Capítulo VIII.2

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Samuel volvió a encontrarse con Esclafit el primer día de 1873, año que comenzaba con Alcoi convertida en la sede de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Las resoluciones del congreso de Córdoba, le explicó el segundo, había supuesto un gran avance para la clase obrera, en contra de las ideas de los autoritarios partidarios de conquistar el poder político, los seguidores de las doctrinas de Karl Marx y los suyos, se había impuesto el criterio que no era ese el camino para la conseguir la emancipación, que luchar por el poder político era reconocer que las injusticias que sufría el proletariado se debían a la maldad e ineptitud de los gobiernos, y de lo que se trataba era de destruir todos los poderes, no de conquistarlos, eso supondría que la clase obrera se haría con los privilegios que otorga el poder, ella pasaría a ser la privilegiada. No queremos privilegios para nadie, ni para nosotros mismos, sino un país descentralizado, da igual un rey que una república, queremos justicia para toda la humanidad, insistía una y otra vez.

Ese día, 26 de enero, domingo, Samuel asistió con Esclafit a la asamblea convocada que retaba a la controversia a todos los hombres que deseen combatir los principios fundamentales de la Asociación. Esclafit por convicción, Samuel con su libreta y su lápiz para cubrir la noticia para El Diluvio.

La plaza no estaba llena ─su capacidad era de 6.300 espectadores─ pero imponía ver a mil o dos mil personas juntas con tanta afinidad en el sentir. En un extremo de la arena había una mesa con un tapete verde y un tintero, papel y pluma, que ocupaban los miembros de la comisión local, con Albarracín y Tomás, miembros de la Comisión Federal. Habló primero Montava, secretario de la federación local, que se congratuló, como todos los presentes, del reciente triunfo de los obreros en hierro y carpinteros del municipio después de sostener once semanas una enérgica lucha contra el capital. La huelga se había sostenido con las cuotas de los asociados y, al final, los patronos no habían tenido otro remedio que ceder. Además de prometer diversas mejoras en las condiciones laborales, subieron el jornal a todos: medio real diario a los que ganaban de cuatro a ocho reales ─niños y mujeres, sobre todo─, dos a los que cobraban entre ocho y diez y a quienes superaban esta última cantidad. Informó después Tomás de las distintas actuaciones de las federaciones regionales, insistiendo en la importancia de mantenerse unidos. Solo así conseguiremos ser libres y emanciparnos de todo yugo, dijo. Llegó luego el turno de las propuestas, que se debatían entre los asistentes y se votaban a mano alzada. Eran de lo más dispar, pero todas tenían en común la exteriorización de agravios tanto tiempo consentidos y la denuncia de los atropellos de que eran objeto quienes no tenían más remedio para subsistir que vender la fuerza de sus brazos. Al tomarse la resolución que o bien se readmitía a quienes habían sido despedidos por pertenecer a la Internacional ─cada vez más, entre ellos Fombuena, tesorero de la Comisión federal─ o tendrían que atenerse a las consecuencias, se palpaba en el ambiente un clima de solidaridad que ciertamente impresionaba. Tomad buena nota de tan tiránicos hechos, que no tardará el día en que tengan que rendir cuentas, manifestó Fombuena.

Muchas mujeres no se limitaban solamente a hacer acto de presencia e intervenían con la energía que se suponía propia de los hombres. Un alborozo generalizado se adueñó de la plaza cuando se retó a quien no estuviera de acuerdo con lo hasta entonces expresado y, en general, con los principios de la Asociación. Nadie levantó la mano, nadie objetó nada.

Cuando Albarracín tomó la palabra se hizo un silencio abrumador. Su facilidad para expresarse y hermanar las palabras que pronunciaba con sus ademanes, la radicalidad y simplicidad de su discurso, perfectamente comprensible y con referencias a la situación inmediata de injusticia y oprobio que atravesaban los obreros, centraban la atención de los presentes, que le seguían con muestras de asentimiento y admiración. Su aspecto, además, era prácticamente el mismo que el suyo, hasta que empezaba a hablar en nada se adivinaba a simple vista que era maestro y, por tanto, persona instruida. Vestía blusa azul, alpargatas abotinadas en forma de zapatos, viejos y sucios, pantalón oscuro de paño y sombrero de hongo negro. Salió de detrás de la mesa y, de pie, se situó lo más próximo posible a los congregados. Su verbo cautivaba, sabía poner el énfasis adecuado a cuanto decía, hacía pausas tras las afirmaciones más contundentes, que eran enseguida aclamadas, y se mostraba tan seguro que contagiaba de confianza a los demás. Hay que sustituir la fe por la ciencia, la justicia divina por la justicia humana, y no habrá justicia hasta la abolición definitiva y completa de las clases y la igualación política, económica y social de los individuos de los dos sexos. Para alcanzar este fin exigimos ante todo la abolición del derecho a la herencia, que en el futuro cada uno disfrute lo mismo que ha producido, y de la propiedad privada, que los instrumentos de trabajo, como cualquier otro capital, se conviertan en propiedad colectiva de la sociedad entera y solo puedan ser utilizados por los trabajadores, es decir, por las sociedades agrícolas e industriales. Aplausos, gestos y gritos de aprobación se sucedían en armoniosa complacencia. ¿Podemos continuar así? ¡De ninguna manera! ¿Hay seguridad de mejorar nuestra desgracia? La tenemos. Si tenemos, pues, la certeza de nuestro mejoramiento ¿por qué seguir viviendo en la vergüenza y la opresión? Es hora de liquidar cuentas con la burguesía, tiene que reintegrar todo lo que ha robado al pueblo trabajador.

Aumentaba la intensidad de los aplausos, gestos y gritos, que ahora ya no eran solo de exaltación, buena parte de ellos se dirigían contra los aprovechados, desaprensivos y explotadores burgueses. Los ánimos ─o el ánimo, la comunión era absoluta─ se caldeaban y Albarracín reforzaba la entonación de sus palabras. Desengañaros de todas las farsas y de todos los farsantes de la política burguesa. No está lejano el día de la huelga general, o mejor dicho, de la revolución, pacífica o violenta, según la línea de conducta que observe la burguesía y el gobierno. La ovación que siguió fue atronadora, tanto que impedía escuchar con claridad los vivas a la revolución social, al colectivismo y a la anarquía o los abucheos e insultos contra los codiciosos burgueses. Terminado el acto los internacionalistas desfilaron en manifestación lanzando consignas en consonancia con las ideas expresadas en el mitin.

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