Capítulo XI.2. Primera parte

XI.2_1a

―Por favor, madame Couture, deje en paz las cortinas, échelas de nuevo.

―¿Pero usted sabe qué hora es? Las once nada menos. Y todavía en la cama. Claro, vendría de madrugada, con el sol fuera ¿verdad?

―Yo qué sé, madame Torture ─Samuel solía llamarla así a veces jugando con la similitud de pronunciación de ambas palabras─. Es usted incansable, ya me levanto, ya.

―No cambiará nunca.

―¿A estas alturas de la vida?

―Nunca es tarde para sentar la cabeza. Todas las noches por ahí, de cafés y cabarets, con esa gente que no tiene donde caerse muerta.

―Gente interesante, señora mía.

―¿Interesante? Y ahora me dirá que también juiciosa y talentosa.

―Lo de juiciosa ciertamente nunca lo afirmaría, pero le aseguro que entre ellos hay mucho talento.

 ―Pues no sé para qué les sirve. Su hija sí tiene talento, aunque no sé cómo lo conserva, con su ejemplo…

―Por cierto ¿dónde está?

―Hace rato que marchó con el señor Bonnard.

―¿Con Bonnard?

El semblante contrariado de Samuel cada vez que oía su nombre manifestaba que se trataba de alguien por quien no sentía especial predilección.

―Con Bonnard, sí, el mismo, ese que usted no puede ver ni en pintura por si la quita.

―Espero que eso nunca suceda. Bonnard es un petimetre, un señoritingo de tres al cuarto. Ese, madame, sí es un holgazán, no las compañías que yo frecuento.

―¿Un holgazán monsieur Bonnard? Pero si trabaja de nada menos que de abogado del Banco de Francia.

―Precisamente por eso. Un holgazán, un parásito sacacuartos.

―A usted lo que le duele es que Camila acabe enamorándose de él.

―A mí lo que me duele es el estómago, de hambre. Y la cabeza, de tanto sermonearme. Ande, prepáreme algo de comer.

―Será lo mejor, si no acabaré discutiendo con usted, como siempre.

―Escuche, escuche esto ─y puso un cilindro en el gramófono con la voz de Camila adolescente─. ¿Qué le parece?

Madame Couture vivía con Samuel y Camila desde poco después de su establecimiento en París, a donde habían llegado en 1888. Era una mujer regordeta, algo mayor que Samuel, de cabellos negros recogidos en un moño, bonachona pero renegona. Se la había recomendado Ménard. A Camila le recordaba a su abuela, siempre refunfuñando pero todo corazón. No podía callarse nada y siempre estaba recriminando la, a su parecer, disipada conducta de Samuel. Este, no obstante, tomaba a chanza las regañinas de madame Couture, por quien sentía gran afecto. Ciertamente se había portado como una madre con Camila, a saber cómo se las hubiera apañado sin ella, sobre todo en los primeros tiempos de residir en París. Además del cariño por Camila, una cosa tenían en común: su voz les conmovía hasta el punto de dejarles ensimismados. Así, Samuel solo tenía que pedir a su hija que cantara o poner en el fonógrafo uno de tantos cilindros que tenía almacenados con su voz para que madame Couture se ablandara en un santiamén.

Desde muy pequeña, a Camila le gustó cantar. Poseía una afinada voz que deleitaba a cuantos la escuchaban, la familia y algunos amigos de la misma generalmente, como Monllor y su esposa o Esclafit. Nadie de su círculo imaginó por un momento que pudiera alguna vez dedicarse profesionalmente al canto, pero pronto mostró poseer unas extraordinarias dotes para ello. Lo tiene todo para ser una gran cantante de ópera, le dijo a Samuel el maestro Santiago Sempere en Alcoi, cuando los primeros caracteres de la pubertad comenzaban a manifestarse en ella. Pero, añadió, aquí lo tendrá difícil, debería continuar sus estudios en otro lugar. ¿Dónde?, preguntó Samuel, ¿Madrid? ¿Barcelona?, entusiasmado con las palabras de Sempere. Le gustaba la música, toda, creía haberla oído incluso antes de descubrirla. ¿Qué, si no, eran los sonidos de las hojas del cerezo al vibrar con el aire, o el ahogado choque de las cerezas maduras que caían el suelo en un lánguido y grave plof? Ya había visto danzar las estrellas al son de valses y polkas, aunque casi siempre caía el telón antes de que el baile finalizase. La partitura no la había escrito una persona y, por tanto, era ajena a sus intereses y necesidades, más aún a las vanidades. En ningún momento, a pesar de todo, se figuró que las aptitudes de su hija llegaran tan lejos. Le gustaba escucharla, le encantaba. ¡Menuda inversión la del fonógrafo! Canta, Camila, canta, ahí, en la boca de ese tubo. Samuel grababa las canciones de su hija como el que atesora un valioso e irreemplazable bien.

El maestro Sempere era ya mayor, prácticamente había perdido todos sus contactos, la mayoría habían muerto o estaban retirados. El único que podía seguir en activo era el maestro Adolphe Ménard, al que conocía del tiempo que pasó en París ampliando sus estudios, algo más joven que él. Pues a París, concluyó Samuel. Escríbale.

Samuel acudió a una academia de francés y contrató un profesor particular para que les diese clase de un idioma que, tanto él como su hija, desconocían por completo pero con el que empezaron pronto a familiarizarse. Unos meses después Samuel y Camila se establecían en la capital francesa, donde alquilaron un piso en la calle de la Boule-Rouge que hacía chaflán con la de Geoffroy-Marie, frente al Folies Bergère, en el 9è arrondissement, cerca de Montmartre, de la bolsa, del centro comercial y los animados bulevares con sus concurridos cafés y sus suntuosos teatros, y cerca de casa de Ménard y del conservatorio.

Ocupaba su vivienda el último piso del inmueble, un edificio muy característico de la arquitectura parisina del siglo XIX, a gran distancia de los lujosos apartamentos que construían los Haussmann o Garnier pero con todas las comodidades de la centuria, como un cuarto de baño con bañera, pila con agua corriente, inodoro y bidé o disponer de calefacción. Un desahogado vestíbulo decorado con la estatua de una cariátide que sostenía una potente antorcha de gas daba paso a la escalera principal, con barandilla de fundición y escalones alfombrados de rojo. Junto a la entrada había otra escalera mucho más discreta, para el servicio, que Samuel prohibió a madame Couture que usara. La vivienda, de techos altos y grandes ventanales, constaba de seis estancias sin contar el cuarto de baño y la cocina: un salón comedor, una pequeña sala de estar, otra mayor destinada a despacho y biblioteca y tres alcobas. La ornamentación era sobria, sin alarde alguno de ostentación, lo que no era óbice para que Samuel hubiese vestido la casa con grandes cortinas y mullidas alfombras y recubierto las paredes con papel pintado de discretos motivos florales a la última moda, manufacturado por William Morris & Co., que le gustó a la joven Camila cuando lo vio en el escaparate de una tienda del bulevar Des Capucines. Las paredes, de las que al principio solamente colgaban dos fotografías, una de Beatriz y otra de Beatriz y Camila, fueron poco a poco llenándose de cuadros que Samuel compraba a los necesitados pintores que tanto se prodigaban por Montmartre. Entre el mobiliario predominaban los asientos de diversos tamaños y formas, sofá, canapé, sillones, sillas… A Samuel le gustaba reunirse con sus amigos ─amigotes según madame Couture─ y mantener largas conversaciones hasta altas horas de la madrugada, si bien no lo hacía tantas veces como deseaba por no escuchar la monserga de madame Couture que consideraba dichas reuniones, en las que solían vaciarse gran cantidad de botellas de buenos licores y vinos, poco edificantes para Camila.

En un gran armario acristalado Samuel guardaba un buen número de cilindros para el fonógrafo protegidos en tubos de cartón que iba acrecentado a media que se sucedían las mejoras en el sistema de grabación. Un buen día apareció por casa con un gramófono Berliner. Llegó cargado con el aparato y con cuantos discos pudo encontrar tras recorrer las principales tiendas de música de París, pocos todavía. Lógicamente, a madame Couture le pareció un gasto excesivo e inútil.

―¿Otro trasto de esos? ─dijo nada más verle─. ¿Cuántos tiene ya?

Samuel había llegado a París con un fonógrafo y en dos años había comprado tres más.

―Señora mía, esto es un gramófono.

―¿Y los otros chismes?

―Fonógrafos, son fonógrafos. Esto es un gramófono, el último invento para registrar sonidos. Mire ─mostrándole un disco protegido con una cartulina─ ¿ve qué delgados son los discos estos? Apenas ocupan espacio. No se queje, pues. Además, se oye mejor.

―¡Bah! Bobadas.

―¿No se da cuenta? Esto es una maravilla. En poco tiempo tendremos grabaciones de quienes deseemos, de los mejores compositores, de los mejores cantantes… ¿No le parece fabuloso?

―Pues no. ¿Cuánto cabe en cada…? ¿Cómo ha dicho?, ¿disco?

―¿Cuánto cabe de qué?

―¿Cuánto dura cada disco de esos?

―Vaya, está usted a la que cae. Ninguno pasa de los cinco minutos, pero tiempo al tiempo…

―Pues nada, un trasto más en casa.

―Ya verá como a Camila le entusiasma.

―Claro, ¡qué le va decir! Pero ella es más sensata que usted. Por cierto, ¿va a salir esta noche?

Tanto Samuel como madame Couture recurrían al consabido cambio de tema cuando veían que ni uno ni otro iba a ser el que dijese la última frase de la conversación, lo que sucedía a menudo.

―No, madame Couture. O sí. No sé. Luego se lo digo.

―Ya se lo digo yo: seguro que sí. ¿Qué harán, si no, esos perezosos amigos suyos? ¿A quién sablearán? Vaya panda de holgazanes que ha elegido. A usted, lo que le hace falta es una mujer. ¿No ha pensado en volver a casarse? Con una buena mujer, claro, no con las extraviadas y desdichadas jóvenes con que se junta. ¿Qué hará cuando Camila se case? ¿Marchará con ella? ¿Y con Bonnard?

Samuel soltó una sonora carcajada a la que madame Couture respondió con uno de sus habituales refunfuños. En eso llegó Camila.

―No puedo creer que estéis discutiendo, qué cosa más rara ─era evidente la sorna de sus palabras.

―¿Discutiendo? ¿Nosotros? ¡Qué va! Madame Couture estaba aleccionándome acerca de los peligros de la molicie y el desenfreno.

―Ya sabe que no soy de frecuentar iglesias, pero la pereza es un vicio y un pecado.

―También la envidia, madame Torture.

La carcajada de Samuel fue aún mayor. Camila tuvo que contener la risa mientras rezongaba madame Couture.

―¿Y qué haces en casa? ¿No vas a salir hoy?

―¿También tú? Parece que tengáis ganas de que me vaya. Verás, yo había pensado que fuéramos a cenar los dos, hace tiempo que no lo hacemos.

―Estupendo. ¿Dónde vamos? ¿A Les Ambassadeurs?

―No, a La Bonne Franquette.

Anuncios

Un pensamiento en “Capítulo XI.2. Primera parte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s