Capítulo VII.3

VII.3

Se celebró el sorteo a quintas de 1870. Unos jóvenes, algo menores que Samuel y Esclafit, estaban en una mesa al lado de los dos amigos, en la taberna del Rincón. Parecía que estaban celebrando algo. Habían ingerido ya varias frascas de vino y se encontraban en ese punto de exteriorización de las pasiones y distensión del juicio en que todo el mundo habla a la vez sin importar lo que el otro diga. Así, sus voces alcanzaban niveles de sonoridad que obligaban a los demás a expresarse a gritos. Lógicamente, era imposible evitar escuchar lo que decían.

―Saca otra ─voceó uno de ellos─, que paga Pasqualet. Ahora es rico ─los demás reían y apuraban los vasos.

―Esta y las que hagan falta.

Pasqualet, crecido por el vino y la complacencia de sus compañeros de mesa, se dejaba llevar por la generalizada euforia.

―¿Quién es ese? ─preguntó Esclafit a Samuel.

―Pasqualet, el hijo de Pascual, el marido de mi hermana.

Marieta se había casado un año antes con un viudo de cuarenta y un años que tenía un hijo de dieciocho en el momento del enlace; trabajaba, como ella, en casa de don Ricardo Blanes y doña Mercedes, ocupándose del mantenimiento de la misma y del cuidado del jardín. Los dos vivían en la mansión de sus amos, en una dependencia anexa a la misma.

―Y una más para estos amigos ─prosiguió Pasqualet─. O dos vasos, si se dignan a acompañarnos.

Esclafit y Samuel pasaron a compartir mesa con ellos.

―¿Qué celebráis con tanto alborozo?

―Este, el Pasqualet, que es quinto.

―¿Celebráis eso?

Samuel hizo un gesto de contrariedad que nadie advirtió excepto Esclafit. Sabía que eran momentos difíciles, que los precios de los artículos de primera necesidad no paraban de subir y que sacar número en el sorteo a quintas era una carga que muchas familias no podían afrontar, pues se veían obligadas a prescindir por un buen tiempo del jornal de uno de sus miembros más vigorosos. También que el servicio militar no afectaba a todos del mismo modo, pues quienes poseían un cierto estatus económico podían eludirlo mediante la redención en metálico, es decir, con el pago de una determinada cantidad de dinero que no estaba al alcance de todos, o pagando a un sustituto. Lo sabía, pero no podía entenderlo.

―Pero si yo os vi anteayer a vosotros lanzando piedras contra el ayuntamiento cuando el sorteo ─dijo Esclafit señalando a dos de los cinco jóvenes que acompañaban al nuevo recluta.

―Y lo haremos otra vez ─manifestó uno de los aludidos─, las que hagan falta. ¿A santo de qué hemos de sacrificar los años de nuestra vida en que tenemos más vigor y energía? Luego volvemos ¿y qué?

―¿Entonces?

―No celebramos que Pasqualet se vaya a hacer el servicio militar. Celebramos que le tocó la lotería. ¿Tú sabes lo que le paga don Ricardo Blanes porque vaya en lugar de su hijo? ¡Cinco mil reales! Podría haber pagado la redención pero dice que, así, al menos no da el dinero a quienes harán un mal uso de él y se beneficia algún pobre desgraciado que, tal como están las cosas, hubiese acabado yendo voluntario a cambio de cuatro reales mal pagados. ¿Has visto alguna vez juntos cinco mil reales? ¿Sabes lo que tendría que trabajar yo para conseguir esa cantidad? Y ahora descuenta lo que cuesta la comida, el alquiler, la ropa…

―¡Y el vino! ─apostilló uno al tiempo que le daba un beso a la frasca y empezaba a llenar los vasos medio vacíos en medio de la bulla general─. ¡Bendito vino!

―Descuenta todo eso ─prosiguió el primero─ y verás lo que sale. Posiblemente solo deudas. Y él, en tres o cuatro años, regresará y tendrá, si utiliza la cabeza, un capital que ya quisiéramos muchos.

―La verdad es que yo creo ni aun así iría ─expresó el otro de los dos que Esclafit había presenciado que apedreaban la casa consistorial.

―Porque te faltan cojones.

―¿No crees que hace falta más cojones para oponerse? ─añadió Esclafit; Samuel permanecía callado.

―¿Y si Pasqualet no va, qué? Se soluciona el problema ¿no? Si no lo hace él, lo hará otro. Es la oportunidad de su vida.

―¿Y si le toca ir a Cuba? Allí las cosas están cada día peor y se necesitan cada vez más hombres. Si actuamos así estos saldrán siempre de los que menos tenemos, de los trabajadores. Nunca cambiaremos nada.

―¡Hala!, Esclafit, ya estás con la cantinela de siempre. Ese Blanes es un mamón, nadie lo discute. Se aprovecha de nosotros, los trabajadores, lo sabemos, no somos tontos. Pero ¿qué quieres que hagamos? A este mundo venimos a trabajar, queramos o no, unos tienen las fábricas y las máquinas y otros las movemos y hacemos que funcionen.

―Luego si todos nos uniésemos y plantáramos cara de una vez a quienes tanto abusan de su privilegiada situación, nadie podría aprovecharse de nosotros. Al fin y al cabo todos somos iguales, hemos nacido de hombre y mujer, todos.

―¡Anda ya! ¿Todos iguales? ─una sonora risotada se dejó sentir en toda su intensidad en la pequeña taberna del Rincón─. Ni cuando nacemos lo somos. Mira Capsoga ─un joven batanero que estaba sentado con ellos─, está esperando un hijo. ¿Será igual que el que tenga uno de esos señoritos como el hijo de Blanes? No digas bobadas.

―No son bobadas. En este modelo de sociedad nunca lo será, pero esta sociedad es injusta y hay que cambiarla, y eso depende de nosotros.

―Siempre acabas llevando las cosas al mismo terreno. ¿Cambiar la sociedad? Si están los conservadores en el poder, mal, y si están los progresistas, pues mal también. La política es cosa de ricos.

―Yo no hablo de política, hablo de construir un mundo sin injusticias, sin explotadores ni explotados. Somos nosotros quienes hemos de conseguir la emancipación, ninguna institución ni clase social nos va tener en cuenta si no es de manera interesada. Quienes hacemos los trabajos más duros somos los que menos tienen, los que están en los despachos se llevan los beneficios.

―Claro, hombre, ahora en acabarnos el vino empezamos. Ellos tienen la fuerza, ¿no lo ves? Si yo estoy de acuerdo con esas ideas tuyas, con lo que oigo que dice la Asociación Internacional esa. Pero hay que vivir, ¿sabes?

―Vale ─dijo Esclafit de mala gana─, nos quedamos de brazos cruzados y seguimos lamentándonos.

―Eso no es así, que cuando tratan de apretarnos aún más bien que nos plantamos. Todos los que estamos aquí hemos hecho huelgas, ¿o qué crees? Y cuando hemos sido espabilados, bien que hemos conseguido rebajar las horas y que nos aumenten el jornal. Las huelgas hay que hacerlas cuando les van bien las cosas, entonces es cuando pueden hacer frente a las demandas. Pero cambiar la sociedad… ¿Tú qué dices, Samuel?

―Que en Cuba hay unas mujeres estupendas pero que igual esos cojones que tiene no los va a poder usar con ellas, los cubanos tienen unos machetes impresionantes y coleccionan los cojones de los españoles.

Al inicial titubeo de los presentes, siguió desconcierto, y luego las risas.

La taberna del Rincón hacía esquina con la comercial calle de San Lorenzo y el acceso al Raval. Lugar de paso, Blanes iba de camino a su despacho y se detuvo junto al ventanal que separaba a los animados compañeros de mesa de la calle, desde donde se escuchaba la algarabía. Les saludó tocándose el sombrero.

―¡Eh!, don Ricardo, tómese un vaso de vino con nosotros ─gritó uno de los jóvenes.

Blanes entró enseguida que escuchó la invitación.

―A ver ese vaso, muchachos.

―Siéntese aquí ─uno de ellos se levantó, cediéndole el sitio, y fue a por un taburete.

―Celebro veros tan contentos, en un ambiente tan amigable, me gusta. Y compartiendo mesa con un federal y un socialista. Es más fácil vivir en armonía que en conflicto. Siempre he dicho que cuesta poco llevarnos bien.

―¿Cinco mil reales puede? ─dijo un adusto Samuel.

Nada dijeron los demás, tampoco Blanes, que momentos después abandonó el local tras apurar el vaso de vino. Al poco, el dueño de la taberna, y único camarero de la misma, salió con un plato de queso y embutidos. Era un obsequio de don Ricardo, que le había dado dinero para que lo comprase en los ultramarinos de al lado. Festejaron el hecho e hicieron un buen y rápido uso de la comida, que lógicamente acompañaron con más vino. Alguien propuso ir a pasar un rato a casa de La Malagueña, una mujer que ejercía la prostitución en un piso del Raval en compañía de otras dos. Samuel y Esclafit declinaron la invitación; debían atender el periódico y la imprenta, dijeron.

**

―Mira, tu hermana Marieta.

Marieta salía de casa de una modista, de recoger un vestido que le estaba arreglando a doña Mercedes. Samuel la llamó.

―Acabo de enterarme de que Pasqualet va a hacer el servicio militar en lugar del hijo de Blanes ─fue lo primero que le dijo sin disimular su enojo.

―Sí, se va en unas semanas.

―Eso es una barbaridad, Marieta. Las cosas están muy complicadas, los carlistas, Cuba… Es probable que muera.

―No hombre, no, si eso de la guerra va ser cuestión de cuatro días. Nos lo ha dicho don Ricardo. Además, Pasqualet está contento y no solo por el dinero, quiere conocer otras cosas.

―¿Y si es todo tan fácil por qué no va el hijo de Blanes? ¿No ves que se aprovechan de vosotros, que os compran por una cantidad que para ellos no es más que una miseria?

―Samuel, no me gusta que hables de ese modo. Doña Mercedes se ha portado muy bien. ¿Qué hubiera sido de nosotros sin su ayuda? Y la de don Ricardo, que la dejaba hacer. Desde que la conocimos, jamás nos faltó trabajo, a nadie, ni a mí, ni a Sento, ni a padre y a madre. Y ella sabía de tu negativa a trabajar en las fábricas como la de su marido y que yo te daba comida, y nunca dijo nada. Al contrario, hasta me dio ropa para ti. Pasqualet no tiene nada, es su oportunidad de hacer algo en esta vida, él quiere ir. No sé a qué vienen tus palabras. ¿Dónde está el problema?

―Es igual, olvídalo, no he dicho nada. Ya hablaremos, que ahora vamos con prisa.

Cada uno prosiguió su camino.

____________

Imagen: “En la tienda de comestibles Winther en Skagen” (1886), óleo de Peder Severin Krøyer.

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