Capítulo IX.1. Segunda parte

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La tarde transcurrió lenta y pesada. El bochorno parecía haber sofocado los ánimos y dado una tregua que todos, no obstante, sabían que podía romperse en cualquier momento, al más leve atisbo. Las calles estaban vacías, tiendas, cafés, talleres, fábricas, las dependencias administrativas cerradas a cal y canto, la plaza había ido vaciándose. Ninguna puerta abierta, ningún signo de actividad. La ausencia de nuevas noticias, la espera de no se sabía bien qué, la incertidumbre o la impaciencia de unos, el temor de otros, todo hacía presagiar que la calma de aquella tarde no podía durar, más pronto o más tarde el ambiente acabaría turbándose, el de la atmósfera y el general. La sede de los internacionalistas era el único colectivo que tenía las puertas abiertas de par en par. Nada tenemos que ocultar, nuestra posición es clara, nuestras intenciones diáfanas, parecían querer indicar con ello.

También en la sede de El Diluvio reinaba la incertidumbre. Una vez más, don Anselmo –que, como Monllor, consideraba necesario registrar por escrito cuanto aconteciera sin obviar el más mínimo detalle– había hecho súbito acto de presencia. Tocaba posicionarse. El Diluvio debía aclarar que la defensa de los intereses de los trabajadores iba unida a la suerte de la República Federal de abajo a arriba, que en última instancia “federación” significaba lo mismo que “alianza”, y que la Internacional también era conocida como Alianza de la Democracia Socialista. Para ello esperaba a Botella, desde hacía un par de meses uno de los cuatro capitanes de los Voluntarios de la República (antigua Milicia Nacional), que con los otros tres se hallaba reunido con Albors para ver si llegaban a un acuerdo satisfactorio para todos.

¡No podemos consentir esto, es una declaración de hostilidades en toda regla! Es lo primero que soltó, nada más plantearle que tuviera en cuenta las nefastas consecuencias de tal postura. No pienso tolerar ninguna alteración del orden. Debe quedar esto claro. La República no puede condescender ante bravatas de este género. De ahí no había quien le sacara.

―No ha habido forma de que transigiera, pues ─dijo don Anselmo con voz apagada, algo poco habitual en él, ante la información de Botella.

─De ningún modo. Ni siquiera cuando le hemos dicho que los Voluntarios nunca harían uso de las armas en contra de los trabajadores.

─¿Cómo reaccionó?

¿Vais a secundar la rebelión, pues?, preguntó. Estaba fuera de sí. Yo le dije que aún no había sucedido nada y que ya hablaba de sublevación. ¿Y si las cosas se tuercen? ¿Y si sus demandas son exageradas y los fabricantes no quieren ceder? ¿Y si entonces se levantan contra el orden de la República?, insistió. Entonces volveremos a hablar, respondí.

―¿Ni por esas?

―Ni por esas. Los otros tres capitanes se fueron. Yo me quedé. Somos todos republicanos, dije. Había también algunos regidores, Reig, Vilaplana, Miró y Garrigós. Llamó al capitán de la guardia civil y el sargento de la guardia municipal. Deseaba saber cuáles serían sus apoyos si la situación empeoraba. La guardia civil y la municipal dijeron que le apoyarían, que ese era su deber, pero que sin los Voluntarios poco podrían hacer, a no ser que contaran con refuerzos. Pero también estaban de acuerdo en que se precipitaba. Después nos acusó, a usted y a mí, de venderle y de traicionar a la República. No llames al mal tiempo antes de hora, le dije. En eso, una comisión de internacionalistas encabezada por Montava llegó al ayuntamiento, querían ser recibidos por Albors, que se negaba a mantener conversación alguna con ellos mientras no reconsiderasen el acuerdo. Finalmente, a instancias mías de Reig, aceptó. Nada perdería con escucharles. Propusieron los asociados que nombrase una comisión mixta que estudiase las demandas de los obreros. Si así era, la huelga se desarrollaría con todo orden.

―Tampoco hubo concierto, claro.

―En un principio creí que sí, que se lograría, cuando por fin les dijo a los internacionales Está bien. Llamaré a los fabricantes. Vuelvan dentro de una hora.

―Sigue.

Don Anselmo estaba impaciente. El respiro que se tomó Botella para beber un poco de agua aumentó su crispación y su anhelo de conocer el resultado último de la reunión.

―Los fabricantes se comprometieron a estudiar las demandas detenidamente para ver si podían hacer frente a las mismas. Los internacionales manifestaron que, si no, la huelga seguiría adelante, que ellos no eran quiénes para modificar un acuerdo tomado en asamblea y que solo otra asamblea podía hacerlo. Albors cerró la reunión diciendo más o menos Les pido, señores, a los fabricantes, que consideren la posibilidad de satisfacer las peticiones obreras en la medida de lo posible, la cuestión reviste un carácter social de consecuencias difíciles de prever. Y a ustedes, a los representantes de la federación local, que no sean inflexibles y mediten sus actos, no fuera a suceder que inconscientemente sirvan extraños intereses, más que a los propios a los suyos, que pueden llevar la población a la ruina. Espero su respuesta a no tardar.

―¿Tardaron?

―No mucho. Al poco vino Blanes en nombre de los fabricantes y dijo que era imposible atender tales demandas, que los reales de aumento por trabajador al día que pedían no lo podían asumir, menos si se acompañaba de una rebaja de horas.

―¿Y Albors qué?

―Trató de mostrarse condescendiente, o a mí me lo pareció. Si no pueden satisfacer sus exigencias en la totalidad, que dicho sea de paso yo también considero exageradas, tal vez una subida salarial y la promesa de reducir las horas en un futuro puedan calmar los ánimos. Si consiguieran ofrecer una propuesta que dividiese a los huelguistas tendríamos mucho ganado. Más o menos así se expresó. Pero enseguida Evaristo replicó: Esto es por encima de todo un problema de orden público que a usted, como primera autoridad municipal, compete y debe solucionar.

―Y eso le enervó. ¿Me equivoco?

―En absoluto. Sé perfectamente lo que debo hacer, contestó un tanto airado. Hace poco he telegrafiado al gobernador pidiéndole tropas, pero estas no han de entrar en la ciudad. Tal como están las cosas, sería una catástrofe. Lo que les estoy pidiendo es simplemente su colaboración en una situación que a todos puede superarnos si no vamos con tiento.

―Me temo que vamos directos al desastre. O nos entendemos con la Asociación o nos hundimos para siempre.

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Imagen: Pi y Margall desbordado por el federalismo, representado por figuras infantiles ataviadas con los distintos trajes regionales. Caricatura de la revista satírica ‘La Flaca’ (1873).

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