Capítulo IX.4

IX.4

El domingo día 13 cerraba la semana más vehemente, intensa y trágica de la historia de la ciudad. Alrededor de las doce comenzó a escucharse el ruido de tambores y cornetas. Las tropas estaban próximas. Una angustiante y sorda quietud reflejaba miedo, el mismo que acompañaba a los siempre necesarios excluidos que por unos instantes parecían haber olvidado su condición, el miedo a despertar cuando el sueño estaba más próximo que nunca de ser real, justo cuando creían haberlo perdido definitivamente en aquella saturnal de violencia profanadora de respetabilidades y conveniencias. ¿Regresaba el respeto? No, el miedo, el temor a la nada.

Por la puerta de Alicante entraron finalmente las fuerzas de artillería con ocho cañones, guardia civil, compañías de voluntarios llegadas de otras ciudades, caballería… Las negociaciones a fin de evitar que penetraran en Alcoi habían resultado infructuosas a pesar de haberse retirado ya las barricadas y puesto en libertad a los rehenes.

Imposible calcular a ojo cuántos hombres formaban aquel imponente ejército al frente del cual figuraba el general Velarde montado sobre un engalanado caballo blanco que a Samuel le recordó aquel con el que cabalgaba Albarracín unos días antes. Monllor y Samuel ─que presenciaban el magno desfile de fuerza─ lo intentaron. Primero creyeron que eran centenares, luego vieron que no. Hombres y más hombres pasaban ante sus ojos en perfecta formación. Debían ser miles, concluyeron.

Había poca gente en la calle. El imperturbable, persistente y cadencioso ritmo del paso de los soldados, el traqueteo de los cañones, resonaba en unas calles vacías, prácticamente desiertas. La mayoría se limitaba a observar desde las ventanas, con los visillos corridos para que nadie pudiera adivinar en sus rostros signo alguno de satisfacción o rechazo, desconfiando de todo y de todos hasta la resolución final del conflicto. En algunos balcones, en el campanario y en el ayuntamiento ondeaban banderas blancas.

―Tenemos mucho que hacer, Samuel. Vamos al periódico, a ver qué publicamos y a ver cómo lo decimos. No sé que puede pasar a partir de ahora. La Comisión federal huyó ayer. Los que fueron detenidos por los internacionales querrán recuperar el dinero que tuvieron que desembolsar para que los trabajadores cobraran el salario. Las represalias no se harán esperar. Es un día triste.

―A no ser que algunos cantones puedan revertir la situación.

―Podría ser, nunca se sabe, pero creo no equivocarme si digo que la República está herida de muerte. Los internacionalistas de Valencia apoyaron la República, los de aquí abominaron de ella. Nuestros voluntarios se negaron a reprimir a los huelguistas, en cambio voluntarios de Valencia vinieron en ayuda de Albors. Ni unos ni otros actúan igual en todos los sitios. Conservadores y monárquicos, por el contrario, lo hacen sin fisuras, al menos aparentes. Claro que una cosa es defender los intereses particulares y otra las ideas.

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Imagen: Entrada de las tropas gubernamentales en Cartagena. El 13 de julio, comandadas por el general Velarde, ocuparon Alcoi. Al día siguiente, recibieron órdenes de abandonar la ciudad y dirigirse a Cartagena, donde unos días antes había estallado la sublevación cantonal.

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