Capítulo VI.3

VI.3

Samuel seleccionaba las noticias de última hora y los eventos sociales que aparecerían en el número del día siguiente de El Diluvio cuando leyó una nota manuscrita con una anotación de Monllor, que decía “destacar”, en la que podía leerse: La sociedad lírico-dramática La Familiar dará esta noche una función en su bonito teatro con la representación del sainete El figle enamorado, de don Miguel Ramos Carrión, con música del maestro Arrieta. Los papeles protagonistas serán interpretados por la distinguida señorita Ana Garrigós y el joven caballero Filiberto Mollá. La función será a beneficio de los niños expósitos de esta localidad.

Ana Garrigós, Anita, la próxima noche. Fue leer su nombre y sentir que algo desconocido despertaba en su interior, un irrefrenable frenesí que encendía su sensualidad y la llevaba a los excesos de la lujuria. Ese algo en Anita, ese irresistible no sé qué en su semblante, esa expresión de su rostro delimitada por sus vivaces ojos y su carnosa boca, le enardecían. Si era amor o simple deseo no importaba en esos momentos, no se lo planteaba Samuel, su único pensamiento era estar a solas con la turbadora joven.

Se puso su traje negro y, puntual, se sentó en una de las butacas de madera del teatrillo, ansioso por ver a Anita. Cuando apareció en escena, Samuel dejó de prestar atención a cuanto allí sucedía, al fin y al cabo no había ido para presenciar función alguna, solo le movía el ardor de una pulsión amorosa. No se enteró de si lo hacía bien o mal, no se fijó en su forma de interpretar, mucho menos en la de los demás actores, ni siquiera llegó a percatarse del argumento de la obra. Allí únicamente estaba Anita, sus ademanes, su especial gracia. Al finalizar la función se acercó a saludar a uno de los actores, un muchacho que conocía del comité de voluntarios de la Milicia Nacional. No se le hubiese ocurrido hacerlo en otras condiciones, es decir, si Anita no hubiese estado entre las cinco personas con las que aquel departía.

―Permítame, señorita, que me presente. Samuel Valls, para lo que usted guste mandar. Ha sido un gran placer verla actuar. Su talento va a la par de su belleza. Y disculpe el atrevimiento.

―No tiene de qué excusarse, caballero, aunque sus palabras sin duda son excesivas.

Y con su cuidada coquetería, propia de quien conoce el verdadero significado de los elogios, de quien se sabe admirada y deseada, añadió:

―Debe ser usted, que me mira con buenos ojos.

―Los únicos que tengo son todo suyos.

―Es usted muy osado.

―Disculpe si he sido impertinente. Solamente pretendía rendirle mi admiración y mi respeto.

―Bueno, también es muy galante.

―¡Anita, vamos, que nos están esperando!

Era doña Felisa, la madre de Anita.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s