Capítulo VI.7

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El impacto por la ejecución de Carvajal atenuó la zozobra que perseguía a Samuel ante la falta de noticias de Anita. Pocos días después, sin embargo, hubo novedades. Cuando a última hora regresó a la redacción de El Diluvio con las galeradas, un cariacontecido Monllor sostenía un papel en su mano derecha.

―Acabo de recibir esto.

―¿Qué es?

―Mejor será que lo leas tú mismo.

Samuel cogió la nota. Su rostro mudó, sus facciones se endurecían a medida que avanzaba en su lectura. Don Armando Garrigós y su distinguida esposa, doña Felisa Llácer, comunican la feliz nueva del compromiso de su hija, la señorita Ana Garrigós Llácer, con don Jorge Vidal Mira, hijo del empresario y fabricante don Félix Vidal y de la distinguida señora doña Asunción Mira. El enlace tendrá lugar próximamente y la pareja se trasladará a residir a Alicante, donde el emprendedor joven acaba de abrir un importante negocio de importación de algodón en rama de Ultramar, decía.

No daba crédito a lo que leía. Herido su orgullo, defraudadas sus esperanzas, perdida la ilusión, sintiéndose engañado, arrugó el papel, furioso, y lo arrojó al suelo. No decía nada. Monllor optó también por el silencio, conocía a Samuel y sabía que lo mejor era no hacer ningún comentario hasta que reaccionara. Pero Samuel continuaba callado, con el ceño fruncido. La humillación que sentía lo empujaba hacia una rabia que iba cada vez a más, a medida que crecía su impotencia. Se resistía a creer que Anita pudiera haber actuado de manera tan desconsiderada, aunque se hubiese visto obligada a doblegarse arbitrariamente a los dictados de su madre. ¿Por qué no le mandó una simple nota, unas míseras palabras de auxilio? Tal vez él solo había sido un capricho, un accidente, una afición pasajera. La frustración de no ser correspondido le llenaba de ira.

―Usted lo sabía, ¿verdad? ─espetó de pronto mirando desafiante a Monllor.

―¿Yo? ¿Por qué dices eso?

―Hace dos días le vi hablando con don Armando. Lo sabía y no me ha dicho nada.

―Hablé con Garrigós, sí, ¿y qué? Nada me dijo de ese asunto. Me duele tu desconfianza, Samuel. Creo haberte dado pruebas suficientes de mi estima. Créeme, nada sabía de tu romance con Ana hasta hace unos días, y si lo averigüé fue porque te oí hablando de ello con Blas. ¿Ya no te acuerdas? Te pregunté quién era por corrección, pero no soy bobo. Os observé en el balneario. Y, además, que estabais hablando de eso cuando llegué, ¡qué caray!

―Tanta libertad, tanta igualdad… ¿No éramos todos iguales? ¿Para eso se muere y se mata? ─Samuel estaba realmente exaltado.

―Eso es otro asunto.

―¡No! ¡Ese es el asunto!

―Cálmate, hombre. Te entiendo perfectamente y nunca aprobaré comportamientos que supongan la discriminación de nadie por motivos de posición social. Tú me conoces y deberías saberlo. Hay actitudes y costumbres que va a costar desterrar. En este siglo de progreso no todo avanza por igual, todo va muy aprisa en lo económico, la técnica va de la mano de la ciencia y los adelantos se multiplican, pues son útiles en tanto que se atienen a la razón, en cambio la sociedad no se atiene a ellas, ni a la razón ni a la ciencia, descuida principios que son superiores a los intereses. Pero a todo se llegará, Samuel. Las ideas están contaminadas de tiempos anteriores, no se pueden cambiar de hoy para mañana, como ocurre con las máquinas. Piensa, Samuel, piensa, eso es lo único que hace al hombre libre, reflexiona. La razón, Samuel, la razón ante todo, la razón nos debe gobernar, no los sentimientos, el bien común, no el individual.

―¿Qué quiere decir?

―Que desapruebo conductas como las de Garrigós. Don Anselmo tiene razón cuando dice que él, y todos los que como él se han lucrado de la noche a la mañana con el progreso, descuidando la prosperidad general y mirando solo por sus intereses, son unos advenedizos que únicamente miran en su beneficio por mucho que se digan republicanos.

―Paparruchas de sabiondo. ¡A la mierda todo!

Deseaba estar solo. Declinó la invitación de Monllor a cenar con él y su esposa y salió a la calle. Hacía una noche hermosa, clara, la luna ─faltaban un par de días para el plenilunio─ y las estrellas iluminaban las calles casi tanto como las farolas de petróleo, el aire se respiraba húmedo, la temperatura era suave. No le apetecía encerrarse en casa, allí no haría más que mortificarse con el recuerdo de Anita, comenzaría de nuevo a preguntarse porqué y estaba convencido de que ninguna respuesta le satisfaría.

Farinetes había muerto. En buen día Samuel fue a llevarle la fruta y no había nadie en casa. Luego se enteró por Guisambola, el curandero, de su fallecimiento. No obstante, Samuel no faltaba a su cita anual con las cerezas. ¿Iba a hacerlo ese año? Cogió el tabardo y se encaminó hacia su apreciado cerezo. La luz de la luna y las estrellas eran suficientes para guiarle, aunque hubiese podido llegar igualmente en la noche más cerrada, se conocía el camino de memoria.

Se tumbó bajo él, mirando las estrellas. ¿Cuántas habrá ahí arriba? Seguro que se puede calcular su número, digan lo que digan. Las cerezas brillaban con el resplandor, estaban maduras. Intentó comer alguna, pero nada le entraba por la garganta, oprimida por la angustia, ni la saliva. Al final se durmió.

No le despertó el sol sino unas gotas de lluvia. Cuando abrió los ojos el cielo estaba nublado, gris oscuro, amenazaba tormenta y comenzaba a chispear. No sabía qué hora era, el sol que tantas veces le ayudaba a averiguar el momento del día en cada situación estaba de asueto. ¡El periódico! ¡Maldito periódico! ¡Maldita lluvia! Mañana volveré a por cerezas, pensó.

Llegó a Alcoi calado hasta los huesos. Durante el trayecto una granizada le obligó a buscar refugio. Se cambió y se puso con sus tareas cotidianas, tal vez centrándose en ellas conseguiría olvidar. Siguió lloviendo todo el día. Mañana iré a por cerezas, se dijo. La lluvia, no obstante, no cesaba. Mañana iré a por cerezas, se prometió de nuevo.

Amaneció con un calabobos que no auguraba cambio alguno, pero a mitad mañana volvió a salir el sol. Fue a por cerezas, pero la lluvia las había echado a perder, apenas quedaban unas pocas en el árbol y el suelo estaba lleno de ellas, medio podridas, para nada servían ya. Es muy corto el tiempo de las cerezas, ya se lo dijo Farinetes.

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