Capítulo IX.2. Primera parte

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Pasaban unos minutos de las tres de la tarde del día siguiente, 9 de julio, cuando Monllor dijo a Samuel:

―¿Has oído? Son disparos. Creo que vienen de la plaza.

Monllor había sufrido esa misma mañana una caída que le había producido un esguince en el tobillo, con rotura parcial del ligamento, y no podía caminar. Molesto, contrariado por la inoportuna lesión, pidió a Samuel que siguiera los acontecimientos.

―Voy a ver qué sucede. La plaza estaba a rebosar hace un par de horas. Había mucha tensión. Una comisión de internacionalistas, con Albarracín al frente, me dijeron, había llegado hacía poco y estaba reunida con Albors y algunos concejales. Querían que les entregase las varas.

―Ya lo estaba de buena mañana, cuando me torcí el puto tobillo. Se respiraba odio, o miedo, o las dos cosas. Ándate con ojo, Samuel.

Menos de cien metros separaban la redacción de El Diluvio de la calle de San Nicolás. Lo primero que vio al llegar a la misma en dirección a la plaza fue una gran cantidad de gente que corría despavorida. Algunos obreros, más curtidos con la experiencia de otros disturbios anteriores, internacionalistas destacados la mayoría, trataban de poner orden. Otros se dirigían a la plaza, en grupos, cargados con tablones, balas de borra, sacos de lana, colchones… Entre ellos divisó a Esclafit.

―¿Qué ha pasado, Blas? ─se dirigió a él por su nombre, el momento era sin duda trascendente.

―Esos desgraciados han matado a Pintoret, le han pegado un tiro en toda la cara. Estaba a mi lado, lo he visto desplomarse y enseguida se ha formado un charco de sangre. Mira como estoy ─señaló su ropa y le mostró sus manos manchadas de sangre─. Cayó ya muerto, le han reventado la cabeza. Y han herido a dos más, no sé quiénes son, ni la gravedad de sus heridas.

―¿Pero cómo ha sido? ¿Cómo ha podido suceder eso?

―Los guardias. Han disparado desde el campanario, a las órdenes de Albors.

―¿Albors ha ordenado abrir fuego contra la gente? ─Samuel se resistía a creerlo.

―Albors, el muy criminal, Albors ha sido. Primero disparó él y luego los guardias. ¡Los muy cabrones! ─Esclafit se mostraba iracundo, rabioso─. Ven conmigo a la plaza, hay que formar barricadas para aislarles. No hay tiempo que perder. Ven y, mientras, te lo cuento.

Samuel marchó con su amigo y otros internacionalistas que proferían toda clase de insultos contra Albors, los burgueses, la República… y aclamaban la revolución social. Se detuvieron en el Cantó del Pinyó, donde se empezaba a levantar una barricada, a escasos metros del ayuntamiento.

―Albors no quiso atender ninguna de nuestras demandas. Era de esperar, pero había que reunirse con él, se debía intentar llegar a un acuerdo hasta el último momento, pero no fue posible. La única opción que tenía era resignar el mando, pero, claro, se negó. Todos estábamos expectantes, nadie decía nada. En eso, se abrieron las puertas del ayuntamiento y salieron Albarracín y los otros miembros de la comisión. Enseguida se cerraron de nuevo. Entonces Albarracín dijo: Pueblo, el ayuntamiento no quiere ceder. Nada se ha podido conseguir de lo que nos habéis encargado. No le hizo falta levantar demasiado la voz, jamás vi la plaza tan llena y tan silenciosa. Tampoco los gritos de reprobación que siguieron los había oído nunca con tal fuerza.

Samuel sacó su libreta y su lápiz.

―¿Puedes repetirme las palabras de Albors?

―¿Pero qué haces? ¿Te has vuelto loco? Deja eso y echa una mano. Están los ánimos como para que parezca que alguien solo quiere curiosear. Das a entender que a ti no te incumbe lo que pasa, que no es asunto tuyo. Venga, coge esos tablones.

Samuel hizo caso a su amigo y se puso a construir la barricada como uno más mientras seguía atentamente lo que Esclafit le contaba.

―Albarracín conminó a todos a permanecer en su sitio, a que nadie abandonara la plaza, a mostrar la unión y la fuerza de la clase obrera. Inmediatamente se formaron varios grupos que partieron con los miembros de la comisión. Yo me quedé, Tomás insistió en ello, estaba preocupado por lo que pudiera pasar mientras.

―¿Pasó algo?

―Se lanzaron algunas piedras contra el ayuntamiento. Alguien dijo que Albors había telegrafiado al gobernador pidiéndole que vinieran las tropas. En eso los que habían marchado regresaron armados con fusiles, carabinas, escopetas, cuchillos, navajas, horcas, palos. Cada uno con lo que tenía a mano por si las cosas iban a más. Fue llegar y las puertas se abrieron de nuevo. Se hizo el silencio, esperábamos que saliera Albors, que hubiera recapacitado. Pero no. Salieron siete guardias municipales y se subieron al campanario de la iglesia de Santa María. A duras penas consiguieron llegar, y si lo lograron fue porque iban sin armas y muchos creyeron que iban a buscar al cura párroco, a don Isidoro, para constituir una nueva comisión mediadora, no sería la primera vez. Pero no. Cuando nos dimos cuenta ya estaban apostados en lo alto, y armados. Tendrían allí escondidos los fusiles. Eso enardeció aún más los ánimos, arreciaron de nuevo las pedradas y las voces en contra. Albors salió al balcón. No se le oía, todos le abucheábamos. Pero él siguió, impertérrito, esquivando incluso alguna piedra. Pedía silencio, pero los gritos eran cada vez mayores. Y entonces sacó el revólver, disparó un tiro al aire y a continuación los guardias del campanario abrieron fuego. ¡Tenían la señal convenida!

La barricada estaba lista. Samuel y Esclafit se secaban el sudor con sus pañuelos. La tarde era la calurosa. La plaza se había vaciado por completo. Otras barricadas se habían levantado en las diversas bocacalles que daban a la misma. Los guardias seguían en lo alto del campanario. Ningún movimiento por su parte, tampoco en la casa consistorial, cuyos cristales estaban hechos añicos por los impactos de las pedradas. Asesinos, hijos de puta, burgueses de mierda, vendidos, cobardes, traidores… improperios y maldiciones, todos los improperios y maldiciones posibles, salían de las encolerizadas gargantas de los obreros, más clase que nunca. Ya bajaréis, ya, les gritaban a los guardias al tiempo que blandían sus pertrechos en actitud amenazadora.

―¿Y ahora qué?

―Ahora o nunca, Samuel. No puede haber vuelta atrás. ¿Cómo? Imposible.

Cardona se presentó entonces con un grupo de hombres armados. A Samuel le llamó la atención su aspecto. No parecía el mismo el hombre apocado que recordaba haber visto algunas veces con su padre, tambaleantes ambos tras pasar un largo rato en la taberna, y al que un buen día en que los guardias fueron a por él y lo llevaron a la cárcel por comerciar ilegalmente con parte de la tela que producía, y cómo iba Cardona entre dos municipales, esposado, con la cabeza gacha y la mirada resignada, sin oponer ninguna resistencia, conforme, consciente de que debía pagar por su falta, resignado a su suerte, si es que la conocía. Él era todavía un niño y aquella imagen se le quedó grabada. Nada, sin embargo, quedaba de la mansedumbre de aquellos tiempos. Su ferviente mirada no era la de un ser impotente y extraviado, no reflejaba miedo, todo lo contrario: la osadía de quien, acostumbrado a una impasible indiferencia, no entiende que puedan hacerle más daño, libre de temores, pues, dando rienda suelta a un mundo desconocido y liberador que estaba dentro de él pero desconocía, en el que cohabitaban la ira y la paciencia, la rabia y la serenidad, la ilusión y la desesperanza.

―Vamos a por Blanes. Hay que detener a todos los burgueses.

Los dos amigos marcharon con ellos. La casa de Blanes estaba a escasos metros y ya había allí unos cuantos hombres conminándole a que se rindiera, entre ellos Sento, que preguntó a Samuel por Marieta, pues debía estar en el interior de la casa, cerrada a cal y canto.

Con las culatas de los fusiles, con palos y hachas, los hombres que comandaba Cardona comenzaron a golpear la puerta, fuertemente. Sal, cabrón, no te resistas. Cobarde, ladrón, ya es hora de que devuelvas lo que nos has robado. Golpes, más golpes. Más insultos. Agazapado en el balcón, Blanes gritó que no pensaba entregarse y que estaba dispuesto a morir. A continuación, disparó contra sus asaltantes. Un joven cayó al suelo, herido, chillaba como un puerco en la matanza, llevaba su mano a la oreja, de la que salía sangre a borbotones. ¡Asesino!, ¡criminal! La gente estaba encolerizada. Cardona dio orden de que se apartaran del área de fuego de Blanes y mandó a un par de hombres a por petróleo. Tras una tensa espera llegó un carrito conducido por tres jóvenes y un adulto, este con la cara pintada mitad de rojo y mitad de blanco, con el devastador, y al tiempo liberador, líquido. Inmediatamente rociaron la fachada y amenazaron con pegar fuego a la casa de Blanes.

―Ahí dentro hay gente que nada tiene que ver, ¿y si no consiguen escapar? ─advirtió Samuel a Cardona.

―Pues que salgan. Si no lo hacen es porque no quieren.

―O porque tienen miedo. ¿No crees? Déjame hablar con Blanes.

―Tú mismo, pero desde aquí, que ese loco sigue disparando. Como alcance a alguien más yo no respondo de la reacción de la gente.

Samuel se puso al frente del piquete, junto a Cardona, y a voces ─costaba hacerse oír en medio de aquella algarabía─ llamó a Blanes, varias veces. Con él estaba su esposa, doña Mercedes, su hijo, su nuera, Marieta, su marido y dos sirvientes más. Samuel le rogó que mirase por ellos. Blanes no respondía. Alguien encendió un trapo empapado de petróleo que sujetaba con un palo. Se disponía a lanzarlo contra la fachada cuando el otrora poderoso oligarca voceó desde dentro: Está bien, pero dame tu palabra de que nada malo les va a suceder. Samuel miró a Cardona y este hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Convencido Blanes, se abrió la puerta y salieron todos, menos él, entre abucheos y en medio de una generalizada mofa. Entonces, uno de los hombres del piquete se acercó al hijo de Blanes y le puso una navaja de grandes dimensiones en el cuello. O sales, increpó a Blanes, o lo mato aquí mismo. Samuel se volvió hacia Cardona, que se encogió de hombros. No puedo hacer nada, parecía indicarle. Lo mato, lo mato si no sales, y le hizo un corte en la cara.

―¡Quieto! ¡Suéltalo inmediatamente! ─voceó de nuevo Blanes con la energía de quien solo ha dado órdenes en su vida─. Voy a salir ─añadió en un tono más apagado.

Con las manos en alto, el semblante desencajado, su impecable traje gris marengo manchado y lleno de polvo, se presentó ante ellos.

―Aquí me tenéis, dejad en paz a los míos. No os tengo miedo. ¿En virtud de qué ley me arrestáis?

―De la nuestra ─afirmó un decidido Cardona.

Alguien arrojó una piedra que impactó en la ceja de Blanes, parte de su cara se tiñó de rojo. Otros se abalanzaron sobre él. Samuel se interpuso. Esclafit solicitó la mediación de Cardona, que demandó calma sin mucho éxito. Marieta empezó a llorar y a rogar que no le hicieran daño, que era un buen hombre. Sento le dio una bofetada y le conminó a que, con su marido, marchara enseguida de allí. Samuel no dijo nada. Esposaron a Blanes y entre empujones, golpes e insultos, cuatro hombres armados lo condujeron a la cárcel, calle arriba. No era el único. Desde donde estaban vieron en la misma situación a otros fabricantes y propietarios. Los más parecían abatidos, aunque la mayoría trataba de ocultar todo sentimiento y exhibir cierto pundonor; otros en cambio, pocos, se mostraban altivos a pesar de los constantes insultos y conatos de agresión.

El resto entró a la casa en tropel. La gran mayoría pisaba por primera vez una mansión como aquella y los pocos que antes lo hicieran nunca habían pasado de la entrada. La suntuosidad de sus estancias era aún mayor de lo que imaginaban cuando observaban el exterior de la casona y se preguntaban cómo se viviría allí dentro. Asombrados ante tanto lujo, deslumbrados por la opulencia y la riqueza de muebles y demás ornamentos, se detenían contemplando los cuadros con marcos repujados en oro y plata, los espejos de dimensiones excepcionales, las grandes lámparas de araña colgadas de los techos, los ricos terciopelos, los brillantes candelabros, los divanes y sillas espléndidamente tapizados y bien acolchados. Había objetos que ni siquiera sabían para qué podían servir. Pasada la extrañeza de los primeros instantes, comenzaron a escudriñar en armarios y cajones. Vistieron algunas estatuas con ropa de doña Mercedes. Uno se puso un corpiño negro adornado de azabaches y una mantilla nacarada de blonda, llevaba en sus manos un rosario y el misal que una vez encontró María, paseaba por el salón imitando, estirado, presumido, el paso corto y presuroso de las devotas damas de la alta sociedad. Todos se mofaban con sus ocurrencias. Otro apareció de pronto con un salchichón entre sus piernas preguntando si alguien deseaba comer, seguido de dos hombres más que empinaban sendas botellas, una de vino y otra de un licor que desconocían. Si no queréis mi longaniza ahí dentro hay más, dijo dando un gran bocado al salchichón. Se refería a la despensa. De allí sacaron toda clase de fiambres, jamones, quesos, dulces, vinos, licores, y de los aparadores la delicada vajilla, la espléndida cubertería, la fina cristalería. Comieron y bebieron hasta saciarse. Pericás, un papelero que trabajaba en la fábrica de Blanes y a quien acompañaba su hijo, adolescente, le dio a este dos panes, un salchichón y un gran trozo de queso. Anda, lleva esto a casa sin que te vea nadie, dáselo a tu madre y a tus hermanos, le dijo. Samuel y Esclafit intercambiaron sus miradas y marcharon.

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