Capítulo VI.5

VI.5

Llegó por fin el sábado que Samuel tanto esperaba, el de su decisivo ─así lo creía─ encuentro con Anita. Se cubrió bien con un tabardo a fin de resguardarse del polvo del camino y, con el traje negro que apenas se había puesto un par de veces, se dirigió al encuentro de su amada, pues a eso iba y nada más que a eso, daba igual que fuese en Benimarfull que en la Conchinchina, que le hubiese invitado Monllor o el mismísimo Satanás, que hiciese calor, frío, lloviera o refulgiese un tórrido sol. El ansiado encuentro iba a convertirse en realidad, muy mal tenían que ir las cosas para no poder estar un rato a solas con Anita.

El balneario estaba engalanado para la ocasión. Se había dispuesto bajo el pinar una gran mesa alargada de madera con una treintena de sillas alrededor de sus cuatro lados, una junto a otra, y los pinos estaban llenos de farolillos de colores. A su lado había otra mesa con unas quince sillas, para los músicos. Con qué criterio se ocuparían era la mayor preocupación de Samuel, que hábilmente hizo tiempo en su habitación ─desde la que se divisaba la zona donde iba a realizarse el ágape─ con la excusa de asearse un poco. Hacía rato que estaba listo, vigilante tras la ventana, pasando calor todo emperifollado, medio escondido para que no lo vieran. Monllor y doña Luisa ya se hallaban junto a la mesa, de pie, departiendo con otros pocos bañistas. Cuando vio que llegaba Anita con su madre bajó como si escapase del mayor de los pavores.

―Disculpen el retraso.

No preguntó dónde sentarse, ni lo sugirió ni solicitó el parecer de Monllor y su esposa. Con decisión, viendo que cada uno se colocaba donde le parecía bien, se dirigió hacia donde estaban Anita y doña Felisa.

―¿Les parece que nos sentemos aquí mismo?

Su atolondramiento, no obstante, le jugó una mala pasada. Anita y su madre habían ocupado ya dos sillas y el asiento que quedaba libre era el contiguo al de doña Felisa. Lógicamente, la mujer de Monllor se puso a su lado, este se sentó junto a su esposa y a continuación se sitúo Samuel. Se dio cuenta entonces que debería haber elegido sentarse frente a ellas ─había sitio─, en esa situación le hubiese resultado factible conversar con Anita. En medio de tanta gente, era obvio nada podría decir a Anita acerca de la fascinación que sentía por ella, aunque sí hablar de cuestiones intrascendentes, mostrarse educado y caballeroso y romper de ese modo el hielo.

Transcurrió la cena entre chácharas, risas y bromas. El ambiente era jovial, como correspondía a un grupo de gente que disfrutaba del recreo sin preocupaciones aparentes. El vino y los músicos de la banda de Benimarfull contribuían en gran medida al desahogo de los presentes, de quienes Samuel pensaba en esos momentos que poseían un insaciable apetito. Parecía que nunca acabarían de comer. Y es que no veía que llegase el momento de los bailables. Todos seguían de cara a la mesa, comiendo a dos carrillos y bebiendo como si fuesen camellos a punto de deshidratarse. Entretanto, ponía cara de seguir con atención cualquier cosa que dijese Anita o cualquier conversación en la que participara, aunque desde su asiento no alcanzaba a escuchar con claridad los comentarios. Seguían intercambiándose miradas y Samuel se ahogaba en un mar de ilusiones y miedos. Por fin un vals. Se levantó y se acercó a Anita.

―Sería una gran satisfacción disfrutar con usted el baile que antes me prometió.

pierre-auguste_renoir_baile

‘Baile en la ciudad’ (1883), óleo de Pierre-Auguste Renoir.

La joven miró a su madre, enfrascada en una charla con Monllor y doña Luisa y otro caballero recién llegado que Samuel no sabía quién era. Doña Felisa se limitó a recoger el echarpe que Anita le extendió con la mano. Hizo entonces un gesto de agrado moviendo la cabeza hacia un entarimado levantado sobre el suelo en el que danzaban varias parejas y se dirigió al centro del mismo seguida de Samuel.

―No recuerdo haberle prometido baile alguno.

―Disculpe el atrevimiento, pero pensé que si decía eso delante de los demás no me rechazaría.

―Sí, ha sido un atrevimiento, pero le disculpo ─dijo Anita al tiempo que le cogía de la mano.

A Samuel no se le daba demasiado bien el baile y no sabía qué decir, había preparado meticulosamente el encuentro con ella pero olvidado los preliminares, y no era cuestión, evidentemente, de adentrarse tan pronto en el complejo mundo de los sentimientos. Afortunadamente para él, Anita llevaba el peso de la conversación, hablaba de cosas intrascendentes de las que, cada vez más aturullado, apenas se enteraba, limitándose prácticamente a asentir en todo con la sonrisa más complaciente.

Terminó el vals, se incorporaron al grupo de doña Felisa, Monllor y demás, volvieron a bailar, se sentaron de nuevo. Varias veces repitieron la misma operación, Monllor era un tipo ocurrente y dicharachero que fácilmente captaba la atención de los demás, así que doña Felisa ni reparó en los dos jóvenes que, de ese modo, entre baile y baile, entre vaso y vaso, encontraron unos momentos de intimidad inesperados. Anita le preguntaba muchas cosas sobre él y le contaba las suyas. Cuando le explicó que si no había podido verla hasta entonces era porque había estado en Valencia un tiempo con su madre, que padecía de los nervios, para que la viera un notable médico, y marchado a continuación a Benimarfull por consejo de este, Samuel se reafirmó en la idea de que su amada mostraba cierta inclinación hacia su persona, sobre todo después de decirle que más de una vez se había acordado de él.

Viendo que la velada estaba a punto de finalizar se atrevió a solicitar a Anita un nuevo encuentro algo más tarde, a solas. Anita no esperaba tal osadía y se mostró desconcertada por unos instantes, si bien acabó aceptando con la condición que fuese en uno de los bancos de piedra que había junto a la fachada principal bajo la luz de un farol. Por primera vez sintió Samuel que controlaba la situación.

Cuando consiguió estar a solas con ella le espetó sin más la primera de las frases que tan cuidadosamente había seleccionado y aprendido de memoria.

―No puedo vivir sin su presencia. Sin usted me falta algo, mi imaginación es menos fecunda y menor mi fe en los negocios que emprendo.

―Samuel, antes le he dicho que era un atrevido ─dijo Anita presa del desconcierto─ pero creo que me he quedado corta. Apenas me conoce y…

―La conozco lo suficiente y sé lo que significa para mí. Si no hubiera estado tanto tiempo sin poder verla, tal vez no hubiese averiguado hasta qué punto es necesaria a mi corazón, a mi vida. Veo en usted un arcángel y me irrita el deseo de que me abrase la atmósfera de fuego que la rodea.

―Cállese, se lo ruego ─objetó Anita.

Sus palabras, no obstante, llenas de desasosiego, se parecían tanto a cómo se expresaban las protagonistas de las novelas que enardecieron aún más al joven, que continuó con las amorosas expresiones que tan bien se sabía.

―Yo no conocía este delicioso aumento de vida, de sensibilidad, de ternura, de inefable alegría que siento desde el instante que la vi, nunca había mirado unos ojos como miro los suyos. La amo con todo el amor que tengo, con todo el sentimiento de que es capaz mi alma, con toda mi esperanza. Desde que la vi no he podido olvidarla. A cada momento mi recuerdo es más tierno y más grande.

―Samuel, modere su ímpetu, se lo suplico.

―Si esto es un sueño, es un sueño embriagador y de felicidad del que no quiero despertar.

―He de marcharme.

Anita se levantó sobresaltada. Samuel era un hombre distinto a cuántos conocía o había conocido, carecía de la afectación en los modales que exhibían los caballeretes que la pretendían, no era un señorito pero mucho menos un patán, hablaba con gran aplomo y mostraba un firme carácter, casi avasallador. Una situación como la que estaba viviendo había rondado por su cabeza alguna vez, si no igual muy parecida ¿Qué joven señorita no soñó alguna vez experimentar en persona una pasión desatada como las que leía en folletines y novelitas sentimentales? Samuel cogió las manos de Anita con las suyas y presionó suavemente en dirección al suelo aproximándola a él. Sus cuerpos se juntaron, la miró a los ojos, ella entornó los suyos, luego fueron sus labios los que se unieron. Brevemente. Enseguida llegó el adiós.

―Debo irme. Yo también siento que mi corazón se inclina por usted, pero debo irme. Compréndalo.

―¿Cuándo volveré a verla? ─Samuel soltó sus manos.

―No sé, nos vamos mañana. Le escribiré.

Anita marchó presurosa a su habitación, no sin antes de entrar en el edificio girar su cabeza y mirar, entre exaltada y temerosa, a Samuel, que no cabía en sí de gozo.

No durmió mucho aquella noche, demasiada excitación, demasiadas emociones desconocidas y sentimientos a descubrir. Se levantó tal cual se había acostado, pensando en ella. Cuando bajó al vestíbulo, Anita seguía en su habitación, o al menos no la vio durante el rato que estuvo hablando con Monllor y tampoco cuando se despidió de él y de doña Luisa. Debía llegar a Alcoi antes del mediodía, el periódico tenía que salir el lunes, como todos los días. Por primera desde que conociese a Monllor sintió que trabajaba y se debía a obligaciones. ¡Maldito periódico!, pensó. ¡Maldito trabajo!

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