Capítulo VI.6

VI.6b

Pasaban los días y Samuel no tenía noticias de Anita. Le escribiré, había dicho, pero ni una escueta nota. Por momentos se sentía un ser desdichado y todo cuanto hacía le resultaba una carga. No habrá podido, igual ha escrito una carta y quien la trajese la ha perdido, ¿estará peor su madre?, ¿estará enferma ella?, ¿será grave? Su cabeza era un hervidero de dudas e interrogantes sin respuesta. No creía, sin embargo, que hubiese podido olvidarse de él tan pronto. ¡Si hasta se habían besado! Un instante, fugaz, pero se habían besado.

―Deja de calentarte la cabeza de una vez por todas, hombre ─le aconsejaba Esclafit─. Ya te dije que con la hija de don Armando no tenías nada que hacer, aunque, créeme, has llegado mucho más lejos de lo que creía. Olvídala. Si hace un par de días me di cuenta de cómo te fijabas en Beatriz. Puede que solo para compararla, pero si la comparas es porque te agrada.

―Es que… No sé, solo pensar en ella y todo se agita en mi interior.

―Eso se llama calentón. Anda, vamos esta noche a la Teula, que hay baile. Estará Beatriz, me lo ha dicho mi hermana.

―Ya veremos. Venga, dame las galeradas, que Monllor está esperando.

Justo en ese instante Monllor entró en la imprenta. Se le veía agitado, tenso, preocupado.

―Coge algo de abrigo, Samuel, el tiempo ha refrescado considerablemente. Nos vamos a Ibi.

―¿A Ibi? ¿A qué?

―¿Cómo que a qué? ¿No lees las noticias que publicamos? ¿No sabes cómo están las cosas?

―¿Qué cosas?

―La situación política, Samuel. La Constitución que hace poco se aprobó es un fiasco. Sí, dice que la soberanía reside en la nación, pero a renglón seguido manifiesta que la forma del gobierno de la nación sigue siendo la monarquía. ¿Tantos esfuerzos para tan exiguo resultado? ¿Pero por qué te cuento esto? Es el día a día del periódico. Corriges las galeradas, ¿en qué demonios estás pensando mientras lo haces?

―En nada, en que no haya erratas.

―Ya, ya veo. En nada. ¿Se puede saber qué te pasa? Hace tiempo que estás distraído, como ausente.

―Mal de amores ─terció Esclafit con el consiguiente gesto de contrariedad de su amigo.

―Acabáramos, pues. Eso lo explica todo. ¿Y quién es la afortunada? O desafortunada, según se mire.

―No la conoce.

―Bueno, pues ya me la presentarás. ¿Bernácer no está?

―Ha salido, no sé cuándo volverá, no me dijo dónde iba ─respondió Esclafit.

―Dile cuando regrese que él mismo corrija las galeradas y que tire el periódico como siempre. Si ves que tarda, tú puedes empezar a corregir. Nosotros hemos de irnos.

**

―Aún no me ha dicho a qué vamos a Ibi ─dijo Samuel de camino a su casa para recoger el tabardo.

―Han hecho prisionero a Carvajal.

―¿Qué Carvajal?

―¡Qué Carvajal va a ser! Froilán Carvajal. Céntrate, Samuel, que esto es serio.

―¡Ah! El guerrillero. Claro, claro que sé quién es.

―Guerrillero… Algo más que eso, Samuel, algo más. Un auténtico republicano, un verdadero ilustrado dispuesto en cualquier momento a cambiar la pluma por el fusil si la situación lo requiere. Lo han detenido en Onil, lo han llevado a Ibi y les ha faltado tiempo para condenarle a muerte.

―¿Las partidas de Palloc y Tomaset no han podido hacer nada? ¿Cómo es posible? Pudieron venir hasta aquí y formar una nueva junta revolucionaria, ocuparon las poblaciones vecinas, ¿cómo ahora sucede esto?

―En su ayuda precisamente acudía Carvajal, pero ya ves, no ha conseguido llegar a Alcoi. Las tropas que ha enviado el gobierno son numerosas y están bien pertrechadas. Y los nuestros, ya sabes, a la suya, como siempre. ¿Qué apoyo han tenido Palloc y Tomaset? ¿A qué juega Albors? Perece que ha perdido el norte, él y los que le siguen. Aquí dice una cosa y en Madrid se presenta como el garante del orden, el único capaz de articular los diferentes intereses. Y mientras… Si no conseguimos el indulto, ejecutarán, asesinarán más bien, a un hombre recto, honrado, cabal, justo, un verdadero defensor de la libertad.

―¿Y nosotros a qué vamos, a verlo para contarlo después en el periódico?

―Esperemos no tener que dar esa noticia. Antes intentaremos que el castigo no llegue a ejecutarse.

―¿Usted y yo? ¿Cómo vamos a impedir algo así?

―Calma, muchacho, calma ─Monllor rió al ver la cara de susto de Samuel─. Carvajal es muy amigo de don Anselmo. Él nos ha prestado sus dos mejores caballos.

―¿Pero qué es lo que hemos de hacer allí?

―Don Anselmo está muy disgustado, tremendamente irritado. Como te decía, él y Carvajal son muy amigos. Los dos han estudiado filosofía y derecho, los dos son demócratas, los dos son masones, y uno y otro creen, yo también, que los políticos de profesión han engañado al pueblo prometiendo cosas en 1868 de las que rápidamente se retrajeron. Los demócratas, los verdaderos demócratas, hemos sido excluidos de la escena política. Don Anselmo, que es bastante mayor que él, lo aprecia como a un hijo. Nada más enterarse ha ido a ver al alcalde y este ha telegrafiado al gobernador manifestándole su estupor por la noticia y rogándole que reconsidere la trascendencia de la misma, pues solo conseguirá encender aún más los ánimos. El propio don Anselmo ha hecho lo mismo con sus influyentes amistades de Madrid.

―¿Cree que lo indultarán?

―Quiero creer que sí, que la razón se impondrá a los intereses particulares, pues de eso se trata y no de otra cosa. Una pandilla de inmorales que solo miran en su propio beneficio dicen gobernarnos. ¿Qué entenderán ellos por gobernar? No tienen legitimidad alguna, ni ellos ni la Corona, siempre rodeada de favoritos, aduladoras e interesadas camarillas, curas y otros chupadores. Gastan sin control, se llenan los bolsillos, cometen fraudes cada vez que se celebran elecciones, disponen de un ejército de funcionarios que administran a gusto de su partido… Nos llevan a la ruina económica, y eso es lo mismo que decir la ruina de la sociedad. No, no es eso, Samuel. Hay que seguir la lucha hasta que se instaure la República federal.

―No quiero parecer pesado, ¿pero cuál es nuestro cometido aparte de poder contar en el periódico lo que ocurra?

―Es verdad, no te lo he dicho. Es que me enervo, Samuel, me enervo con tanta iniquidad. Don Anselmo ha escrito de su puño y letra una carta al general Arrando y le ha adjuntado el telegrama del alcalde. No acaba de fiarse de Albors y sus hombres, teme que este aproveche la situación para negociar con Arrando en su exclusivo beneficio y aparecer, así, ante la opinión pública como el hombre que una vez más ha devuelto al pueblo sus derechos. Cuanto antes entreguemos la misiva, mejor, más tiempo, más posibilidades de salvar a Carvajal.

A caballo, y a galope, no había tiempo que perder, llegaron a Ibi. Al leer la carta, Arrando accedió aplazar el cumplimiento de la sentencia veinticuatro horas en espera de un indulto de Madrid. Monllor estimó oportuno quedarse allí ─le permitieron visitar al reo─ y que Samuel volviera a Alcoi explicando mejor el acuerdo ─Monllor telegrafió inmediatamente comunicando la noticia─, sirviendo de ese modo de enlace entre unos y otros. La ejecución tendría lugar en veinticuatro horas si no había indulto de por medio. No era demasiado tiempo, pero sí suficiente.

Regresó Samuel a Alcoi. Fue a casa de don Anselmo, como le dijo Monllor que hiciera. Este, reunido con Botella, Reig y una docena de demócratas federales, no cesaba de refunfuñar, fumaba un cigarro tras otro, maldecía todo, impotente.

Explicó lo sucedido. Don Anselmo respiró aliviado, pero enseguida se puso a abominar de la desmedida ambición humana que para conseguir inmediatos pero efímeros beneficios no solo aceptaba las injusticias como algo inherente a la evolución de la sociedad, las ratificaba con opresoras e infames leyes. Habían pasado casi cuatro horas desde que recibiera un telegrama de Madrid con un escueto texto: Todo marcha bien. Indulto llegará. Pero no llegaba. Decidió enviar otro telegrama a Madrid, a su amigo el subsecretario de Gracia y Justicia. Aunque en esos momentos dudaba de su camaradería y bien que se hubiese expresado en ásperos términos que dejasen patente su irritación, se limitó a suplicar de nuevo el indulto apelando a lo más profundo de su corazón. La sorpresa fue mayúscula cuando regresó Botella y le dijo que el telégrafo no funcionaba. Don Anselmo enfureció y ordenó acto seguido a sus más fieles que revisaran los hilos de la línea telegráfica, ardua y posiblemente infructuosa tarea por lo avanzado de la hora, plena noche de luna nueva. Al cabo de unas horas volvieron y le contaron que a unos cuatro kilómetros del camino a Villena se encontraron con los cables cortados.

―¡Sabotaje! ¿Quién puede haber sido capaz de semejante fechoría?

Don Anselmo hubiese desollado vivo al instante al responsable. Lo dejó para después. La madrugada avanzaba y en un par de horas amanecería. Don Anselmo cogió de nuevo la pluma y un papel de escribir ahuesado y redactó una condescendiente nota en la que explicaba el imprevisto incidente. Samuel la llevaría a su destino.

Raudo como un águila ─esas fueron las palabras de don Anselmo─ llegó a Ibi con las primeras luces del día. Se dirigió al ayuntamiento, donde halló a Monllor cabizbajo, sentado en un banco de madera a la espera de noticias. Mucha gente se arremolinaba frente a la casa consistorial. Su presencia en los prolegómenos de la macabra ceremonia, sin embargo, obedecía a inclinaciones muy distintas: unos habían acudido movidos por las simpatías que despertaba tan singular personaje aunque no se atrevieran a confesarlo en público, otros porque eran parte necesaria del ritual y muchos, los más, por simple curiosidad. El anunciado ajusticiamiento había generado gran expectación, no pasaba eso todos los días; la prórroga concedida por Arrando incrementó más aún el generalizado husmeo.

Apenas quedaba media hora para la tétrica función, su suspensión parecía poco probable, el cura entraba en esos momentos a la casa consistorial. Samuel cruzó por entremedio, oía los comentarios de los allí congregados, la mayoría compasivos. Monllor le vio nada más cruzar la puerta, se levantó y se abalanzó hacia él. Se le notaba ciertamente desasosegado. Preguntó exaltado por las novedades, si es que las había. Samuel le entregó la carta. La leyó con el mismo nerviosismo con que hablaba y se movía. Le dijo que esperara allí un momento y atropelladamente fue a buscar a Arrando con la carta en la mano. No habría transcurrido más de un cuarto de hora cuando regresó. Caminaba ahora pausadamente, lo que podía indicar que había conseguido el objetivo de conmutar la pena a Carvajal y, por tanto, se sentía tranquilo, con los ánimos serenos ─pensó Samuel─, pero a medida que se acercaba se dio cuenta de que ese andar era más propio de quien arrastra una pesada carga, su semblante denotaba abatimiento, desánimo. Puso a Samuel una mano sobre el hombro. No hay nada que hacer, fue todo cuanto dijo. Arrando desconfiaba, podía tratarse de una estrategia para ganar tiempo a saber con qué finalidad ¿No estarían Palloc y Tomaset involucrados en la estratagema? Sin el indulto no había posibilidad alguna de detener la ejecución, ni tan solo posponerla. Arrando fue tajante. Si realmente era cierto que el gobierno pensaba conceder el perdón a Carvajal ─lo que en absoluto significaba que dudara de la palabra de don Anselmo, eso quiso que quedase muy claro─, si efectivamente esa era su voluntad, podía haber utilizado otro medio para comunicárselo. Que hubieran cortado los hilos del telégrafo no le servía.

Al tiempo que Monllor lamentaba con Samuel la intransigencia del general y la suerte del pobre Carvajal, llegó Arrando con otros oficiales y a continuación el pelotón de fusilamiento, compuesto por ocho hombres. Formó este frente a la puerta de la casa consistorial. Eran casi las ocho de la mañana, hora fijada para la ejecución. No había salido el sol, el día era gris y húmedo, frío, lo que daba al ambiente un aspecto aún más sobrecogedor. Carvajal llegó maniatado, escoltado por dos soldados al mando de un oficial sable en mano. El cura se puso a su lado y Arrando ordenó al oficial encargado de hacer efectiva la condena a muerte que empezara ya. El pelotón marchó camino de las eras, donde frente a un muro recientemente encalado, a un par de metros de distancia, habían anclado un palo hecho con el tronco de un pino.

La época de la trilla había finalizado hacía un par de meses, el yermo espacio se veía más desnudo y desolado que nunca. Transcurridos unos cinco minutos, el oficial regresó, dijo algo a su superior que no se oyó desde donde estaban Monllor y Samuel e inmediatamente los dos soldados que ya custodiaban a Carvajal a su llegada volvieron a situarse uno a cada lado del reo y del cura, prácticamente pegado a él. Detrás iba Arrando con otros oficiales, siguiéndoles el enterrador y una tartana que transportaba el ataúd ─aún vacío─ a la vista, ni siquiera lo habían tapado. Cerraba el séquito un centenar de hombres, mujeres y niños. Era como un entierro con el difunto en vida.

Las campanas de la iglesia tocaban a muerto, su sonido resultaba angustioso en medio del silencio general, un silencio que amplificaba el ruido de las botas al firme paso de los militares, transformaba en bullicio los lamentos de muchas mujeres y los comentarios en voz baja de los hombres y hacía que las ocurrentes salidas de tono de algunos niños sonaran más extemporáneas que nunca.

Carvajal, sin embargo, parecía sereno, puede que resignado, puede que orgulloso de defender una causa justa y de su rebeldía, tal vez aturdido. Samuel trataba de adivinar qué pasaría por la mente del reo en aquellos momentos. Debe ser aterrador saber que van a fusilarte en unos instantes ─pensaba─, mirar las cosas a tu alrededor consciente de que es la última vez que las ves. ¿En qué se fijará uno entonces? Te van a matar y nada puedes hacer por remediarlo. Unos hombres que piensan y actúan de manera distinta a la tuya así lo han decidido. Todo terminará en breve, te colocarán frente a unos muchachos que tal vez tengan tanto o más miedo que tú y verás como apuntan a tu corazón sin mirarte a la cara. ¿Qué se sentirá? ¿En qué pensará uno? ¿Y cómo puede ser que, a pesar de todo, Carvajal muestre tanta entereza?

En medio de un mutismo ensordecedor Carvajal fue conducido hasta el poste que había de ser el último cuerpo cuyo contacto sintiera, enseguida él también sería materia inerte, solo que se descompondría antes que la madera. Los tambores comenzaron a redoblar, había llegado la hora. El oficial al mando del piquete de ejecución se acercó para vendarle los ojos. Carvajal pidió que no le taparan la vista y que lo desataran. Lo segundo se le concedió, pero el oficial manifestó no poder complacerle en el otro extremo. Adujo que los soldados podrían ponerse nerviosos al tener frente a ellos una mirada que presumía ser desafiante, o reflejar vete a saber qué atribulado estado de ánimo, y ello, indiscutiblemente, acabaría siendo perjudicial para todos, principalmente para el propio Carvajal, a quien unos disparos desacertados únicamente le podían ocasionar un sufrimiento innecesario. Tal cual lo dijo lo oyó Samuel, todo se oía en esos momentos en aquella planicie a la que, pasado el verano, daba la sensación que le molestaba la vida, acostumbrada como estaba a permanecer baldía hasta la siguiente trilla.

Vendaron los ojos a Carvajal, aunque al oírse la voz de fuego se arrancó la venda y gritó ¡Viva la República!, lo que a Samuel impresionó sobremanera. Como había previsto el oficial ─curtido en estos menesteres─ fue necesaria una segunda descarga. La atención de Samuel, no obstante, fue distraída por el conciso ruido que produce una mano cuando golpea una mejilla. A su lado, un hombre trajeado, de adusto aspecto y aparentes buenas maneras, acababa de dar un bofetón al muchacho que lo acompañaba ─es de suponer que su hijo─, de no más de diez o doce años, al tiempo que le decía: Esto es para que siempre recuerdes este momento. Y para que no olvides jamás qué les sucede a quienes obran al margen de las leyes.

Durante el trayecto de regreso Samuel no dijo nada, se hallaba demasiado afectado, no conseguía apartar de su pensamiento la imagen de Carvajal ante el pelotón de fusilamiento, esa sangre fría que mostró poseer le había impresionado tanto o más que el momento de su muerte.

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Imagen: Fragmento de la parte inferior del óleo de Antonio Gisbert “Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga” (1888).

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