Capítulo VI.4

VI.4

Pasó el verano sin que Samuel consiguiera volver a ver a Anita, y eso que frecuentó todos los lugares donde creía poder encontrarla. Iba a la Glorieta, se sentaba en un banco, esperaba. En vano. Entre las emperifolladas señoritas que paseaban por sus parterres nunca estaba Anita. Sí vio alguna que otra vez a Beatriz, limitándose a saludarla cortésmente con una sonrisa.

A principios de septiembre comenzaba la segunda temporada en los baños de Benimarfull. Los balnearios se habían convertido a mediados de siglo en uno de los lugares preferidos por la burguesía para pasar las vacaciones. A las propiedades curativas de sus aguas se sumaba ahora algo tan importante, o más, como el prestigio social. No todo el mundo podía permitirse pasar una larga temporada en establecimientos que procuraban proveerse de toda clase de comodidades, pocos eran quienes podían hacer frente al gasto que ello acarreaba ─un mínimo de diez reales diarios─ y menos los que disponían de tiempo sin tener que preocuparse por el modo de ganarse el jornal día a día. En los meses de verano los balnearios eran escenario de una intensa vida social.

Un herpes zóster llevaba días atormentando a Monllor, el dolor era molesto y veces llegaba a causarle fiebre. El médico le aconsejó que pasara unos días en los baños de Benimarfull, sus aguas tenían fama de ser un buen remedio para herpes, reumatismos e inflamaciones de los ganglios. Los baños de Benimarfull presentaban un aspecto exterior bastante sencillo, con blancas y lucidas fachadas que encerraban un amplio recinto de más de dieciséis metros de largo por ocho de ancho, dividido en dos naves, con tres pisos la de la fachada principal y cuatro la segunda. Tras cruzar la puerta principal, un amplio zaguán con una fuente de jaspe, un par de canapés y varios poyos enclavados en las paredes, servía de punto de reunión. Al fondo se veían seis puertas que daban acceso a seis piezas de baños con tinas de mármol jaspeado y grifos de bronce. A las espaldas del edificio se hallaba un estanque artificial, cerrado por una bóveda de piedra, con conductos y llaves bien acondicionadas. En los pisos altos estaban las habitaciones, una docena, con armarios, mesas, sofás, sillas, espejos, somieres y palanganas. Un servicio de fonda, unos cuidados jardines y amplios espacios donde expansionarse bajo un tupido pinar, completaban la oferta.

Monllor habló con Samuel, le explicó la necesidad que tenía de tomar los baños, pero el periódico debía continuar publicándose, así que contaba con él. Le pidió, no sin cierto apuro ─apreciaba a Samuel y no quería que pareciese un abuso por su parte─, que fuese a Benimarfull cada día, o cada dos a lo sumo, para su confección. Samuel no puso objeción alguna.

El dolor cada vez era más intenso y Monllor marchó a Benimarfull con su esposa. No tenían hijos.

A los dos días, tal como habían acordado, acudió Samuel con las noticias, los artículos de los colaboradores y la correspondencia. En el preciso momento de su llegada Monllor se encontraba en una de las piezas de baños, siguiendo el tratamiento. Avisaron a doña Luisa, su esposa, que le recibió con suma amabilidad.

―Rigoberto no tardará, ven mientras conmigo al jardín. Estábamos tomando una limonada. Se está muy bien, hace un día tan bueno…

Eran las once de la mañana y ciertamente el día era espléndido. Sentadas alrededor de una mesa redonda de piedra había dos señoras y una joven. Un simple vistazo a unos veinte metros de distancia bastó para que Samuel adivinase que la muchacha que estaba de espaldas y a la que un seto casi tapaba por completo, dejando ver solamente su sedoso pelo moreno, era Anita. ¡Bendito Monllor!, pensó. Fue tanta la felicidad que sintió nada más advertir su presencia que lo inmunizó de dudas y turbaciones. Resuelto, como el más acostumbrado a tratar con damas de alto copete, saludó cortésmente a las tres mujeres. Anita, que con su madre pasaba un par de semanas en el balneario ─su padre, don Armando, estaba de viaje de negocios─, se ruborizó al verle. Buena señal, dedujo Samuel de las encendidas mejillas de la joven.

En eso llegó Monllor. Quedaba libre uno de los cuartos de baño, era el turno de la madre de Anita y ambas, Anita y doña Felisa, se dirigieron de inmediato a que esta prosiguiese el tratamiento contra el reuma que tan buenos resultados le estaba dando. Al marchar, Anita miró sin ambages a los ojos de Samuel y esbozó su pícara sonrisa, ciertamente intencionada y voluptuosa, que el joven tradujo por algo así como “no me es usted indiferente”.

Samuel volvió al balneario al día siguiente, y al otro, y el inmediato a este. Aunque Monllor insistía en que no hacía falta que fuese tan a menudo, aprovechaba cualquier excusa más o menos verosímil para justificar su presencia diaria. No rehusó ninguna de las invitaciones de la solícita doña Luisa a tomar un refrigerio o compartir mesa con ellos y todo tema era bueno para mantener una amigable charla. Pasó así muchas horas con Monllor, unas pocas menos con él y doña Luisa, pero con Anita ni siquiera unos minutos. Se cruzaban, intercambiaban miradas y medias sonrisas, y poco más, no había manera de coincidir con ella, ni a solas ni en compañía de los demás. Sin ya esperarla, se presentó la anhelada oportunidad por la que tantas leguas hacía a caballo.

―Pasado mañana, el sábado, procura no dejar nada por resolver, pues te quedarás aquí a dormir. Ya está lista tu habitación, así que no hay impedimento que valga. Habrá una cena para despedir a los huéspedes que marchan el domingo y nos acompañarán los músicos de Benimarfull. Comeremos, beberemos, bailaremos y trataremos de pasarlo bien.

―No faltaré ─las palabras de Monllor fueron recibidas por Samuel como agua de mayo.

Durmió poco esa noche, aunque no mal, imaginándose así mismo bajo el cerezo de Farinetes con Anita, que le confesaba su amor y se entregaba a él en cuerpo y alma. Al día siguiente fue a ver a Esclafit a la imprenta.

―Dame una novela de amor.

―¿De amor?

Los enemigos del almaPreguntó su amigo con sorna, sorprendido ante tal petición. Esas historias de amor que contaban las novelas, le decía siempre Samuel, eran ridículas y cursis, simple fruslería.

―Sí. De esas que leen las señoritas. De amor, con frases bonitas.

―¿Y para qué quieres tú una novela de amor?

―Para leerla. ¿Para qué va ser si no?

―Bueno, hombre, bueno, no te mosquees. Tú mismo ─y le dio un ejemplar de Los enemigos del alma, una novela de Manuel Fernández y González publicada en 1862─. De lo que hay por aquí, puede que esta te sirva. Deduzco que algo tiene que ver todo esto con la hija de Garrigós. ¿Me equivoco?

―¿Tienes más ejemplares?

―¿Más? Pues no. ¿No te basta con uno?

―¿Y has tenido más antes?

―Pues no sé, no me acuerdo, pero creo que no.

―Vale, me sirve entonces.

―No me has respondido. Es por Anita, ¿verdad? ¿Qué pasa, que tienes calentura? A ver si te quemas.

Samuel explicó a Esclafit sus intenciones acerca de la novela, le habló de su desasosiego tras ver a Anita en Benimarfull y ser invitado a un baile en el que sin duda ella estaría presente, los motivos que le hacían concebir esperanzas y sus deseos conquistarla, para lo que necesitaba hacer uso de bellas frases que la conmovieran.

―No me quemaré, no te preocupes. ¿Qué mejor manera de conquistar una muchacha que decirle bellas frases? Yo no sé construirlas, pero sí dónde buscarlas. ¿Ves? Otra ventaja de saber leer, otra ventaja del conocimiento. Soy incapaz de juntar palabras de manera que parezcan que salen del corazón, no sé las propias del arte de la seducción.

En su casa, por la noche, se entregó al ejemplar de Los enemigos del alma. Lo leyó varias veces, anotando en una libreta las que, a su juicio y de acuerdo con sus intenciones, consideraba las frases más hermosas y cautivadoras. Las escribió y las repitió en voz alta hasta memorizarlas, tratando de encontrar el énfasis que suponía adecuado a su construcción y la debida entonación, extremos ambos de los que no estaba muy seguro, por lo que cambiaba repetidamente de intensidad y tono.

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