Capítulo XI.2. Segunda parte

XI.2_2a

―No conocía este sitio, me gusta mucho, es alegre, divertido ─decía Camila mientras degustaba un bœuf bourguignon.

―Hay muchas cosas que no conoces. Hasta ahora, Camila, te has dedicado en cuerpo y alma a los estudios, esa fue tu elección y has sabido ser consecuente con ella. Has hecho un gran esfuerzo, has triunfado. Gracias, sobre todo, a los consejos de Ménard. O más bien a su estricta disciplina, que hemos seguido como si máquinas fuéramos. ¡Y no sabes lo que odio yo las máquinas! Pero… En fin, hija mía, es hora de que descubras otros ambientes de los que prácticamente solo has oído hablar. Por supuesto no dejarás de cuidar la voz y seguirás con tu formación, de eso no me cabe la menor duda, te conozco. Vives en París, Camila, la ciudad más cosmopolita de cuantas hay. Tienes casi veinticuatro años, madame Couture diría que deberías casarte y formar una familia. Hazlo si te apetece, pero disfruta de la vida, hija.

―Todo esto me lo dices por Horace. ¿A que sí? Te conozco, sé que no te cae bien, aunque lo disimules.

―¿Por Bonnard? No, no te lo digo por él. No se merece tanto. Ni él ni los que son como él.

―Tranquilo, padre, que solo es un amigo. Estoy bien con él, pero nada más, también lo estoy con mi amiga Gisèle y no pienso casarme con ella.

―Cuando decidas unirte a un hombre has de sentir pasión, si no es así no coquetees con él.

―¿Tú la sentías cuando te casaste con mamá?

―Por supuesto.

No podía decirle otra cosa a su hija, tampoco quería que notara que le mentía. Decidió cambiar de tema.

―¿Sabes que podríamos hacer cuando terminemos de cenar? Seguro que tampoco conoces el Divan Japonais.

―De nombre.

―Actúa Yvette Guilbert. Acaba de regresar de Inglaterra.

A Samuel le encantaba la Guilbert y el Divan Japonais, en la calle Des Martyrs, antes Café de la Chanson, un café-concert que desde 1883 frecuentaba la bohemia parisina. La moda por lo exótico, y concretamente por lo oriental, estaba perfectamente representada en el Divan. Su interior lucía farolillos y pinturas sobre seda con muebles de bambú y de madera esmaltada de rojo y negro, los camareros iban disfrazados de mousmés. El ambiente nada tenía que ver con la solemnidad de la ópera, todo resultaba más próximo, menos envarado. La alegría, la diversión, se reflejaba en los animados rostros de los presentes, predispuestos a disfrutar y satisfacer con voluptuosidad los placeres de los sentidos, los de la vista y el oído, de los del gusto se encargaban los mousmés, en constante ajetreo, con las bandejas llenas de copas y vasos y botellas de ajenjo, cerveza, vino, coñac, champán… La Guilbert cantó algunos de sus más famosos temas, la gente la acompañaba: Je suis pochard‘ / J’dis des bêtises / J’suis grise / Mais ça m’regarde / Qu’est-ce c’que vous voulez que j’vous dise / Je suis grise.

En una mesa cercana se hallaba uno de los “amigotes” de Samuel, el marchante de arte defensor de causas perdidas Claude Frossard, que confiaba plenamente en las posibilidades de explotar comercialmente lo que otros, seguidores del academicismo, de preceptos y reglas, consideraban un fiasco fuese cual fuese la premisa desde que se analizara su producción, y al que, por cierto, no le iban nada mal las cosas. Parecía dotado de una intuición innata para seleccionar aquello que más gustaba, o que más se vendía. Era un tipo grandote de pronunciada barriga, ojos descarados, pelo largo y desgreñado que solía cubrir con un deforme y gran sombrero, barba corrida pero bien arreglada, largo gabán negro, como su traje, camisa blanca y chalina, generalmente roja o amarilla. Su aspecto evidenciaba una estudiada apariencia, un intencionado descuido. Tenía más o menos la edad de Samuel y una gran sagacidad para distinguir aquello que mayor aceptación podía tener. Según él, había público para todo, lo que había que conocer era el gusto de este y Frossard presumía de conocerlo a la perfección. Yo no juzgo, decía, me da igual la opinión de los críticos, eso sí ─manifestaba con sorna─, mientras no les siga la gente.

Eran muchos los jóvenes pintores que se le acercaban mostrándole su última gran obra maestra. A todos respondía por igual: Interesante, muy interesante, veremos qué se puede hacer, no te prometo nada. Sus palabras eran mera formalidad, nada más ver la obra ya adivinaba sus posibilidades en el mercado, aunque no siempre.

Les invitó a sentarse con ellos. Le acompañaban Mayol, el chanteur que hacía poco había cosechado un gran éxito en el Concert Parisien y que inmediatamente reconoció a Camila, a quien había visto actuar y hacia la que se deshizo en elogios, un joven de apenas veinte años, recién llegado de Nimes con cientos de papeles con sus poesías que buscaba el reconocimiento y la fama y tres mujeres que no conocía, de aspecto cuidado y desaliñado al mismo tiempo. La mesa estaba llena de botellas de absenta, coñac y champán. Algunos incluso mezclaban las tres bebidas en una misma copa.

―Hay demasiado de todo, demasiados escritores, demasiados pintores, demasiadas ilusiones para un mercado cada vez más restringido. Da igual la calidad. La gente, al menos la que puede comprar las obras que cada uno crea en su ocupación, afición o como lo queráis llamar, ya no hace caso de los expertos. Eso les da igual. Puede que no entiendan de arte pero saben lo que les gusta. Así que, tierno pimpollo ─Frossard se dirigía al joven poeta que confiaba formar parte del Parnaso─, mejor dedícate a otra cosa.

Reían los demás, entre la incredulidad y la indiferencia. El joven, en cambio, parecía petrificado, se le veía decepcionado.

―No le hagas caso, es que él solo se dedica a la pintura. Bueno, podríamos decir que solo vive de la pintura, o de los pintores ─replicó Mayol.

―Amigo, vuestra candidez me asombra y me apena ─era obvio que Frossard llevaba ya tiempo de jarana y comenzaba a despotricar bajo el efecto de los efluvios etílicos─. ¡Vivir de la poesía! Pero si eso no se le ocurre ya a nadie. De la novela o el teatro puede que aún haya quien consiga alimentarse y hasta enriquecerse, aunque modestamente. Eso sí, siempre que además de talento tenga paciencia. Le harán falta buenos arrimos y tiempo para esperar. Pero la poesía… ¡Ay, amigo mío! pasaron ya aquellos hermosos días de Víctor Hugo y de Lamartine. Nadie en la actualidad come diariamente de sus versos. Ahora bien, si persistís en vuestra peligrosa manía haced una cosa: dedicaos a la poesía coplera de café concert. Si tenéis suficiente sombra para ese género, mucho más difícil de lo que parece, y encontráis una estrella que consienta en interpretar vuestros poemas ─Frossard miró a Mayol─, podréis comer opíparamente y hasta economizar dinero durante algunos meses, mientras no haya pasado de moda vuestro talento. No siendo así, no veo, francamente, de qué demonios pueda serviros vuestro numen poético.

―Mira lo que le pasó a Leclerc ─comentó una de las mujeres─. Se cansó de pasar días y días hambriento, de pasar noches y noches sin techo. Un día dijo ¡basta ya! y compró un veneno de baratillo con el que puso fin a su existencia. Y lo que son las cosas: ahora tiene seguidores que le dedican elegantes y bien hilvanadas crónicas.

―Sí, pero hoy goza de una celebridad que mañana se habrá extinguido completamente. Solo es un recuerdo compasivo ─matizó Samuel.

―Bueno, al final lo logró ─apuntó sarcásticamente Mayol─. Lo que tanto deseó en vida, que su nombre fuera pronunciado por millones de bocas.

―Vaya ánimos que dais al muchacho. Menudo atajo de decadentes derrotistas estáis hechos. Anda, vamos a bailar.

Otra de las tres mujeres, con un vestido rosa mate satinado, adornado con pasamanería, cogió de la mano al joven y desaparecieron entre la muchedumbre que pirueteaba en el centro de la sala, en platea.

Siguieron haciendo guasa de la mísera condición a que se veían abocados tantos jóvenes que acudían a París de todas partes en busca de notoriedad.

―También ella vino de fuera con ese objetivo ¿no? ─Mayol se refería a Camila─. Hay, pues, quien lo consigue.

―La música es otra cosa. La música da placer, y proporciona la virtud de gozar, amar y odiar rectamente.

―¡Vaya, Samuel! Certera frase.

―Es de Aristóteles.

―Eres más instruido de lo que creía ─dijo Frossard con el regodeo propio de quien lleva una copa de más, o dos.

Un hombre paticorto, bajito, de metro y medio de estatura, se acercó a ellos en ese momento con aspavientos, blandiendo una hoja garabateada en sus manos. Caminaba con dificultad, cojeando y apoyándose en un bastón. Vestía una levita gris que le cubría hasta las rodillas, un chaleco también gris, aunque más claro, camisa blanca y pañuelo rojo anudado al cuello. Se tambaleaba, más que por su cojera por el efecto del alcohol. Sus pequeños ojos, enrojecidos, parecían a punto de romper los cristales de las gafas, aunque su mirada seguía siendo persistente, la propia de quien está acostumbrado a verlo todo con los ojos de quien trata de interpretar la realidad.

―Pero si es Henri ─observó Frossard.

Saludó este con un simple movimiento de cabeza a quienes veía habitualmente en los mismos lugares con las mismas compañías y a las mismas horas. Toulouse-Lautrec se dirigió a Camila y le entregó el papel que portaba. Era un dibujo de ella, realizado con el preciso trazo que caracterizaba sus obras, con una habilidad impropia de quien, presumiblemente, debería mostrarse menos firme por la continuada y exagerada ingesta de alcohol. Sumamente expresivo, se la veía, ¡cómo no!, riendo, gesticulando, los brazos levantados, mientras el resto de quienes compartían mesa con ella eran simples garabatos sin expresión alguna.

―Para usted señorita, con mi reconocimiento por su voz y su belleza.

Le dio el dibujo a Camila pero no quiso sentarse con ellos, no estaba en condiciones. Apoyándose en el bastón y en una joven bailarina del Divan marchó inmediatamente.

―Ese sí vive bien de su obra, muchacho ─dijo Frossard al joven que ya había regresado de bailar.

―Pero está mal, sufre de delirios y el otro día tuvieron que recogerlo de la calle, borracho, inconsciente. El hada verde no es precisamente la mejor amiga del intelecto ─intervino Mayol.

―A mí no me miréis ─dijo Samuel─, no me gusta la absenta. Prefiero el champán ─e hizo un gesto al camarero poniendo una botella del espumoso líquido boca abajo para indicar que estaba vacía.

Entre champán, pues, también coñac y ajenjo, bromas, risas, disparatadas ocurrencias, procaces comentarios y bailes, trascurrió la velada, y aunque abandonaron el Divan ya bien entrada la madrugada, a Camila le pareció un santiamén, se encontraba francamente a gusto en ese ambiente tan distendido, tan alejado del envaramiento, arrogancia y petulancia que acompañaba su vida social hasta el momento, lleno de convenciones y normas que debía cumplir incluso encima del escenario.

**

―¡Chsss!, que nos oirá madame Torture ─llegaban a casa Samuel y Camila, casi al amanecer─. Cómo se entere de la hora que es y dónde hemos estado, prepárate.

―No le digas eso, padre, pobre mujer, si es un trozo de pan y se desvive por nosotros.

―Por supuesto, pero una cosa no quita la otra. Es como un martillo, golpea sin desgastarse pero, tenaz y constante, va clavando sus máximas en la cabeza; siempre las mismas, por otra parte. Pero la aprecio, claro que la aprecio.

_______

Imagen: “El Divan Japonais” (1901), acuarela de Pablo Picasso.

Anuncios

Un pensamiento en “Capítulo XI.2. Segunda parte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s