Fogot, a Chez Maxim’s o la Maison Dorée, todos ellos caros y frecuentados por aristócratas, políticos y artistas e intelectuales salidos del anonimato. La Maison Dorée era su preferido, pues su bodega estaba formada por ochenta mil botellas de los mejores vinos del mundo y cocinaban unos estupendos huevos Auber y un delicioso canard au sang que le entusiasmaban. Un día es un día, argumentaba para pedir alguno de los onerosos caldos que, eso sí, compartía con sus compañeros de mesa, la mayoría de los cuales no podían permitírselos. Después de cenar regresaban a Le Chat Noir o bien iban al Mirliton, al Moulin de la Galette, al Divan Japonais, a La Scala o al Eden Concert. Hasta la madrugada.

Compañía nunca le faltaba a Samuel, siempre con la cartera llena y dispuesto a gastar, derrochar según madame Couture. Afortunadamente para su bolsillo, no daba la impresión de ser un ricachón como tantos que acudían a Montmartre a experimentar qué se sentía al transgredir las fronteras sociales tradicionales. Más bien parecía un burgués desclasado que aliviaba su conciencia, como otros lo hacían cantando o pintando. Era evidente que tenía dinero y pocos reparos para gastarlo, aunque nadie sabía a cuánto ascendía. Él jamás dijo tener fortuna alguna. Vestía discretamente, su vivienda en la calle de la Boule-Rouge sin duda era bastante mejor que la de muchos de sus compañeros de palique y juerga, pero nada tenía que ver con las lujosas viviendas de las nuevas calles y avenidas que hubiera podido permitirse, al menos a su llegada a la capital francesa. Ninguna ostentación en su aspecto ni en su comportamiento, a excepción de su afición por la buena comida, los buenos vinos y el champán. La relación de Samuel con el dinero siempre había sido bastante particular. Él lo tenía y lo gastaba. La mayoría de sus amigos no. En consecuencia, o renunciaba a estar con ellos privándose de los placeres inmediatos de los buenos licores y demás delicatesen que tanto le gustaban o bien lo invertía en ellos, en su placer en definitiva. Nunca entendió esa tendencia, cada vez más secundada, del predominio del deber y el derecho y amor al trabajo. Al contrario, pensaba, jamás un hombre sin vicios poseyó grandes cualidades. Lo pensaba pero no siempre lo decía. Por si acaso.

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