Capítulo VII.1

VII.1 (2)

Las vicisitudes de los acontecimientos vividos en los últimos meses, las derivadas de la situación política y las que atañían a su devenir amoroso, habían hecho que Samuel espaciara más de lo acostumbrado sus visitas a la biblioteca de don Anselmo. Cuando de nuevo este lo encontró como siempre frente a un montón de libros, lápiz en mano, libreta al lado abierta, esbozó una complaciente sonrisa.

―¡Hombre, Samuel! Me alegra verte de nuevo por aquí. ¿Qué lees?

Samuel le mostró el libro que estaba leyendo en esos momentos. Se trataba de La verdad y la burla social.

―Buen libro. Y su autor mejor persona. Conozco a Roque Barcia, un hombre de conducta intachable, buen republicano federal. Este libro me lo envió él mismo. ¿Qué te parece?

―No puedo decirle. Voy pasando páginas, anotando lo que más me llama la atención.

―¡Vaya!, pues ya vas por la página doscientos treinta ─dijo don Anselmo, que tenía el libro en sus manos─. ¿Y qué anotas?, ¿puedo verlo?

Samuel le pasó la libreta. Don Anselmo leyó en voz alta: Tan hombre soy en mi creencia como en mi entendimiento, como en mi amor, como en mi albedrío. Así soy, así existo, así salí de aquel gran taller donde fue fabricada esta vida

―¿Buscas respuestas a tu desazón o razones para explicarte conductas poco razonables?

Samuel se sorprendió ante la pregunta. Don Anselmo sabía lo de Anita, eso le pareció.

―No le entiendo, ¿qué quiere decir?

―Que si tratas de calmar el ánimo con palabras que se ajusten a lo que te dicta el corazón o es tu raciocinio el que quiere conocer para, así, poder juzgar.

Samuel permaneció callado. Lo sabe, lo sabe, pensaba.

―¿Qué te mueve, Samuel, el sentimiento o la razón?

―¿Es que se pueden separar las dos cosas?

―Por supuesto que no, pero por encima de todo está el bien común. Las circunstancias personales de cada uno no son de uno solo. Quiero decir que quien más y quien menos ha pasado por momentos como los que vives y que tanto te corroen. Yo, sin ir más lejos. No tengo esposa, ni hijos. Algún día te contaré porqué. Pero ten presente que si únicamente buscas argumentos que satisfagan tu atribulado espíritu solo conseguirás que la zozobra aumente.

Perro viejo como era, curtido en el arte de la argumentación, don Anselmo advirtió enseguida la incomodidad de Samuel con la conversación. Uno y otro sabían de qué hablaban, pero era evidente que Samuel no estaba por la labor.

―Esta noche cenaré con Botella. Vente.

―¿Esta noche?

―¿Tienes algo mejor que hacer?

―No.

―Pues no se hable más. En cuanto acabes en el periódico te vienes para acá. Te gustará la cena.

―¿Qué comeremos?

―Ni idea. Lo que Agustina –una mujer ya mayor que siempre había estado a su servicio y se ocupaba, con Carmelo, de todas las tareas domésticas– prepare.

―¿Y por qué dice que me gustará?

―No me refería a la comida.

 ―¿Entonces?

―¿No te apetece una pequeña venganza? Igual aplaca algo tu ánimo y además te reporta unos buenos dividendos.

―¿Venganza? ¿De qué he de vengarme, de quién?

―De Garrigós, hombre, de Garrigós.

Samuel enmudeció de nuevo.

―Hasta la noche.

Don Anselmo le dejó con los libros sin darle opción a comentario alguno.

Ya en la cena, con Botella presente, don Anselmo le aclaró los términos de la “pequeña venganza”.

―Verás. Botella, supongo que lo sabrás, si no ya te lo digo yo, es propietario de una pequeña empresa de transporte de viajeros que compró a Albors hace unos años.

―Sí, lo sabía.

―Bien. El negocio no le ha salido demasiado rentable. ¿Verdad, Enrique?

―Desgraciadamente, así es.

―Enrique es un muy buen administrador, pero poco previsor en sus asuntos. Como tú, más o menos.

Botella rió.

―Cuando compró El Serpis, los carruajes eran ya viejos y al poco quedaron anticuados. Invirtió bastante dinero, pero no fue suficiente. Yo le presté cierta cantidad, modesta, mis posibles son cada vez menos posibles, pero con ella pudo adquirir un par de diligencias para el trayecto hasta Xàtiva. Mas para entonces la competencia ya se había hecho con la clientela. ¿Sabes quién es la competencia?

―Don Armando ─respondió Samuel.

―Efectivamente, el dueño de La Alcoyana. Creo que tú podrías echarle una mano a Botella, mano que a la vez estrangularía a Garrigós.

―¿Yo? Yo no sé nada de esas cosas de negocios, ni quiero saber.

―No se trata solo de cosas de negocios. Es también una manera de desquitarse, y de ayudar a un amigo. Botella es un buen hombre y ha dado muestras ello repetidas veces, lo sabes muy bien. Él no puede con todo, y yo no quiero que abandone mis asuntos. Además, podrías ganar un buen dinero, sobre todo si vas a comisión. Juega con las mismas cartas que Garrigós. Ganarás la partida.

―¿Y qué tendría que hacer?

―Tú no te preocupes. Eres lo suficientemente avispado como para sortear con éxito el asunto. Por probar, poco puedes perder.

―¿Y Monllor? ¿Y el periódico?

―Monllor lo sabe. Tienes tiempo para las dos cosas, y capacidad suficiente para llevarlas a cabo.

Frunció Samuel el entrecejo, cerró los ojos, los volvió a abrir, levantó las cejas y acabó aceptando.

Un par de meses después El Serpis ─que así se llamaba la empresa de Botella─, sin llegar superar a su rival, había conseguido arrancarle un buen número de pasajeros. La gran baza era llegar siempre a la hora, cosa que no podía decir La Alcoyana, cuyos retrasos eran cada día más habituales. La fortuna parecía haberse aliado con la compañía de Botella y dado a la espalda a su contrincante. Ciertamente, Samuel se aseguraba de la puntualidad de las salidas, de que el cochero se hallase en condiciones y no hubiera bebido en demasía, de que los caballos estuviesen lo suficientemente alimentados y descansados, de controlar el peso que podía llevar cada carruaje y no excederse en él, y otras similares medidas con las que consiguió que El Serpis recuperara buena parte del prestigio perdido. Pero es que, además, siempre había quien estaba dispuesto a invitar a unos tragos de buen vino o de aguardiente al mayoral de La Alcoyana y no eran pocas las ocasiones en que el equipaje de algún pasajero se quedaba en tierra. Por si fuera poco, cada vez con mayor frecuencia las diligencias de La Alcoyana se veían obligadas a detenerse a mitad camino por algún problema en las bridas, en los ejes de las ruedas u otros imprevistos similares. Y, cuando no, encontraban el tronco caído de un árbol que les impedía el paso. ¿Demasiadas casualidades? Eso era lo que al menos pensaba Garrigós, quien llegó a denunciar por sabotaje a la compañía de Botella. Nada, sin embargo, pudo probarse. Botella, de todos modos, sonreía con complicidad cuando se abordaba el asunto y miraba satisfecho a Samuel.

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Imagen: Diligencia de Alicante a Alcoi (1895). / railsiferradures.blogspot.com.es/2012/01/la-sociedad-de-diligencias-de-cataluna.html.

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