Capítulo VIII.1

VIII.IEl primer domingo de septiembre de 1872 se inauguraba el centro de la Asociación Internacional de Trabajadores, en calle de Santo Tomás esquina con la de San Agustín, junto al Raval. Esclafit ─ahora activo afiliado de la federación local─ mostraba orgulloso a Samuel la sede. Era modesta tanto en su apariencia exterior ─ni siquiera había rótulo que anunciase su emplazamiento─ como en el interior: una mesa y varias sillas en la habitación principal, a la que se entraba directamente desde la calle, unas estanterías con libros, papeles, los impresos de la Internacional y poco más. Sin duda era el local menos espacioso y pretencioso de cuantos ocupara asociación alguna, pública o privada, política o no. Ahora bien, en número de afiliados la Internacional no solo superaba a toda organización, su cifra resultaba inalcanzable a cualquier otra sociedad.

―Las cosas no volverán a ser igual después de esto, Samuel.

―¿Tú crees?

―Claro que sí. ¿Tú no?

―No sé, Blas. Veo entusiasmo, sí, pero también lo vi cuando la revolución del 68.

―No es lo mismo.

―¿Cómo que no? El entusiasmo es el entusiasmo. Ahora y hace cuatro años.

―Vale, pero los motivos por los que la gente se entusiasma no. Hace cuatro años la esperanza era que se acabara con los consumos, que se abolieran las quintas, que se mejorara algo, lo que fuera, la triste condición de los obreros. Ahora es distinto. Nadie nos va a sacar las castañas del fuego. De eso la gente por fin se da cuenta. ¿Cómo van a ser los prebostes republicanos los que defiendan los intereses de los que nada tienen cuando ellos forman parte del grupo de los mayores contribuyentes? Ninguna institución, ningún partido político, tiene en cuenta a la clase obrera si no es de manera interesada. La diferencia es grande: la emancipación de los obreros es algo que deben llevar adelante ellos mismos. De eso ahora hay conciencia, o empieza a haberla.

―¿De verdad lo crees?

―De verdad lo creo. Cada afiliado paga una cuota de un real a la semana. No es mucho, pero los federales no exigen cuota alguna y, en cambio, sus miembros efectivos casi pueden contarse con los dedos de las manos. Las huelgas son cada día más frecuentes y ya no se hacen solamente por un simple aumento de jornal, también por las mismas condiciones en que se desarrolla el trabajo, incluso en nombre de principios generales como la solidaridad. Eso se llama conciencia de clase.

―¿Conciencia dices? Conciencia tienen, saben lo que quieren: ser como sus amos. ¿Tanto crees que han cambiado aquellos con los que trabajamos en el martinete?, ¿actuarían ahora de otro modo? ¿Se negaría Pasqualet a aceptar tratos como el que hizo con Blanes? Y los amigotes aquellos con que celebraba su suerte, ¿rechazarían los embutidos que les obsequió, una mierda comparándolos con los que comerá en su casa?, ¿ya no le invitarían a sentarse con ellos?

―También nosotros hemos comido de los manjares de Blanes.

―Éramos unos críos.

―¿Ahora no lo haríamos? Ahora no lo necesitamos, podemos comprarlos nosotros, puede que no tan buenos pero igual de sabrosos. ¿Pero y si no tuviéramos nada que llevarnos a la boca? ¿No los cogeríamos otra vez si Marieta viniese con una cesta llena, aunque fuera de los restos de lo que come Blanes?

―Es posible.

―Pues lo mismo, Samuel.

―La gente se mueve, por tanto, por necesidad, por interés.

―Por supuesto. ¿Por qué va a ser si no?

―Me das la razón entonces.

―De ningún modo. La situación es otra, Samuel.

―Las personas no.

―Pero sí sus intereses. Ahora estos son comunes, ahora son de clase, del conjunto de los trabajadores. Claro que quieren paliar su necesidad, pero no con parches, saben que solo conseguirán emanciparse si se construye una sociedad distinta, sin explotadores y explotados, y saben también que eso depende de ellos mismos, de nosotros, de todos los trabajadores.

―¿Y quién regirá esa nueva sociedad? Si la mayoría no tiene siquiera idea de leer ni de escribir, ni se preocupa por ello. Mientras la ignorancia anide en su interior como algo natural, inherente a su condición, nada se podrá hacer. Mi padre no sabía leer ni escribir, nada de nada sabía más que trabajar, y eso es lo único que hizo hasta su muerte. Ignorante toda su vida ¿qué podía ser si no un esclavo de los ricos? Ellos sí saben leer y escribir, y hacer cuentas, y redactar leyes. ¿Y mi madre?, siempre en la iglesia, rezando e incluso pidiendo perdón por sus pecados. ¿Qué pecados? Y Marieta, ya ves a Marieta, como si fuera un perro faldero de doña Mercedes.

―Pero no es culpa suya.

―Yo no digo eso. Digo que ninguna revolución será posible sin una mínima instrucción. Tú mismo me insistías en la necesidad de que aprendiese a leer y escribir. Tenías razón. Lo he reconocido muchas veces. ¿Ya no es necesario, Blas? Una revolución no puede tener éxito si su objetivo solo es la destrucción del orden existente. Las revoluciones se hacen tanto con la cabeza como con los brazos. Al final, otros acabarán mandando y los más seguirán en la ignorancia, acostumbrados a la docilidad y a contentarse con unas migajas.

―Sí, Samuel, todo eso está muy bien. Pero la revolución hay que hacerla cuando se presenta, y puede que este sea el momento preciso. Cada día entiendo menos tu actitud, tu incredulidad ante todo, tu desconfianza hacia la gente.

―Supongo que así salí del gran taller donde fue fabricada esta vida.

―Bonita frase, Samuel, pero…

―No es mía.

―Imagino que la leerías en alguno de los libros de don Anselmo.

―La leí en uno de ellos, sí. ¿No te parece bien?

―No digas bobadas, Samuel. Pero no todo el mundo tiene acceso a algo así.

―Y aunque lo tuviera, Blas, aunque lo tuviera.

―Cada vez te comprendo menos.

―¿Sabes? Creo que a mí me pasa lo mismo.

―¿Qué?

―Que cada día me entiendo menos. Muchas veces me pregunto qué hago aquí.

―¿Cómo dices?

―Que hago aquí, si toda mi vida va a ser igual, el periódico, las diligencias… Me cansa, empieza a pesarme.

―¿Y quieres hacer?

―No lo sé.

―¿Y Beatriz?

―No puedo jugar con su futuro, no estaría bien. Esos malditos dolores de cabeza… Además de las píldoras, toma infusiones de hierbas que yo mismo recojo, de todas las que me enseñó Guisambola que se utilizan en estos casos, y le doy masajes en la cabeza también como me enseñó él. La alivia un poco, pero no consigue librarse de ellos. Cuando menos lo espera ahí están de nuevo, atormentándola. A veces tiene además vómitos y se siente muy débil. Sus ánimos decaen hasta el punto que el otro día me dijo que había hecho mal casándome con ella.

―¿Y el médico ese de Madrid del que me hablaste? El que te recomendó don Anselmo.

―Por fin ha aceptado que vayamos. Decía que era un dispendio que no nos podíamos permitir. No sabes lo que me ha costado convencerla. Supongo que la semana que viene marcharemos a Madrid, estoy a la espera del telegrama del médico que me confirme el día que podrá recibirnos. Vamos a tomar unos vinos, anda.

―Vamos.

**

―Es la única opción: una República federal de estados soberanos unidos entre sí por un código fundamental para los asuntos generales en los que el municipio disponga de total independencia y de amplias facultades. La única alternativa. No solo de los que nos hemos organizado en torno al Partido Republicano Democrático Federal, de todos los que realmente creen en la emancipación del ser humano por el verdadero progreso.

―¿Queréis dejar la política de una vez? ¿No hay otras cosas de las que hablar?

Era doña Luisa, que salía de la cocina con Beatriz, quien reprendió a su marido y a Samuel, a quienes ─según su juicio─ era el único tema de conversación que parecía interesarles. Llevaba la primera una bandeja con un pollo asado de excelente aspecto y Beatriz otra con fiambres. Era el 26 de diciembre, jueves, y ambos matrimonios se disponían a cenar juntos.

―Querida Luisa, tal como están las cosas es difícil dejar los asuntos políticos fuera de cualquier conversación. Aunque, en realidad, no hablábamos de política.

―Debo estar mal del oído.

―Hablábamos de Blas, de Esclafit.

―Pues sí, estoy mal del oído.

―Es que Esclafit hace unos días que partió para Córdoba ─dijo Beatriz.

―No entiendo. ¿Qué tiene que ver Esclafit con todo esto de la República?

―Verás, querida, estos días se celebra allí un congreso de la Internacional. Acuden delegados de federaciones locales de muchos lugares, Blas entre ellos. Lo que se discute no es nada baladí, el futuro de la República depende mucho de los acuerdos que tomen. Los ánimos están calientes y…

―Y el pollo se está enfriando. ¡A cenar!

―Primero brindemos por Beatriz, por lo bien que se está recuperando.

Monllor llenó las copas de vino, los cuatro brindaron. A Beatriz se la veía mejor que nunca, así se deprendía del color de su rostro que reflejaba esa placidez que proporciona un estado de ánimo sosegado. El preparado que le había recetado el médico amigo de don Anselmo, a base de extracto de belladona y estramonio, parecía hacer efecto.

―Da gusto verte así, tan alegre. El otro día estuve con tu padre, le compré esta cristalería. Estaba feliz. Ahora a ver si me dan un nieto, me dijo.

―El médico nos lo recomendó, un embarazo ayudaría según él a que Beatriz mejorara aún más.

―Pues, ya sabéis, manos a la obra.

―Lo intentamos.

―Nosotros no pudimos conseguirlo, pero…

―¡Rigoberto! ¡Samuel! ¿Qué manera de hablar es esa? ¿No os dais cuenta del rubor que causan en Beatriz vuestras desatinadas palabras? ¡Ay, estos hombres! Insensibles, todos. Claro que, mira, aún no hemos empezado a cenar y la frasca ya va por la mitad. ¡Qué digo la mitad! Menos.

―Y para después tengo un coñac que hasta a vosotras os va a gustar.

Samuel soltó una carcajada.

―Vaya par de insensatos. ¡A cenar! ¡Y no lo digo más veces!

____________

Imagen: Caricatura de la revista satírica “La Flaca” (3 de marzo de 1873) sobre la pugna entre los radicales, que defienden la república unitaria, y los republicanos federales que defienden la federal.

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