Capítulo IX.2. Segunda parte

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―¿Vienes? ─preguntó Esclafit.

―¿Dónde?

―A la federación. Quedé con Tomás que acudiría allí, aunque con todo esto a saber dónde estará.

―Sí, claro, te acompaño.

―Samuel, sé que tu mayor interés es averiguar lo que pasa, que Monllor… Por cierto, ¿dónde está?

―Se ha torcido el pie. No puede caminar.

―Vaya momento. Razón de más.

―¿De qué?

―Razón de más de que me acompañes. Si vienes conmigo podrás dar cuenta a Monllor de cosas que de otro modo no podrías ver, y a Monllor se lo debemos, eso y lo que haga falta. Es un buen tipo. Pero, ¡ojo!, nada de lápices ni libretas. Aquí nos conocemos todos y quien más y quien menos sabe que trabajas en El Diluvio, o lo que es lo mismo: con los republicanos.

―El periódico de los republicanos es El Propagandista.

―A estas alturas no hay diferencia, Samuel. Tú vienes como republicano que está a nuestro lado porque ya nada quieres saber de ellos después de la actitud de Albors. ¿De acuerdo?

―De acuerdo. Es lo más prudente, sí.

Tuvieron que dar un rodeo, pues no podían cruzar por la plaza. Coincidieron con Tomás de camino. Le acompañaban más de cien hombres en formación, internacionalistas llegados de Cocentaina y otros pueblos vecinos. Tomás abrazó a Esclafit y saludó a Samuel dándole una palmada en la espalda.

Los internacionalistas se quedaron en una esquina a la espera de órdenes. Esclafit y Samuel entraron en la sede de la Asociación con Tomás. Una larga fila de destacados contribuyentes, custodiados por hombres armados, aguardaba que alguien les dijera algo acerca de su situación. A la mayoría los habían sacado de la cárcel, no sabían para qué.  Aquí tenéis otro burgués, oyó Samuel que decía uno de los insurrectos. Era don Evaristo, temblaba de miedo.

El interior se hallaba casi a oscuras. Las ventanas estaban cerradas aun siendo de día. Unos hombres encendían en esos momentos un quinqué sobre una mesa de pino en una reducida sala que había nada más traspasar el umbral. Tomás les indicó que pasaran un cuarto más pequeño, al lado.

―Celebro verte por aquí, Samuel, aunque sé que no vas a decirme lo que me gustaría oír ─dijo Tomás.

No sabía Samuel a qué podía referirse. La expresión de perplejidad que su rostro mostró así lo evidenciaba. El dirigente aliancista se lo aclaró enseguida.

―Albors ha depuesto su actitud.

―¿Cómo?

―Ya, ya sé que no, pero es lo que me gustado escuchar. Me he entrevistado con don Anselmo y con Botella, sé que lo han intentado de todos los modos posibles.

―¡Ojalá pudiera decir eso!

―La cabra siempre tira al monte. En fin, ¿qué quieres saber?

―¿De qué?

―Tú no has venido aquí a empuñar las armas, sino a informarte para poder dar noticia de cuanto suceda. ¿Me equivocó?

―En absoluto ─respondió Samuel tan resuelto como confundido.

―Pues entonces, dime, pregunta. Yo fui uno de los que fundaron El Obrero, cuando estaba en Palma de Mallorca. ¿Conoces el periódico?

―No.

―Da igual, es lo de menos. Sé de qué va esto, y que si no sale bien, todo lo malo que se pueda decir y escribir sobre nosotros será poco. Que se informe con veracidad, que queden reflejados por escrito los hechos tal cual acontecen, que no se tergiversen, me preocupa. Pero no será el caso, ¿verdad?

―Verdad.

Permanecieron conversando un buen rato. Tomás respondía a cuanto Samuel le preguntaba, terminando varias veces sus frases con la coletilla ¿Es así o no, Blas?, a lo que este asentía.

Como media hora después, un internacionalista entró y le dijo a Tomás algo al oído.

―He de marcharme. Es una lástima. Todo esto podría haberse evitado.

―¿Y ahora qué? ─preguntó Samuel.

―Ahora será lo que el pueblo decida. Es el pueblo el que tiene el poder, ni siquiera nosotros. Mientras, los mayores contribuyentes deberán entregar ochocientos reales cada uno para hacer frente a los gastos de las huelgas y poder pagar el sueldo de los obreros. En tanto Albors no deponga su actitud seguirán en calidad de rehenes. Seguiremos hablando, espero. ¿Tú ─a Esclafit─ vienes conmigo?

Cuando Samuel salió del cuarto, vio sentados alrededor de la mesa iluminada por el quinqué a tres de los dirigentes de la Asociación que tomaban declaración a los mayores contribuyentes que antes esperaban fuera. Reconoció a dos de los tres inquiridores, mas le llamó poderosamente la atención el tercero, un hombre del que resultaba imposible averiguar su identidad, ni si era joven o de más edad, pues llevaba barba corrida, anteojos tapados por los lados y varias rayas amarillas en el resto de la cara y negras en las manos. Tomaba nota de todo en pequeños trozos de papel.

Salió de la casa de la Asociación por la puerta trasera. Comenzaba a anochecer. En penumbra, las llamas de los incendios refulgían ensombreciendo la llegada de una noche serena y estrellada que prometía ser distinta a las precedentes. Todo era distinto, debía serlo, había llegado el día, el ansiado día de la emancipación definitiva. Los carpinteros eran los únicos que trabajaban, construyendo barricadas. Los demás les animaban en su esfuerzo, no había tiempo que perder.

**

―¿Dónde estabas? Creíamos que te había pasado algo.

El tono de Monllor era de preocupación, y en cierta manera también de reproche. Con él estaba Bernácer. Ambos habían pasado un mal rato a causa de su tardanza. Samuel explicó lo que había visto, oído y vivido. Ante la premura con que hablaba, la insistencia en que Monllor anotara todo, en que Bernácer corrigiera o ratificara sus impresiones, estos le pidieron que se calmara. Monllor le sirvió un coñac.

―Ahora mismo, cuando venía hacia aquí he visto cómo se rociaban las fachadas de las casas de propietarios y fabricantes con petróleo. Les pegaban fuego y al empezar a arder salían despavoridos sus ocupantes. Me ha dicho Tomás que Albors y quienes le acompañan tratan de escapar y están perforando las paredes del ayuntamiento buscando una salida. Desde luego, el ruido se escuchaba desde la calle. Me detuve a ver. La gente comenzó a dirigirse apresuradamente hacia la plaza del Mercado, creyendo que pretendían huir por la parte de atrás. Pero entonces se presentó Albarracín, montado en un caballo blanco, y ordenó que prendieran fuego por el extremo que lindaba con la calle de San Lorenzo. El incendio se propagó a las casas vecinas y, ante la magnitud que alcanzaba, los mismos que lo originaron hubieron de apagarlo a fin de evitar un cataclismo de consecuencias imprevisibles.

―Algo sabíamos de todo eso. Botella también ha estado aquí.

―¿Y el periódico?

―No saldrá, no vamos a imprimirlo. No se entendería que lo hiciéramos en plena huelga general, y tampoco tiene sentido.

―Tal como están las cosas, Rigoberto, creo que lo mejor sería que Luisa y Beatriz se fueran a la casita que tienes en La Font Roja. Beatriz está embarazada.

―Vaya, por fin una buena noticia. No nos habías dicho nada.

―Lo sabemos desde hace solo dos días.

―Tiene razón Samuel ─observó Bernácer─. Yo soy soltero, no tengo mujer ni hijos, pero se me hallara en vuestro caso no lo dudaría un instante.

―¿Y cómo salimos de aquí? Todas las puertas y accesos a la ciudad están controlados por grupos de internacionales, no dejan pasar a nadie.

―A menos que dispongan de pase.

―Bueno, don Anselmo ha conseguido uno, nos lo ha dicho Botella. De cara a muchos internacionales no deja de ser un propietario, un burgués más. Tal vez, podrían salir con él, si no se ha marchado ya.

 ―No es necesario. Tomás me ha procurado uno.

**

Samuel fue a por Beatriz, también recogió a su madre ─Beatriz así se lo pidió─ y luego a la esposa de Monllor. Botella les facilitó un vetusto carruaje con el que pudo salir sin problema con ellas y regresar al poco, solo.

_____

Imagen: Incendio de varias casas colindantes con el ayuntamiento durante los sucesos de julio de 1873 para obligar a las autoridades a rendirse. Grabado de “La Ilustración Española y Americana” (24 de julio de 1873).

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