Capítulo VII.2

VII.2

Ocupado con los tejemanejes del negocio de las diligencias y las tareas del periódico, enfrascado en las lecturas de los libros de la biblioteca de don Anselmo, tratando de interpretar el sentido de tantos y tantos textos en los que seguía perdiéndose, aunque cada vez menos, y recreándose en el aquel rincón dominado por el cerezo a Samuel le resultó más fácil de lo que creía recuperarse del desencanto con Anita. Poco después, Samuel y Esclafit volvían a rondar a las jóvenes que lucían su palmito en los paseos y, sobre todo, en los bailes. Beatriz seguía despertando la atracción de Samuel y su comportamiento tímido y reservado cuando lo tenía cerca dejaba entrever una complaciente disposición hacia su persona.

El tonteo entre ambos parecía no tener fin. Beatriz era de esas chicas poco dadas a veleidades y atrevimientos, no exenta de coquetería pero comedida y nada frívola, una bonita joven, buena chica, de familia de clase media y, por tanto, no inabordable ni encerrada en sus privilegios como las de la acomodada y ociosa categoría de esas petulantes familias que hacían de la ostentación un modo de vida.

Samuel, sin embargo, parecía no decidirse. Sentía por Beatriz la más elevada ternura, la quería, sí, pero su presencia no despertaba en él esa excitación que avivaba su ánimo cada vez que veía a Anita. Casi un año después se casaron. Puede que en la decisión de Samuel de pedir su mano influyese aún el despecho, puede que la razón, unida a la necesidad de los contactos carnales con una mujer, le aconsejase su unión con Beatriz, tal vez era simplemente el amor, también es probable que fuese un conjunto de todo ello. Pero sin duda influyó el olor, olía bien Beatriz, tanto o más que Anita, cuando estaba cerca de ella una fragancia fresca, placentera, regaba la atmósfera, su aroma le recordaba las limpias mañanas de primavera tras una noche de lluvia que tan buenos recuerdos le traían. Fueron a vivir a un piso de cuatro habitaciones en la calle de San José, de techos altos y habitaciones espaciosas, soleado, con su fuente de agua potable.

Se sentía cómodo Samuel en casa, sobre todo en el pequeño gabinete en el que pasaba horas leyendo junto a un amplio ventanal. El periódico había aumentado de cuatro a ocho las páginas y requería una mayor dedicación; no así el negocio de las diligencias, que seguía su buena marcha y era cuestión de simple rutina.

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Imagen: “La fiancée hésitante” (s.f.), óleo de Auguste Toulmouche (1829-1890), fragmento.

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