Capítulo XI.1. Comienzo de la segunda parte de la novela

XI.1

El 27 de noviembre de 1897, sábado, la Opéra-Comique de París estrenaba Sapho, una ópera en cinco actos de Jules Massenet. La representación tenía lugar en el Théâtre des Nations, el edificio del teatro de la Opéra-Comique estaba aún en obras tras un pavoroso incendio sufrido diez años antes. También el de las Naciones había sido incendiado antes por el petróleo de los communards, pero de eso hacía ya tiempo, en 1871. La sala estaba completamente llena, la obra de Massenet se esperaba con expectación. Mil personas ocupaban las butacas y palcos del teatro, no quedaba ningún asiento libre. El rojo terciopelo con que estaban tapizados los sillones no se dejaba ver, predominaba el color negro, butaca sí, butaca no, dos sí, dos no, con el que vestían los caballeros, en claro contraste con el promiscuo colorido de los trajes de las damas. El rojo de las cortinas y del telón también dejaría de destacar en breve. La función estaba a punto de comenzar. Sesenta músicos, en el foso, bajo el proscenio, afinaban sus instrumentos y ordenaban las partituras.

Todos los presentes se habían saludado ya. El bullicio daba paso al murmullo y este al silencio. Las luces de la sala se iban apagando al tiempo que el rojo telón se levantaba poco a poco, con parsimonia. El gran escenario se iluminó de pronto y se llenó de color a los acordes de un breve, solemne y apasionado preludio. Una extraordinaria animación se apoderó enseguida de la escena, grupos de máscaras alegres y revoltosas, graciosas y pícaras, voceaban y brincaban al son de música gitana, una fiesta fabulosa tenía lugar en el taller del escultor Caoudal para quien Fanny trabajaba de modelo para su obra Safo, en mármol. Entró ella, Fanny Legrand: Allez, jolis farceurs, vrai!

Fanny, la pasión devoradora, mujer experta en el arte de gustar, y amar, de sensualidad arrebatadora, era en la vida real una joven de 23 años que respondía al nombre de Camila. Tras años de continua formación y esfuerzo, de disciplina y constancia, llegaba la hora del examen final, el de exponer su talento al juicio de los demás esperando, lógicamente, el reconocimiento. La tarea era ardua. Una afección de garganta a causa de un inesperado proceso gripal impidió que Emma Calvé, la más famosa soprano francesa del momento, pudiera salir a escena. Ella tenía que encarnar a Fanny, y de ella dependía en buena parte el éxito de la obra. Se barajó la posibilidad de aplazar el estreno hasta que estuviera en disposición de volver a cantar. Faltaban solo dos días y sustituirla por otra sería un desatino opinaban todos, menos Adolphe Ménard, un viejo profesor del Conservatorio de París que si no se había retirado ya era porque un buen día escuchó cantar a Camila. El gran alcance de sus agudos, la claridad de su voz, la calidez de su timbre, la facilidad con que ejecutaba coloraturas y su gran capacidad expresiva, le cautivaron. Nada de todo ello, sin embargo, dominaba con la necesaria pericia que toda buena cantante debía poseer. Le faltaba técnica, era como un diamante a falta de pulir. Ménard recobró al oírla algo que creía haber perdido: la ilusión. Se prestó a ser su instructor particular. Será una magnífica soprano, pronosticó, y en su interior agradeció a su antiguo amigo Sempere, al que no veía desde unos treinta años antes, que se acordara de él. Deberá trabajar duro, advirtió tanto a ella como a su padre. ¿Tú estás dispuesta?, preguntó a la joven. Acababa de cumplir catorce años, y aunque era una muchacha despierta y decidida, no sabía qué decir, recién llegada a París, una ciudad nueva, enorme, majestuosa, desconocida. Miró a su padre, que sonrió con dulzura y se encogió de hombros, dándole a entender su conformidad con cualquier decisión que tomase. Desde la muerte de su madre había surgido entre ellos una entrañable complicidad. Pues mañana mismo regresamos, le hubiera dicho sin duda si ese hubiera sido su deseo, sin queja ni reproche alguno. Camila se sintió segura. Sí, lo que usted diga, respondió a Ménard, que sonrió satisfecho.

Camila siguió los consejos de Ménard a rajatabla, estudió piano y canto en el conservatorio por las mañanas, mientras las tardes las pasaba con Ménard, en su casa, perfeccionando sus cada día más hábiles cualidades. Y así fue que este puso todo su empeño para que Camila sustituyera a Emma Calvé. Se sabía la obra. Ménard, que además era asesor musical de la Opéra-Comique, la había llevado a los ensayos para que educara su voz y perfeccionar su técnica. Luego, hacía que Camila repitiera lo visto y oído, llegándole a decir que ya hubiera querido la famosa soprano tener sus cualidades cuando debutó. Era, por otra parte, amigo y admirador de Massenet, y también había sido ocasional profesor de canto de Calvé. Camila había actuado hasta entonces en algunas galas benéficas y otros círculos restringidos, como las veladas privadas que organizaba Ménard para quienes, a su juicio, eran realmente amantes de la música más allá de modas y clichés. El viejo profesor acabó por convencer a todos, incluso a la Calvé, de que Camila sería una excelente sustituta. Las reticencias de la dirección del teatro se desvanecieron cuando Ménard manifestó el deseo del padre de la joven de contribuir económicamente en posteriores producciones, interviniera o no su hija.

Faltaban pocos minutos para salir a escena. Camila apenas distinguía la natural excitación de la impaciencia, de la ansiedad. Date prisa, que entras ya, le decía Ménard. También Tranquila. Todo irá bien.

A pesar de vivir en París, y en Montmartre, y de estar todos los días rodeada del ambiente bohemio en que tan a gusto se sentía su padre, Camila llevaba una vida recatada sujeta a su aprendizaje. Eran las condiciones que había impuesto Ménard para hacer de ella una gran cantante. Tenía sus amistades, por supuesto, alumnos del conservatorio la mayoría, alumnas más bien, con las que paseaba por el París moderno y resplandeciente que admiraba a propios y extraños, no había otra ciudad tan fastuosa desde que se segregara a pobres e indigentes confinándolos poco a poco en las barriadas del extrarradio. Visitaba los palacios, los monumentos, disfrutaba con la riqueza de sus museos, se divertía en la heterogénea multitud de sus lugares de esparcimiento y diversión, los paseos por las anchas avenidas, los espléndidos bulevares, las larguísimas calles anchas y rectas, las preciosas tiendas de la calle Rivoli, los grandes almacenes como Le Bon Marché, los jardines inmensos, los bailes, conciertos y representaciones teatrales.

Nunca abandonó la disciplina que requería su formación. Que cabeza más bien amueblada tienes hija mía, debes haberla heredado de tu madre, porque lo que es tu padre…, le decía muchas veces madame Couture, su ama y preceptora desde poco después de establecerse en París. Camila reía, y como siempre que lo hacía su risa era fresca y generosa, iluminaba su rostro e irradiaba viveza, resultaba imposible evitar su contagio. Unos pequeños repliegues se formaban sobre sus pómulos resaltando las tímidas pecas que salpicaban dicha prominencia de su cara. Puede que no fuera tan guapa como su madre, aunque tenía la misma mirada dulce, luminosa y cándida. Sus ojos, sin embargo, no eran muy grandes, en eso se parecía más a su padre, con quien también tenía en común el encrespado pelo, el suyo pelirrojo, herencia de su abuela materna, que llevaba largo y suelto y del que caían lindos y naturales tirabuzones.

Todos sus ademanes reflejaban y transmitían una inmensa alegría de vivir de balsámico efecto. Incluso ahora, que estaba a punto de salir a escena por primera vez, los nervios no empañaban su frescura y jovialidad. Entre bambalinas seguía el desarrollo de los primeros movimientos sobre el escenario al ritmo de la vibrante música de Massenet y al son con que danzaban alborozados los participantes en la fiesta de Caoudal. Camila vivía ya la farsa, ansiosa por sumarse a ella. Llegado el momento el escenario se llenó de magia y sensualidad. Allí estaba ella, esplendorosa, con un vestido ocre y un mantón de grandes flecos en tonalidades azules que sujetaba sobre su pecho con una hermosa orquídea roja como las que adornaban su pelo. Su Allez, jolis farceurs, vrai! trasmitió enseguida un entusiasmo contagioso.

Le Théâtre Lyrique - Théâtre des Nations, place du Châtelet.

El “Théâtre Lyrique / Théâtre des Nations”, en la plaza del Chatêlet de París, donde se representó “Sapho”, en un grabado de la época.

Samuel seguía la obra en un palco, acompañado de dos caballeros más y una mujer de unos cincuenta años. Conservaba su espesa y crespa mata de pelo, ahora cano, como la barba que se había dejado crecer, descuidada y abundante. Tampoco había perdido su incisiva y penetrante mirada, que parecía más viva que nunca contemplando a Camila. Fue salir a escena y ya no se enteró de nada más, solo veía a Camila, incluso cuando no estaba en el escenario, incluso en los descansos, solo Camila, solo tenía ojos para ella.

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