Capítulo VIII.3

VIII.3

El 11 de febrero de 1873, tras la abdicación de Amadeo de Saboya, se proclamaba la República. Su primer gobierno lo formaban federales y progresistas. En cuanto se conoció en Alcoi la noticia, el Comité Republicano ocupó la casa consistorial sin encontrar resistencia. Al día siguiente se formaba el primer ayuntamiento republicano, con Agustín Albors como alcalde.

―¿Has leído la última circular de la Internacional?

Monllor sostenía en sus manos una octavilla que la Asociación había hecho pública esa misma mañana del 24 de febrero. Con él estaba don Anselmo, que había acudido a la redacción del periódico nada más tener noticia de su difusión.

―No, he salido de casa ahora, para venir aquí. ¿Qué dice?

―Escucha, escucha. La República es el último baluarte de la burguesía, la última trinchera de los explotadores del fruto de nuestro trabajo, y un desengaño completo para todos aquellos hermanos nuestros que todo lo han esperado y esperan de los gobiernos. Los trabajadores, siguen diciendo, han de estar, por tanto, prevenidos contra… Espera, aquí. Contra todos aquellos, llámense republicanos o socialistas, que no deseando la transformación completa y radical de la sociedad, procuran retardar el advenimiento de la Justicia. Ya ves, nos meten a todos en el mismo saco. La única salida, según ellos, es seguir adelante hasta el triunfo de la anarquía y el colectivismo, o sea la destrucción de todos los poderes autoritarios y de los monopolios de clase, en donde no habrá ni papas, ni reyes, ni burgueses, ni curas, ni militares, ni abogados, ni jueces, ni escribanos, ni políticos. ¿Qué te parece?

―No sé, tampoco me extraña esa reacción. Se veía venir, es lo que llevan diciendo desde que se estableció aquí la Comisión Federal.

―La única forma de hacer frente a las ideas que puedan llevar a confundir libertad con anarquía es la defensa firme de los principios de la República ─dijo don Anselmo con voz firme y preocupada─. La República es el único sistema político en el que los trabajadores pueden alcanzar la emancipación. Es en su marco que pueden desarrollarse sociedades cooperativas, de socorros mutuos. La República nunca se les negará el derecho a asociarse y tendrán las mismas oportunidades que los demás. Asociación y cooperación son la base de su emancipación y el camino seguro de llegar a la propiedad, que hasta ahora les ha sido negada.

―El pueblo está desengañado, don Anselmo. Las consabidas medidas de suprimir las quintas y el impuesto de consumos ya no son ninguna novedad cuando se cambia de gobierno, menos de régimen. Las clases obreras siguen sin percibir cambio sustancial alguno en su cotidianeidad. Es lógico que vean en la Internacional la única fuerza que verdaderamente les representa, la panacea de todos sus males. Puede haber libertad de imprenta, pero si los obreros no saben leer ni escribir en su inmensa mayoría ¿para qué sirve? Puede existir el sufragio universal, mas ¿para elegir a quién? ¿Y en base a qué? ¿Para qué la libertad de comercio si la mayoría no tiene con qué comerciar? ¿Pará que la libertad de pensamiento y expresión si nadie lee nada? ¿Qué van a expresar? Por supuesto para eso están las escuelas, y las hay gratuitas y nocturnas, pero ¿van a ir después de trabajar doce, catorce y hasta dieciséis horas? ¿Qué ha cambiado?

―A ver Samuel, no confundamos las cosas. Yo no estoy en contra de la Asociación, al contrario. Y suscribo tus razonamientos. Es cierto que el industrialismo ha cometido muchos excesos y que los gobiernos no han llevado adelante política alguna encaminada a terminar con las monstruosas desigualdades originadas por el egoísmo de los patronos. Es natural ese desengaño por parte del pueblo de que hablas. Pero hay que entender que únicamente la República puede garantizar la libre asociación de las clases populares, y que solo con la libre asociación puede el proletariado alcanzar la regeneración y su mejoramiento moral y material. La República, federal, por supuesto, en tanto que se forma sobre la base de asociaciones locales de ciudadanos, promueve la participación ciudadana en los asuntos públicos. No deben sentir los obreros esto como algo ajeno, entonces sí se apoderaría de la sociedad la anarquía y el caos.

Monllor, mientras, trataba de dar forma a un artículo que publicaría El Diluvio que recogía las ideas y propuestas que ahora don Anselmo compartía con Samuel. Para eso había ido este allí, retocando algunas expresiones estaban ambos, Monllor y don Anselmo, cuando llegó Samuel. Querían adelantarse a El Propagandista, el órgano del Partido Republicano Democrático Federal, con el que compartía ideario pero no siempre estrategia. El Diluvio, al fin al cabo, siempre había sido “el periódico de don Anselmo”.

―Conozco tu pensamiento, Samuel. Recuerda cuántos libros de mi biblioteca has leído, y sobre cuántos hemos conversado. Sé qué te ha influido más y qué no. Sé que hiciste tuyas, cual axioma, las palabras de La Boétie sobre la servidumbre voluntaria. Y aunque discrepemos sobre la verdadera intención de las mismas y te hayas convertido en un escéptico, no creo que la apatía se haya apoderado de ti.

―Yo, don Anselmo, lo que en realidad creo es que…

―Espera, deja que termine. Aceptemos que el hombre es por regla general indolente con los problemas que no le afectan de forma directa, aceptemos que no duda en someterse a otros cuando cree que le garantizan un mínimo bienestar. Ahora bien, no hay regla que no tenga excepción. Hay también hombres que no dudan en luchar por mejorar el mundo, que nunca han dudado y a ello han entregado su vida aun a costa de perderla. Si no fuera así, nunca hubiéramos pasado de los tiempos prehistóricos. Vivimos momentos de revolución, de transición si prefieres. El rumbo que se tome determinará el futuro. Pero ¿quién dirigirá ese proceso? ¿Quiénes? Los obreros no, desde luego. Los instruidos, aquellos para los que el conocimiento no es mera erudición, sino fuente de reflexión. Las propuestas de un mundo como el que defiende la Internacional son mera utopía, y cierto es que las utopías son necesarias, pero nunca se llevan a la práctica, por eso se llaman utopías. Como te decía, no veo en la Asociación un enemigo. ¿Mas quién fundó la Internacional? No fueron los obreros. Te sonarán los nombres. Bakunin, por ejemplo. ¿Quién es Bakunin? Proviene de una familia noble, estudió filosofía, no ha trabajado en una fábrica en su vida. Marx tampoco es un obrero, sino otro filósofo, y tampoco nació en una familia obrera, sino en una acomodada. ¿Engels? Lo mismo, e hijo de una familia alemana de industriales. O Fanelli. ¿Sabes quién es Fanelli?

─ No, este no sé quién es.

―Pues un arquitecto e ingeniero. Vino a España en 1868 y en Madrid contactó con… ¿Con quién? ¿Con obreros? No, con republicanos radicales, con Fernando Garrido, político federal y escritor; con Orense, marqués de Albaida, federal también y ahora presidente de las Cortes…

―Pero aquí, los que están al frente de la Comisión Federal son trabajadores, menos Albarracín, que es maestro.

―¿Y no es acaso Albarracín el que destaca sobre los demás, no son sus palabras las que las masas aplauden enfervorizadas? Los otros, sí, son obreros, pero obreros instruidos, con una larga tradición de lucha, como Tomás, Francisco Tomás, que proviene de las filas del republicanismo. O, sin ir más lejos, tu amigo Esclafit. Insisto: no hay regla sin excepción. Los altruistas como ellos son tan imprescindibles como las utopías.

 ―¿Qué quiere decir con todo esto?

―Que es en la Asociación es donde hay que defender nuestras ideas, en su seno. En toda revolución siempre habrá exaltados y quienes se dejen guiar por el fanatismo, las más estrafalarias ideas tienen cabida y encuentran seguidores en momentos de confusión. No veo por ahora mayor peligro en la Asociación que el de llevar a las masas a la precipitación, el de provocar un desastre como el de la Comuna de París para la que el pueblo no estaba preparado. Esto es lo que hay que evitar. La política ha de ser el gobierno de muchos para muchos, no el negocio de unos interesados cortos de miras que solo procuran su provecho inmediato. No hay que temer que todas las clases se fundan en una sola, eso nada tiene que ver con una propiedad colectiva, sino con que todos dispongamos de las mismas condiciones desde el nacimiento.

―Creo, don Anselmo, que no todos los republicanos, los demócratas, los federales, ven de ese modo a la Asociación.

―Por supuesto que no. Mi desencanto hacia algunos es cada vez mayor. Albors es un hombre honesto, eso no lo cuestiono, le aprecio, pero inflexible en exceso, cree que la verdad está siempre de su lado. Y los demás, ¡qué queréis que os diga! Entre nosotros, un atajo de impresentables que rápidamente se han creído ser más de lo que son. Van a la suya. Ahí tienes a Garrigós, ahora diputado en Cortes. Tú sabes muy bien lo ostentoso que es, la vanidad le traiciona. ¿Puede alguien ver en él un representante de los verdaderos valores republicanos? Lamentablemente, así es, esa es la imagen en la que el pueblo ve reflejada la República. ¿Cómo van a confiar en ella? Hay que trabajar, hemos de hacer comprender que no todos somos iguales, que los verdaderos demócratas federales seguimos firmes en la defensa de la República, lo que es lo mismo que decir una sociedad nueva, justa, pero de orden. Pero ello no debe llevarnos a transigencias que diluyan nuestras ideas en el maremágnum de doctrinas indefendibles por imposibles e irrealizables.

―Don Anselmo ─interrumpió Monllor─. He terminado con el artículo. ¿Quiere darle un vistazo?

―Vamos allá. Léelo tú también, Samuel. A ver qué te parece.

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Imagen: Alegoría de la I República Española. ‘La Flaca’, núm. 55.

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