Capítulo X.2. Final de la primera parte de la novela

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El pelotón estaba formado por seis cazadores, seis jóvenes soldados que parecían ser los mismos que, en su día, fusilaron a Carvajal. El escenario era distinto, pero todo estaba dispuesto de igual modo. En el extremo de la plaza más elevado, frente al campanario, estaba plantado el palo. Cientos, puede que miles de ojos, le observaban. ¿Con qué mirada quedarse para el último instante?, pensaba. El oficial al mando no consintió que le ejecutaran sin ser maniatado temiendo que pudiese suceder algún incidente como el que protagonizó Carvajal. ¿Qué mirar antes que la venda tapara sus ojos anunciando la definitiva oscuridad? ¿A quién? Su esposa no estaba, le había rogado que no presenciase su ejecución, era un dolor innecesario que a él le haría más insoportables los últimos momentos de su vida y que a ella la llenaría de aflicción, imprimiendo en su memoria un triste recuerdo difícil de borrar. ¿Con qué imagen despedirse del mundo? ¿Con la de sus verdugos, los oficiales, las autoridades, el juez, los soldados que parecían tan desasosegados como él? ¿Tal vez con la de aquellos a quienes complacía el espectáculo, con una de esas caras satisfechas que imperturbables fisgonean en el rostro del reo y pronostican acerca de cuál será su última reacción? ¿Por qué no? Mirarles fijamente, clavar los ojos en los suyos. ¿Con odio? ¿Con desprecio? ¿Desafiante? ¿Con indiferencia? ¿Cuál sería la mejor manera de que no olvidaran nunca aquella última mirada? ¿Aquella señora que viste elegantemente de negro y mira con rictus compungido al pobre desgraciado que ha osado transgredir la norma y debe pagar por ello? ¿Por qué no tú, que hace poco estabas en la calle clamando justicia y arrojando petróleo? ¿O me fijaré en ti, que sabías que nada tenía que ver y no me defendiste? ¿O en ti, que me delataste? O miraré al cura, que sigue a mi lado, junto a las autoridades, a pesar de haber rechazado su servicio.

Detuvo su mirada en unos niños que jugaban con unos trozos de madera en corro, sentados en el suelo, ajenos a todo, apartados de la multitud. Atraídos, sin duda, por el contagioso frenesí que parecía dominar todas las conciencias habían acudido a ver qué sucedía. Ya habían sonado los tambores y las cornetas, ya le habían atado al poste. Solo faltaba la orden final, el último redoble, el seco ruido de los disparos que volvería a despertar la curiosidad de los niños. Mientras, seguían jugando. Él ya no los vería, ya tendría los ojos vendados. Mejor así. ¿Cómo mirar a un niño a los ojos en el momento en que seguramente serás la viva representación del espanto? ¿Y por qué no? ¿Por qué no intentar decirle mira en lo que puedes convertirte? Verdugo o víctima, elige. Daba igual lo que pensara. Daba igual todo. Mejor no pensar. También daba igual pensar en no pensar, no podía controlar eso.

Era como si estuviese reviviendo la escena, solo que ahora quien se hallaba atado al palo de pino era él. Había visto morir muchos hombres, en distintas circunstancias. Les había visto morir con entereza, manteniendo su orgullo hasta el último momento. Carvajal no solo se arrancó la venda y miró a sus verdugos, aún tuvo fuerzas para lanzar un viva a la República. Defendió sus ideas hasta el fin. También Albors murió con dignidad. A pesar de lo humillante de su situación, todavía tuvo arrestos para recoger el sombrero cuando le dieron el primer golpe. Y también gritó Viva la República, al parecer, desde donde estaba él solamente se escuchaba un confuso griterío. Otros vio morir suplicando clemencia, implorando piedad, así el guardia al que descerrajaron de un tiro en casa de doña Elena Barceló. ¿Y él? ¿Cómo moriría él? ¿Y que pasaría con su esposa? ¿Y con su futuro hijo? El redoble. No había tiempo de más. Casi lo deseaba. Efectivamente, los niños volvieron la vista, él cerró los ojos, la venda los cubrió dejándolo en la oscuridad, inmensa. Sintió miedo, pavor. Eran unos instantes eternos, le flojeaban las piernas, temblaba. ¡Preparados! Oyó el clic-clac de los fusiles. ¡Apunten!

Samuel despertó, empapado de un sudor frío, agitado, se ahogaba. Miró a Beatriz, que dormía a su lado. Había tomado una cucharada de láudano para conciliar el sueño. Por ello no percibió el sobresalto de Samuel, que le acarició el pelo y la arropó.

Eran cerca de las cinco de la madrugada. Salió al salón, se sentó en el sillón junto al ventanal en que pasaba horas leyendo, encendió un cigarro y miró las estrellas. Ese año ni siquiera había recogido las cerezas de Farinetes, recordó. Siempre que se detenía con las estrellas le venía a la mente la imagen del cerezo cargado de frutos, los amaneceres cuando de niño veía cómo a medida que el sol enfilaba sus rayos los nocturnos brillantes astros eran sustituidos allá arriba por los carnosos cuerpos rojos. ¿Podría ir el próximo verano? Debía marchar de Alcoi, como le había sugerido don Anselmo. Sería lo mejor. Para él, para Beatriz y para su hijo. ¿Qué futuro les esperaba cuando le encarcelaran? A pesar de la promesa de don Anselmo de que nada les faltaría, no podría estar cuando le necesitaran, ni siquiera vería nacer a su hijo. Pero debía marchar. Era cuestión de días, de horas tal vez, que fueran a prenderle. Y aunque Beatriz dijo mostrarse orgullosa de su proceder, así se lo manifestó, temía por lo que pudiese sucederle en presidio. También ella le aconsejó que se fuera, al menos de ese modo no sufriría imaginando las penalidades a que debería enfrentarse privado de libertad. Huye, es preferible, al fin y al cabo nada has hecho, pronto podrás regresar. Sí, me iré, hasta que todo se aclare, ciertamente los cargos que me imputan son falsos. ¿Qué he hecho yo?

En mala hora… pensaba, en mala hora… De todos modos, eso ya daba igual. A lo hecho, pecho, aunque por el conducto que va del cuello al vientre únicamente pasen sapos y culebras. Nada se podía hacer por cambiar los hechos, así de tozuda se mostraba la realidad. Es posible, recapacitaba, que el juez, incluso los acusadores, se pongan en mi lugar, reflexionen y se den cuenta que las cosas sucedieron como sucedieron. Él, al fin y al cabo, no era nada ni nadie. ¿Pero, aparte de acusarle por sedición, actuarían igual con los cargos de asesinato, asesinato frustrado, homicidio, instigador de los incendios, robos y otros delitos de los que únicamente había sigo testigo? Alguien, y alguien más después, había afirmado en la instrucción del proceso que se inició nada más declararse la huelga general que era el personaje que cubría permanentemente su rostro con anteojos tapados por los lados y llevaba pintadas rayas amarillas en la cara y negras en las manos. ¿De dónde venía tal imputación? Incluso en las Cortes, al debatirse sobre los sucesos de Alcoi, alguien llegó a afirmar que un destacado republicano se encontraba entre los dirigentes de la huelga general. Naturalmente que no era él, pero eran muchos quienes aseguraban haberlo visto en numerosos actos de subversión, con Cardona en el asalto de la casa de Blanes, con Tomás por la calle y en la sede de la Asociación, en las muertes de los guardias municipales al descender del campanario, en el asesinato de Albors… Empezaba a amanecer, Beatriz seguía durmiendo.

¿Por qué a mí?, se preguntaba mientras consumía lentamente el cigarro. ¿Por qué me sucede esto? ¿Por qué? Samuel no conseguía alejar de su pensamiento el dichoso interrogante para el que carecía de respuesta. Sentía rabia, impotencia. Habrá que plegarse al destino, resolvió resignadamente. Precisamente ahora, ahora que todo iba bien. Con Beatriz se encontraba cada vez mejor, era una estupenda compañera, le escuchaba, se preocupaba por él y por sus cosas, le preguntaba, le animaba cuando estaba abatido. Y continuaba oliendo maravillosamente, como el primer día.

¿Cuál es la razón última que mueve a las personas a obrar de una u otra manera ante un determinado hecho? ¿Qué papel desempeñan en ello nuestros sueños, delirios, anhelos, deseos ocultos, esperanzas o temores? ¿Cuánto queda al final de nuestras voluntades, qué representa el azar en nuestras vidas? ¿Avanzamos libremente o deambulamos por caminos marcados? Una circunstancia extraordinaria, inesperada, la lesión de Monllor, había sido en definitiva la causa de sus desgracias. Así son las cosas, suceden y ya está. ¿Pero ahora? Ahora que iba todo bien, precisamente ahora…

**

Finalmente, la noche del siguiente día Samuel salía de la ciudad escondido en una calesa que conducía el propio don Anselmo. Nadie se atrevería a registrar el interior en su presencia, todavía conservaba su prestigio moral.

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