Capítulo IX.1. Primera parte

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El tañido de las campanas de Santa María anunciando las cinco de la madrugada del 8 de julio no fue seguido en el Raval del trajín de los días laborables, al menos de aquellos en que había trabajo. Daba la sensación de ser domingo, pero era martes. No se veían las habituales tristes sombras de quienes nada esperaban más allá de que la jornada pasara lo más rápidamente posible y sin sobresaltos de ningún tipo. Ese día el miedo no se levantaba. La gente que había en las calles parecía más despierta que nunca. A pesar de ser menor que el de cualquier otro día, el bullicio que armaban contrastaba insólitamente con el cotidiano silencio multitudinario. Y es que todo indicaba que la jornada recién iniciada iba a ser excepcional. Pequeños grupos de obreros, animosos y con el paso decidido, se dirigían a la vecina calle de Santo Tomás, al local de la Asociación. Allí tomarían una pócima de fe en el porvenir, se conjurarían contra el, hasta la fecha, devastador destino y, formadas las comisiones, marcharían a las salidas de los caminos que conducían a las fábricas para disuadir, por las buenas o por las malas, a quienes acudieran a trabajar, irrumpirían en los lugares que mantuvieran cualquier actividad laboral obligando a su cese o se encargarían de extender la huelga a las poblaciones circundantes.

Los primeros rayos de sol de un día luminoso y soleado no se enturbiaban con los humos de las chimeneas de siempre. La huelga era absoluta. La federación local publicaba esa misma mañana un impreso en el que citaba como motivos de la mima la triste y miserable situación que atraviesan los trabajadores alcoyanos y el justo deseo de mejorar sus condiciones laborales y como objetivos conseguir la rebaja de horas y el aumento de nuestro escatimado salario.

―Y ahora a ver qué pasa.

Monllor exteriorizaba su preocupación por el rumbo que en pocos días habían tomado los acontecimientos.

―¿Qué cree que puede ocurrir?

―Ni idea, Samuel. Esta situación es nueva, pero imagino que nada bueno. La huelga general, si es un movimiento aislado, tiene pocas probabilidades de alcanzar un resultado satisfactorio. Es algo temerario.

―Debía haber visto el ambiente de anoche en la plaza de toros ─Samuel había asistido con Esclafit─. La multitud enfebrecía al escuchar a Albarracín. La plaza estaba a rebosar, había obreros de varios pueblos. Sus gritos y aplausos apenas dejar las últimas palabras de Albarracín cada vez que pronunciaba una frase.

―¿Y Tomás? ¿Cómo reaccionaban cuando hablaba Tomás? Él no es partidario de la huelga general, la considera prematura. Así nos lo dijo el otro día, a don Anselmo, a Botella y a mí.

―Lo escuchaban con respeto, pero en silencio. Y casi todos opinaban que de nada serviría retrasarla. La situación de los papeleros de Els Algars es insostenible, decían Fombuena y otros. Llevan en huelga desde abril, se les ayuda con los fondos de la caja de resistencia, pero Vitoria tiene dinero, aguanta, no cede. Hay que obligarle a claudicar, mostrar la fuerza del movimiento obrero. Se impone una huelga en solidaridad con ellos y en defensa de los intereses del conjunto de los trabajadores, una huelga que ha de ser general. Algo así dijo. Entonces volvieron a oírse los aplausos y los vivas a la revolución.

―Confiaba en que el resultado fuera otro. Es una pena. Justo ahora. Ahora que parte de los republicanos se han retirado de las Cortes, han formado en Madrid un Comité de Salud Pública y hecho un llamamiento a la creación de cantones. Nunca la República Federal de abajo a arriba estuvo tan al alcance de la mano. Tomás lo entendía.

―Es que nadie cede, Rigoberto. Cuando Tomás hizo referencia a la inconveniencia de declarar la huelga general porque otras federaciones no tenían la misma fuerza y podían ir todos al precipicio, las voces de reprobación fueron inmediatas. Ya no insistió más. Luego Esclafit, que opina como Tomás, me hizo una acertada reflexión, cuando yo hice referencia a la situación general. No podía ser de otro modo Samuel, me dijo. La situación general del país puede que sea la que tú dices, pero ¿una República sin los republicanos?, ¿qué sentido tiene eso? Albors se negó a otorgar el correspondiente permiso para la reunión cuando se le solicitó. Albors es republicano federal, ¿no? ¿Cómo pedir en tales circunstancias prudencia y un mínimo entendimiento con los federales? ¿Cómo? Si dicen una cosa y luego hacen otra. Yo le respondí que tal vez si se pusieran de acuerdo con los intransigentes… Esos republicanos que tú dices que apoyan a la Asociación, ¿aquí quiénes son? Don Anselmo, Botella, Monllor, Bernácer y para de contar. Primero que se pongan de acuerdo ellos con sus correligionarios, o que se impongan, como quieras. Eso son cuestiones políticas que los trabajadores ni pueden ni quieren entender. ¿O dijo ni queremos ni podemos? Bueno, da igual. En todo caso no es asunto nuestro, añadió. De eso sí me acuerdo perfectamente.

―He de reconocer que parte de razón sí tiene. Aunque ellos también están divididos, no deberían olvidarlo. El Consejo Federal no es lo mismo que la Comisión Federal. Los de Valencia tienen una postura muy distintita respecto a la República.

―Ya, pero aquí nos conocemos todos, esta ciudad no es tan grande como para no saber qué pie cojea cada uno. Cuando terminó la asamblea, era casi la una de la madrugada, una comisión se dirigió a casa de Albors para transmitirle el contenido del acuerdo. Esclafit era uno de ellos. Le esperé. No tardó mucho en regresar. ¿Cómo ha ido?, le pregunté. ¿Que cómo ha ido?, como tenía que ir, no ha servido para nada. Dice que mientras él sea alcalde defenderá el orden constitucional por encima de todo.

―¡Y nos llaman intransigentes a nosotros! En fin, vamos a tomar nota de todo ahora que la memoria está fresca. Y que sea lo que Dios quiera. Nunca pensé que una frase así saldría de mi boca. Vamos, Samuel, vamos.

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Imagen: Caricatura publicada en la revista satírica ‘La Flaca’ (13 de marzo de 1873).

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