Capítulo VI.2

VI.2. José Garcia Ramos - 2 Saliendo del teatro - MCarmen Thyssen - Malaga

“Salida de un baile de máscaras” (1905), óleo de José García Ramos.

Llegaron los carnavales de 1869 y Samuel se compró para la ocasión un traje negro de lana, el primero que estrenaba en su vida, confeccionado a la última moda, con estrechos pantalones, chaqueta larga de anchas solapas y chaleco. Se vistió con esmero, abrochó los botines de charol que también estrenaba ese día y fue a la imprenta, a por Esclafit. Era media tarde y ya se veían algunas máscaras por las calles. Una comparsa de negritos pasó a su lado. Unos pollos de acomodada familia, tiznados con hollín, acompañados de dulzaina y tamboril, intentaban componer estudiadas figuras. Una turba de chiquillos les rodeaba y hacía mofa de sus evoluciones, saltaban a su alrededor, tiraban del esparto de sus faldas y trataban de “blanquearlos” pasando repetidamente sus manos por las partes del cuerpo pintadas de negro. Llegaron incluso a lanzarles piedras y tuvo que intervenir la guardia municipal. Dos agentes se personaron y, nada más verlos, los chicos salieron en tropel. Corrían más que los guardias, que, sofocados, no consiguieron alcanzar a ninguno.

Samuel entró riendo a la imprenta. Su amigo, al verle de tal guisa, se quedó mirándole fijamente.

―Pareces un señorito. A ver si ahora te apedrean a ti también.

―¿Y tú? ─Esclafit vestía chaqueta y pantalón de basto paño pardo─. Has ido a los baños, ¿no? ─olisqueándolo y haciendo gestos de delectación.

―No irás a comparar, vas hecho un figurín. Yo, ya ves, un simple destripaterrones que se ha arreglado para la ocasión. Pero tú das el pego.

―Deja de decir bobadas y vamos a divertirnos. Larguémonos.

―Falta media hora para que pueda cerrar.

―¿Quién va a entrar ya a estas horas? ¿A qué? Todo el mundo está por ahí, de fiesta. Bernácer no te va a decir nada. No seas tiquismiquis.

Esclafit se dejó convencer fácilmente ─tenía tantas o más ganas que Samuel de sumarse al jolgorio que se vivía en la calle y ninguna de discutir con su amigo─ y cerró antes de tiempo. Los dos se dirigieron al Café de Rigal, donde tenían buena cerveza y un cuarteto de cuerda interpretaba piezas ligeras. Cenaron en la posada-mesón de Laliga, en la misma plaza de San Agustín. En breve empezarían los bailes organizados por las principales entidades locales y se percibía una mayor animación. La iluminación de petróleo, que había sustituido a la de aceite, daba mayor vivacidad al ambiente, aunque las máscaras no eran tan numerosas como en otros años.

Bien llenado el estómago con un sabroso conejo con tomate, fisgonearon por los salones más sugerentes que habían aderezado sus fachadas con guirnaldas, flores, faroles de papel rizado, columnas de hiedra y otros adornos, con una viva iluminación que realzaba su aspecto, no menos fastuoso en el interior. Las sociedades y entidades locales más respetables competían por ser la que ofreciera el mejor ornato y los mejores músicos y manjares. El Salón Veneciano presentaba una gran variedad de faroles que cubrían casi toda la fachada en forma de quinqués, redomas y esferas, dispuestos buena parte de ellos en columnas espirales. El interior representaba una gruta, el techo ─del que colgaban una docena de lámparas de las llamadas arañas─ estaba cubierto de plantas y flores, las paredes de cortinajes de damasco amarillo. El Casino Alcoyano ofrecía un lunch ─fiambres, emparedados, pastas, dulces, vinos de la zona, de Champaña y de Burdeos─ a las señoras antes del baile y había decorado el local con motivos de las Mil y una noches. Era, por supuesto, el más lujoso de todos los recintos, no en vano reunía lo más selecto de la burguesía conservadora alcoyana.

Samuel y Esclafit optaron finalmente por acercarse al Teatro Principal, su baile solía ser el más popular de cuantos se celebraban esas noches y a él acudía gente de todas las clases sociales, es decir, no iban los ricos. Presentaba también un magnífico aspecto exterior, engalanado con iluminadas bolas de cristal en forma de naranja de gran variedad de colores y una exuberante enramada. Antes habían estado en el Salón de la Teula, pero había muy poca animación. El Principal, en cambio, se encontraba prácticamente lleno, aunque ─al igual que en la Teula─ el número de bailadores era bastante superior al de bailadoras. No por ello faltaban las habituales filas de jóvenes sentadas como si de un batallón de frívola apariencia se tratara, con las manos sobre las rodillas o con los brazos cruzados, muchas acompañadas de su madre, mirando quién entraba o salía, analizando los disfraces, comentando el colorido, controlando las parejas que danzaban, emperifolladas con sus mejores galas, con el deseo de agradar y con la esperanza de encontrar un buen mozo, de posibles.

Se acercaron a un grupo de muchachas que, en corro, rozagantes, animadas, reían y parecían divertirse. Se trataba de la hermana de Esclafit, Isabel, y sus amigas, entre las que figuraba Beatriz, hija de Gonzalo Gisbert, dueño del bazar El Barco, el más relevante comercio local, en el que podían encontrarse toda clase de artículos de quincallería, cristalería, peletería, joyería y perfumería. Al bazar del señor Gonzalo acudían las más distinguidas familias, incluidas las más conservadoras, pues de todos eran sabidas sus simpatías por los republicanos, pero sus productos eran de muy buena calidad y su oferta no tenía parangón con las demás tiendas. Ya hacía años que formaba parte del selecto grupo de los principales contribuyentes y, aunque a gran distancia de los Vicens, Blanes, Vidal o Albors, disfrutaba de una desahogada posición.

―¿Te gusta, Beatriz, eh?

Esclafit se había percatado de que Samuel no dejaba de mirar a Beatriz, que a sus veinte años era una esbelta joven, de pálido cutis, ojos claros y mirada dulce, luminosa y cándida, que revelaba un carácter tímido y reservado, aunque sociable y franco. Con su pelo castaño peinado de bucles alrededor del rostro, coronado por una especie de diadema de terciopelos negros, y un vestido de raso estampado en tonos verdes y amarillos con encajes de algodón, su presencia no pasaba inadvertida. Destacaba entre el grupo de las amigas de Isabel y no faltaban moscones a su alrededor.

―No digas bobadas.

―Si llevas todo el rato contemplándola como si fuese una diosa del Olimpo. ¿Se dice así, no?

―Bueno, sí, es realmente linda, pero el amor y las mujeres solo traen complicaciones. El amor es un hilo cuyos dos extremos sujeta la mujer. Con él puede ahogarnos.

―¿Eso lo has leído o es tuyo?

―¿Y qué más dará?

La carcajada de ambos fue interrumpida por Isabel, que se había acercado a decirle a su hermano que se ausentaban un rato. Iba a acompañar a Beatriz a casa, habían vuelto las malditas jaquecas que periódicamente mortificaban su cabeza, las cuales, por consejo médico, combatía con las entonces muy populares píldoras Holloway, a base de ruibarbo y otras hierbas medicinales, que para muchos constituían el mejor medio de alcanzar el paraíso en la tierra.

―Creo que a ella también le gustas ─comentó Esclafit al advertir que, a pesar de la migraña, Beatriz dirigía a Samuel la última mirada antes de salir del teatro.

―Anda, vámonos, de aquí ─dijo Samuel.

―Es pronto, aún no han dado las doce. ¿Dónde quieres ir?

―Vamos al café del Gato.

El café del Gato había sido inaugurado un par de meses antes y presumía de ser el más moderno de Alcoi, con un amplio salón de techos pintados con motivos florales, arañas y colgaduras, estucadas paredes con relieves dorados, grandes espejos de marco igualmente dorado, una veintena de mesas rectangulares de mármol, una docena de otras más pequeñas y redondas y diez bancos con respaldo forrado de terciopelo rojo, el mismo que revestía numerosas sillas. Cinco candelabros de aceite colgaban del techo y proporcionaban una brillante iluminación. Su estupenda vajilla de porcelana de China ─suministrada, cómo no, por el señor Gonzalo─ y la fina cristalería hacían de él un café del que pocas ciudades españolas podían presumir. Poseía, además, dos espacios, más reducidos, en los que se ubicaban una sala de billar y otra con refrescos donde practicar juegos de cartas como el tresillo. El café del Gato era el lugar en que los partidarios de la República celebraban el carnaval ese año. Su dueño era demócrata y todo el mundo sabía que el establecimiento era un santuario republicano, aunque visto desde fueran nadie lo diría. Lo suntuoso de la decoración, los vestidos y galas que exhibían sus parroquianos rivalizaban en esplendor con los más espléndidos trajes que pudieran contemplarse en el Casino del Círculo Industrial.

―¿Al Gato? No sé, Samuel… Claro, como tú vas hecho un pincel. Pero mírame a mí.

―No seas bobo. Monllor insistió en que nos pasáramos por allí.

―Vamos, pues. Así luces tu traje nuevo.

El café del Gato estaba esplendorosamente decorado para los días de Carnaval. En la antesala, los chorros de un surtidor formaban vistosos juegos en medio de un jardín artificial, las paredes se habían revestido de damascos y muselinas de verdes follajes y decorado con coronas y flores, y el suelo cubierto por una gran y tupida alfombra. Unos cuantos músicos de la banda local La Primitiva interpretaba una serie de rigodones cuando llegaron Samuel y Esclafit. No abundaban las máscaras, pero las que había eran lujosas y selectas. Podía verse un grupito de damas del siglo XVI, otro de aldeanas francesas, una comparsa de militares prusianos, algunas manolas y varias molineras; poco que ver con la comparsa de ciegos que hacía broma de la miseria o los disfraces de gitanas, valencianas y beatas del Principal.

Fue Botella el primero que les vio entrar. Les saludó cordialmente y les invitó a pasar. Con él, unos cuantos peripuestos caballeros charlaban animadamente, aunque más bien cabría decir que voceaban, la música y la algarabía era tal que prácticamente tenía uno que desgañitarse para hacerse oír. No importaba de todos modos, de lo que exteriorizaban los contertulios ─todos con una copa en la mano─ se desprendía que se ocupaban de cuestiones banales y todo eran risotadas, palmadas en la espalda y otros efusivos y achispados gestos. Botella les presentó a los que no conocían personalmente. Les ofrecieron una copa de champán. Era la primera vez que lo probaban, les gustó a ambos, especialmente a Samuel. Se encontraban algo incómodos, intimidados en medio de todos aquellos prebostes republicanos.

―Venga chicos, que parece que estéis en un velatorio en vez de en un baile. Tomad más champaña y divertíos ─Botella, bastante más animado que de costumbre, les llenó de nuevo las copas─. Aquí donde les ven, señores ─añadió dirigiéndose a los presentes─, no son el par de timoratos que pretenden hacernos ver ─y rieron todos─. Son dos bravos muchachos que a nada temen y buena muestra han dado de ello. ¿Verdad, Samuel? ─y le asió por los hombros pegándolo a su costado.

En eso se acercó Monllor, que estaba bailando un animado rigodón. Estaba sudado y un tanto desaliñado de tanto movimiento. Con la boca seca, saludaba a los dos amigos calurosamente al tiempo que pedía que les llenaran otra vez las copas. Monllor solía ser afable de trato, pero esa noche desprendía cordialidad por todas partes. Como todos.

Empezaron a sonar los valses y las polcas. La sala se llenó de parejas que seguían con mayor o menor acierto los movimientos y pasos deslizantes de los primeros y las rápidas evoluciones que requieren las segundas. Encontronazos, topetones y alguna que otra coz propinada por entusiastas lechuguinos, acompañaban miradas cambiadas y cuellos estirados.

Cuando de los instrumentos de los músicos de La Primitiva salieron las primeras notas de la Ana de Strauss, unos cuantos jóvenes formaron círculo alrededor de una hermosa muchacha que evolucionaba en el centro sintiéndose el foco de atención de todas las miradas, aunque puede que ninguna tan penetrante como la de Samuel, ensimismado desde que la joven dio los primeros pasos. Se trataba de Anita Garrigós, hija de don Armando. Lucía un vaporoso vestido azul de glasé con bordados en seda e hilos dorados que se movía con la inexplicable gracia de su meneo a una y otra parte. Su sedoso pelo moreno resaltaba una tez blanca, casi nacarada, como correspondía a las señoritas de buena sociedad; sus rasgados y grandes ojos negros se mostraban alegres y despiertos, y la mirada y la media sonrisa de su carnosa boca rebosaban sensualidad. Al menos así la veía el abstraído Samuel. No era más guapa que Beatriz, pero algo había en ella que excedía el entendimiento de Samuel, algo arrebatador que ejercía sobre él un irresistible poder de atracción, un deseo irrefrenable de poder disfrutar más íntimamente de tanto donaire. No podía apartar su vista de Anita, tampoco lo intentaba, embelesado como estaba no era consciente que su mirada resultaba un tanto indiscreta. Anita se percibió de ello y fijó durante unos instantes sus ojos en los de Samuel con estudiada coquetería.

―¿Dónde estás Samuel? ¿Con las musarañas? ¿O tanto champaña te ha sorbido los sesos?

Monllor rompió el ensimismamiento en que Samuel estaba sumido. Estaban a punto de brindar por la República y ni siquiera se había dado cuenta.

―¡Por la República, señores! ─voceó Botella.

―¡Por la República! ─prorrumpieron los demás.

El baile estaba a punto de finalizar. Un galop hizo bailar a todos los presentes, también a Samuel y Esclafit, un enardecedor jolgorio se había apoderado de la sala. Como requería la danza, los bailadores imitaban los pasos de un caballo levantando un pie al tiempo que el otro ocupaba su lugar. Samuel ─que bailaba con la esposa de Monllor─ no paraba de mirar a todas partes en busca de aquella encantadora joven. Acabó el galop emulando los participantes un terremoto. Supuestamente, era el último bailable, pero nadie se resignaba a abandonar el local, era el primer día de Carnaval y los ánimos se hallaban enardecidos. Los músicos volvieron a sacar las partituras y una contradanza devolvió la animación, de la que no desistía ninguno de los presentes. De nuevo el frenético movimiento: hacia adelante, hacia atrás, inclinando la cabeza conforme la dirección en que se avanzaba. De nuevo el revoloteo de las faldas, el alegre colorido resultante de la mezcla de colores. Anita, sin embargo, ya había abandonado el café, si no difícilmente hubiese pasado inadvertida. Desde luego, para Samuel no.

**

―¿Tú sabes quién era la chica esa? ─preguntó Samuel a Esclafit, que por fin había conseguido que salieran de allí para ir a la Teula.

―¿Quién? ¿La que devorabas con la mirada?

―¿Otra vez con tus sandeces?

―No te enfades, pero deberías haberte visto, eras como una beata contemplando a la mismísima Virgen.

―Bueno ¿sabes quién era o no?

― Para tu desgracia sí.

―¿Para mí desgracia?

―Anita Garrigós, la hija de don Armando Garrigós. Ahí no tienes nada que hacer.

―Ya veremos, Blas, ya veremos. Anda, vamos a la Teula.

El Salón de la Teula era el más popular de cuantos celebraban los fastos del Carnaval. A cargo de la recientemente constituida Sociedad de Tejedores de la Lana, asociación de trabajadores del oficio que contaba con casi doscientos cincuenta miembros, estaba pobremente adornado ─unos descoloridos cortinajes y unas cuantas flores constituían toda su ornamentación─ y las máscaras podían contarse con los dedos de las manos. La campechanía era la característica dominante de sus parroquianos; no había champán, pero sí vino, aguardiente y coñac; unos pocos músicos, unidos por el oficio, hacían sonar los instrumentos con la fuerza de una orquesta completa.

En la Teula permanecieron hasta que el salón cerró, bailando y bebiendo. Cerca de las tres de la madrugada enfilaron hacia casa, ambos tomaban la misma dirección. En la plaza se encontraron a tres muchachos simpatizantes de los republicanos demócratas, más jóvenes que ellos, que saludaron con respeto a Samuel. Esclafit hizo broma de la situación llamando a su amigo “señorito Samuel”. Ambos reían, bebidos como estaban se desternillaban de cualquier cosa, pero la alegría se les cortó de pronto cuando vieron a Pellerot subir por la calle de San Nicolás.

―Cada vez que le veo me pongo malo. Lo cogería y le destrozaría la mano. ¡Maldito hijo de puta! ─dijo Esclafit.

―Espera un momento. Ahora vuelvo.

―¿Dónde vas?

Samuel no contestó. Esclafit temía que fuese en busca de Pellerot, pero se dirigió a los tres chicos que acababan de saludarle, les dijo algo que no pudo escuchar y les dio una indeterminada cantidad de dinero.

―¿Qué hacías?

―Nada, tenía un recado que me dio Monllor para ellos y se me había pasado.

―¿Y el dinero que les has dado?

―Eso no lo sé. Monllor me dijo que así lo hiciera.

Siguieron el camino maldiciendo a Pellerot y lamentando el poco éxito que con las chicas habían tenido esa noche.

**

Al día siguiente todo el mundo comentaba lo sucedido a Pellerot la madrugada anterior. Iba borracho y unos salvajes ─decían─ le condujeron junto al tendedero de la Casa de la Bolla y, tras golpearle en la cabeza y hacer que perdiese el conocimiento, con una gran piedra le destrozaron a golpes la mano derecha.

Alguien dijo:

―Se lo tenía merecido. Es un cabrón.

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