Capítulo X.1

X.1

―Esta misma mañana, cuando venía para acá, he visto cómo se llevaban a Ripoll. Ya ves, ¿qué ha hecho Ripoll? Dicen que entregó el petróleo de su tienda voluntariamente. Detrás iba su mujer, llorando, con un recibo en la mano que en su día le extendió la Comisión como que se llevaban el petróleo. De nada le ha valido. Y como él muchos que han hecho bastante menos. Es suficiente que cualquier fabricante o propietario, cualquier “respetable ciudadano”, diga ese es internacional para que le prendan enseguida. Están rabiosos. Hay más de sesenta en la cárcel, además de los que están presos en el castillo de Alicante. Son infames, los agentes de la autoridad llegan a amenazar a los niños para que digan el paradero de sus padres.

Esclafit rebosaba indignación, Samuel no recordaba haberlo visto así jamás, tan alterado.

―Cuarenta y dos se llevaron ayer al castillo de Alicante, a las dos de la madrugada, sin previo aviso, en cuerda, amarrados codo con codo, fuertemente custodiados. Querían evitar cualquier altercado. Cuando empezó a correr la noticia ya estaban lo suficientemente lejos. Y la cárcel empieza a llenarse otra vez.

―Era de esperar, Blas.

―Creía que el tiempo aplacaría algo sus ansias de venganza. Si las tropas no se hubieran tenido que marchar para Cartagena al día siguiente de su llegada, ¿qué hubiera pasado?, ¿nos hubieran desollado vivos?

―No sé, Blas, no sé qué hubiera pasado. A lo mejor ha sido al revés, igual el tiempo ha agravado más las cosas.

―¿Por qué dices eso?

―Cuando Velarde tuvo que irse con su aparatoso ejército a Cartagena para impedir el triunfo del cantón, los fabricantes, propietarios y mayores contribuyentes, se amilanaron. Por un momento pareció que la instauración de una república federal desde abajo era un hecho. Los obreros volvieron a sentirse fuertes, siguieron las huelgas, se redujeron las horas de trabajo, se aumentaron los jornales, se readmitió a los internacionalistas despedidos, se despidió a quienes los habían reemplazado. Transigían y hubieran seguido transigiendo, no tenían otra, veían peligrar su mundo. Pero el cantonalismo ha fracasado. Queda Cartagena, aunque solo es el último reducto. Muchos progresistas próximos al ideario republicano han dado un giro de tal naturaleza que poco les separa de las posturas más conservadoras. Los monárquicos se frotan las manos en medio de la confusión general, los carlistas golpean con saña allá donde pueden y entre las clases populares domina de nuevo la decepción. Cuando a principios de septiembre entraron esos doscientos guardias civiles los hasta entonces temerosos fabricantes perdieron el miedo, y cuando se pierde el miedo uno se siente fuerte se cree poderoso. Se acabó, Blas, se acabó.

―Tu análisis está muy bien, pero parece que estés redactando un artículo para el periódico. Y de que se acabó, nada de nada. Habrá que empezar otra vez, solo que ahora con la ventaja de no partir de cero.

―¿Cómo, Blas?, ¿con qué medios?, ¿con qué fuerzas?

―No empieces con tu escepticismo. Como sea. Algo habrá que hacer. Todo menos quedarnos de brazos cruzados, eso sí que no conduce a nada. ¿Qué quieren? ¿Acabar con todos?

―¿Con todos? No. Necesitan gente que trabaje para ellos. Quieren que regrese el “orden”, su orden, el que consideran que es el orden natural de las cosas.

―Pues yo quiero otro orden.

―Y yo.

―¿Entonces?

―¿Qué?

―No digas que todo se acabó. Eso que lo digan ellos, tú no, Samuel, tú no.

―Tienes razón. Olvida lo que he dicho, lo último que desearía es parecer un derrotista.

Samuel estrechó por los hombros a su amigo.

―Mañana seguimos hablando. Es que Beatriz anda un poco alicaída estos días.

―¿Otra vez la migraña?

―No, problemas lógicos del embarazo nada serio.

**

Lejos estaban de sospechar siquiera que tendría que pasar mucho tiempo antes de que volvieran a hablar. Cuando al día siguiente de aquel frío día de mediados de noviembre Samuel pasó por delante de la imprenta camino del periódico le extrañó verla cerrada. Presintiendo lo peor, aceleró el paso. Cuando vio a Monllor no hizo falta que este pronunciara palabra alguna para darse cuenta de que sus temores no eran infundados. A Bernácer y a Esclafit los habían detenido esa misma madrugada.

―Deberían haberse marchado. Al menos a Blas le dije que lo hiciera hace ya días, cuando comenzaron los arrestos en masa. A Bernácer jamás imaginé que pudiera pasarle tal cosa, aún no entiendo los motivos. Que prendieran a Botella no me chocó, su actuación resultó determinante para que los Voluntarios no se pusieran del lado de Albors, pero Bernácer… Y ahora no sé si aconsejarte lo mismo.

―¿A mí?

―Algo va mal, desconozco qué, pero hace un rato ha venido Carmelo. Don Anselmo quiere vernos enseguida. Me ha dicho que cuando llegaras fuéramos a su casa, y que si no podíamos se lo hiciéramos saber y vendría él. Nada bueno puede ser.

**

Nada bueno era, tal como presintió Monllor.

―Son momentos de gran confusión. Es de suponer que cuando las aguas vuelvan a su cauce todo se aclare. Pero ahora no sé qué decirte. Creo que deberías marchar cuanto antes ─aconsejó don Anselmo a Samuel.

―No he hecho nada, ¿por qué he de huir?

―Samuel no ha hecho nada de lo que se le acusa ─se quejó Monllor─. Yo puedo atestiguar que su presencia en todos esos desgraciados sucesos fue fortuita, que él solo buscaba información. Dirijo un periódico. Samuel trabaja en él. Pueden ver mis notas, día a día, ¿cómo hubiera conseguido, si no, en mi estado, tantos datos, tantos detalles?

―Os hablo como abogado, como conocedor de las leyes y sus mecanismos de aplicación. Unos y otros atosigan al juez con exigencias para un pronto esclarecimiento de los hechos. Forzado por las circunstancias, algunas de sus decisiones han necesariamente de acusar esta precipitación. Instruir una causa como esta, no obstante, y sé de lo que hablo, tardará años. Lo mejor es esperar, como os decía antes, a que todo esté más calmado. No te preocupes, Samuel, acabaremos sabiendo quien se ocultaba tras esa estrafalaria apariencia y demostrando tu inocencia de todos los cargos de que se te acusa. Pero si ahora, huidos como están los principales cabecillas de la Internacional, hallan en ti la cabeza de turco que algunos urgen es más probable que cierren el asunto en falso.

―Eso no deja de ser injusto, don Anselmo. Yo puedo confirmar que no participó en ninguno de los actos violentos que presenció.

―La vida nunca es justa. Tu testimonio, amigo Monllor, para poco serviría. Cualquier podría haberte contado los pormenores de cuanto sucedió. Además, de eso hace más de dos meses, todo el mundo habla de lo que pasó, y de lo que no pasó. Eres su amigo, no te harían mucho caso.

―¿Pero marcharme? ¿Adónde?

―Eso déjalo en mis manos. Todavía tengo buenos contactos.

―Tiene razón don Anselmo ─dijo un descorazonado Monllor─. Piensa en Beatriz, se desesperaría viéndote en la cárcel.

―Es una situación desgraciada, Samuel ─añadió don Anselmo─, pero no debes dejarte vencer ni por el arrebato ni por el desaliento. Verás como todo se arregla. Pero toca ser prudente.

―Claro que se arreglará, y no pasará mucho tiempo.

_______

Imagen: “Cuerda de presos” (1901), óleo de José María López Mezquita. / Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

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