Capítulo IX.3

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Monllor, Bernácer y Samuel pasaron la noche en vela, alguna que otra cabezada y poco más. Por momentos reinaba un insoportable silencio, roto de vez en cuando por los esporádicos gritos de los grupos armados que patrullaban las calles o por el golpeteo de las herraduras de los caballos. De vez en cuando se oían disparos. El refulgir de las llamas pareció aminorar con la salida del sol, no sabían bien si a causa de ello o porque el petróleo ya había hecho su labor.

Samuel salió a la calle sobre las siete de la mañana. El día luminoso, raso, despejado Se dirigió a la plaza. Un buen número de personas se congregaba frente al campanario de Santa María. Los guardias municipales se habían quedado sin munición. Estaban indefensos arriba de la torre. Se escuchaban gritos. Bajad ahora, valientes; ¿Tenéis miedo, cobardes?; Bajad de una vez, como subamos a por vosotros…; Bajad, asesinos, traidores; Bajáis o subimos.

Momentos después los guardias se asomaron a la puerta del campanario, los siete, temblorosos, espantados, lívidos, sudorosos, con las manos en alto, atemorizados. No se atrevían a salir. Nadie era ajeno al ambiente de animadversión que dominaba, no había indiferentes. Un odio postergado, antiguo, que algunos creían relegado por el simple paso del tiempo, parecía haber despertado en la conciencia colectiva. Al lado de Samuel se encontraba un tal Parranca, matarife, voluntario de la República, armado con una carabina; de su mano un niño de unos doce años, su hijo, sostenía una navaja.

Un hombre que rondaría la treintena alcanzó en un par de zancadas la posición de los guardias, agarró al cabo por los pelos y le asestó una puñalada en el estómago. Cayó fulminado, retorciéndose de dolor. Inmediatamente, los demás siguieron su ejemplo. Una turba se abalanzó sobre los seis restantes. Desde donde estaba situado, Samuel no pudo ver de qué manera les acometieron, aunque no era difícil de imaginar.

Unos minutos después los cuerpos inertes de los desfigurados guardias eran trasladados al hospital por los mismos insurrectos.

La gente que ocupaba la plaza, cada vez en mayor número, furiosa, encolerizada, seguía demandando justicia. Y la justicia exigía el castigo del máximo responsable de la tragedia: Albors. ¿Dónde está Albors? A por él, que no escape… Tuvo que ser el propio Albarracín, montado sobre su caballo blanco, quien pusiera orden. Si queréis a Albors, dijo, lo primero que debéis hacer es obrar con serenidad, con la firmeza que habéis mostrado pero sin precipitación. Ordenó apagar el fuego de unos pocos edificios que quedaban en llamas. Es innecesario, la plaza ya es nuestra.

Todos siguieron a Albarracín a la contigua plaza del Mercado. La espita del odio estaba abierta y la llave para regular su paso atascada de desasosiegos, odios, rencores, ilusiones y esperanzas. La casa consistorial se hallaba completamente sitiada, no había escapatoria posible para sus contumaces ocupantes, era simple cuestión de tiempo. Los defensores del orden, para los de dentro, los enemigos de la justicia social, para los de fuera, no tenían más opción que rendirse o ser pasto de las llamas. Una trompeta llamó a silencio. La potente y subyugante voz de Albarracín conminando a Albors y los suyos a la rendición ─por última vez, dijo─ pudo escucharse perfectamente. Sin embargo, no obtuvo respuesta alguna, de nuevo el silencio. Se oían ruidos procedentes del interior de la casa consistorial y de las aledañas a esta. Al parecer seguían perforando tabiques y paredes interiores buscando una salida. Los ánimos se encrespaban más, si es que ello era posible; a la inquina dominante se añadía la impaciencia, el deseo de acabar de una vez.

―Está en casa de Laliga exclamó de pronto uno de los sublevados que pareció reconocer la voz de Albors.

Hablaba en singular, pues en definitiva se trataba de Albors; los demás eran simples acompañantes en su temerario propósito. La carnicería de Laliga fue ocupada inmediatamente. Nunca la había tenido tan llena. Aquí, están aquí, gritaba la gente. Bribones, pillos, ladrones, y demandaban petróleo. Están ahí, en el sótano, quemad la puerta, veréis que pronto abandonan la madriguera. Por fin Pedro Cort, propietario y fabricante, se decidió a salir y en aquel mismo instante se oyeron disparos y golpes que pusieron fin a su existencia.

Albors, ¿dónde está Albors? Sal, cobarde, ¿vas a permitir que siga muriendo gente por ti? Sal, cagón, gallina. Aquí no está, dijo Baltasar Blanes, guardia municipal, de 40 años, quien había emigrado desde el cercano pueblo de Benasau en busca de un mejor empleo como tantos de los otros que ahora se enfrentaban a él. Creía haber tenido suerte, un municipal tiene trabajo todos los días. No fue así. Salió implorando misericordia, tenía tres niños, decía. Un insurrecto le increpó:

―¿Y cuántos tenía yo el día que me denunciaste? ¡Cuatro! Te supliqué que no dieras parte, que total eran unos pocos metros de tela. Al dueño no le hacían nada, pero a mí… Acabé en la cárcel, me despidieron de la faena.

―No podía hacer otra cosa, cumplía con mi deber. ¿Qué iba a hacer? Yo no dicto las leyes.

―Tu deber era estar con los tuyos. Ahora, yo también cumplo con mi deber.

Un tiró le descerrajó. Otro guardia que se encontraba con ellos tuvo mejor fortuna. Sollozaba, clamaba clemencia, juraba no saber dónde estaba Albors. Cada uno escaba por dónde podía, Albors había dado la consigna de sálvese quien pueda. ¡Ya está bien, llevadlo a la cárcel!, gritó Fombuena cuando un insurrecto se disponía a rematarle en el suelo de un navajazo. Miraron al desgraciado municipal. Levantaron al guardia entre varios y se lo llevaron en medio de un mutismo generalizado.

**

―¿Y Albors? ─Monllor seguía impaciente la narración de Samuel.

―Lo cogieron. Antes mataron también a Carmelo García, el recaudador de contribuciones. Trataba de escapar simulando ser un internacional, decía que Albors estaba escondido en los bajos del ayuntamiento, que es de donde él salía. Uno, no sé quién, le reconoció y de un culatazo tremendo le abrió la cabeza, se desplomó como si fuera un muñeco de trapo. Después le propinaron unos cuantos culatazos más. Poco después encontraron a Albors, escondido en casa de doña Elena Barceló. Un tal Senent gritaba desde un balcón que por fin lo habían apresado y que cómo lo querían, vivo o muerto. Vivo, gritaron todos, que salga por su propio pie, y empezaron a golpear la puerta con un hacha. Enseguida salió Albors, con Senent y otros dos internacionales. Trataba de mantener la entereza, llevaba el sombrero puesto, pero estaba sucio y demacrado. Miraba a su alrededor no sé si incrédulo o completamente doblegado, si buscando a alguien que saliera en su defensa o esperando a que alguien se decidiera a terminar con él de una vez. Permanecía de pie, impertérrito, en silencio. Todos le increpaban. Ladrón, pillo, asesino, cobarde, traidor, burgués… Le decían de todo. Supongo que tendría miedo, pero no lo aparentaba. En realidad no aparentaba nada, quiero decir que parecía estar ido, resignado a su suerte.

―¿Te vio?

―Su mirada se clavó en la mía por un instante, pero no sé si me reconoció, no sé si reconocía a nadie, sus ojos nada expresaban.

―¿Y luego lo mataron?

―Enseguida. Mientras seguían insultándole se iba formando un círculo a su alrededor. Un joven con gorra le propinó un golpe con la mano en la cabeza, haciéndole caer el sombrero al suelo. Albors se agachó para recogerlo y otro le pinchó por detrás, en el cuello, con una bayoneta. A continuación se abalanzaron sobre él. Escuché disparos y gritos, pero desde donde yo estaba solo veía los brazos de mucha gente subiendo y bajando palos, garrotes, navajas… Cuando se apartaron, Albors estaba en el suelo en medio de un gran charco de sangre. Me acerqué. Ataron sus piernas a unas cuerdas, por los tobillos, unos cuantos chiquillos empezaron a arrastrarlo por la calle. Con ellos iba uno que se llama Vicente, que es carpintero, con un sable en la mano, ensangrentado. ¿Queréis probar la sangre de Albors?, decía.

_______

Imagen: La muerte de Agustín Albors en una ilustración de la época, coloreada, perteneciente a la obra “Historia contemporánea. Segunda parte de la Guerra Civil: anales desde 1843 hasta el fallecimiento de don Alfonso XII” (1893-1895), de Antonio Pirala.

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