Capítulo VI.1

VI.1

Alegoría de la época de la Revolución de 1868 (“La Gloriosa”).

El 20 de septiembre de 1868, un grupo de republicanos federales se hallaba apostado en el local del Comité Democrático, clausurado desde enero de 1866, a escasos metros del ayuntamiento. La ansiada noticia del levantamiento contra el gobierno de Isabel II había llegado a Alcoi el día antes. Las fuerzas navales de la bahía de Cádiz, al mando del almirante Juan Topete, se habían sublevado al grito de ¡Viva España con honra! el día 18.

―¡Ahora! ─dijo Agustín Albors.

Salieron armados con pistolas, escopetas, sables, palos, horcas…, todo lo que tenían a mano, y ocuparon rápidamente la plaza. Botella, Monllor y Samuel estaban entre ellos. Samuel llevaba una libreta y un lápiz.

―Tú quédate aquí, junto al campanario, resguárdate por si hay tiros y anota todo cuanto suceda.

Por la adyacente calle de San Nicolás llegó otro grupo igualmente pertrechado y con las mismas intenciones, y un tercero hizo simultáneamente acto de presencia desde la calle Santo Tomás, en el extremo opuesto. Daban voces animando a la población a salir y a secundar la revolución: ¡Libertad o muerte! ¡Viva la soberanía nacional! ¡Abajo los Borbones! La plaza se llenó de gente. Unos músicos comenzaron a interpretar el Himno de Riego. El alcalde se vio obligado a ceder la vara y se formó una Junta revolucionaria presidida por Albors.

**

El 26, Samuel estaba en la redacción de El Diluvio con Monllor poniendo en orden las notas que seguía tomando de lo sucedido aquel día y en los posteriores, así como las noticias que por telégrafo iban llegando. El levantamiento se extendía por casi todo el país, pero no en todos los sitios con éxito. Alcoi había terminó por ser el único reducto revolucionario significativo de la provincia de Alicante, cuya capital controlaban las tropas gubernamentales. De repente escucharon un estruendo como nunca antes en su vida. Un proyectil había impactado en algún lugar de la ciudad. Inmediatamente salieron a la calle. Otra detonación de igual potencia les recibió antes de que llegaran a la plaza. Siguió otra, y otra más, y una cuarta. Se divisaba una densa humareda, todas las chimeneas de las industrias locales parecía que se habían juntado y formado una sola. La gente abandonaba las casas asustada, preguntando qué pasaba. Una mezcla de desconcierto y temor llevaba a unos a correr sin saber muy bien hacia dónde y paralizaba por completo a otros. La mayoría gritaba en medio de la confusión general. De pronto cesaron las explosiones.

―¿Es lo que creo? ─preguntó Monllor a Bernácer, que acababa de llegar y estaba tan alterado como todos.

―Lo es, amigo Monllor. Las tropas que están acantonadas a las afueras han empezado a bombardear.

―¡Maldita sea! Samuel, vuelve a la redacción, sigue con lo que teníamos entre manos. Botella y yo iremos a averiguar qué pasa.

Un par de horas después Monllor regresó hecho una furia, algo poco habitual en él.

―¿Malas noticias? ─preguntó Samuel.

―El levantamiento está triunfando en la mayoría de ciudades. Serrano no apoya a la reina, cuenta con suficientes efectivos y avanza hacia Madrid. El triunfo es solo cuestión de tiempo.

―¿Entonces?

―Lo de siempre, Samuel. Lo más sensato es abandonar la ciudad, impedir que se derrame sangre inocente, pero Albors y los suyos erre que erre, empecinados en resistir a toda costa. ¿Abandonar, huir como cobardes?, ¿con qué cara nos presentaremos luego al pueblo?, decía Albors. Al final don Anselmo ha conseguido convencerles, aunque Albors seguía reticente, pero cada vez eran más las voces a favor de irse. No seré yo quien exponga a la población a un quebranto de difícil reparación como el que consideráis que puede suceder, dijo de mala gana. Pero no debemos quedarnos quietos, extendamos la gloriosa revolución por los pueblos cercanos, añadió. Y eso van a hacer.

―¿Quiénes?

―Todos. Bueno yo, como ves, no. El periódico es también un arma en estos momentos.

―¿He de ir con ellos?

―No, ya nos informará Botella. Tú ayúdame, con la pluma también se combate. ¿Has terminado de ordenar las notas?

―Sí, pero habrá que añadir esto.

―¿Esto? No, ¿para qué?

―Siempre me ha dicho que hay que ser objetivo cuando se escribe en un periódico.

―Por supuesto que hay que serlo. Pero esto son asuntos, como te diría…, domésticos. Lo que sucede en una casa dentro de sus paredes debe permanecer, ¿no crees?

―No sé. Si es así, no lo contamos todo.

―Objetivo y neutral no es lo mismo, Samuel. Anda, vamos a seguir que tenemos mucho trabajo.

**

Cuando el día 29 ─la revolución había triunfado y la reina abandonado el país─ regresó la expedición a la ciudad, fue recibida por parte de una numerosa multitud que daba vivas a la libertad y a la soberanía nacional. Monllor y Samuel contemplaban la escena en la misma plaza de San Agustín.

―¿Ves, Samuel? ¿Ves cómo era cuestión de tiempo? Así sí, así es cómo hay que presentarse ante el pueblo, así se consigue la libertad, no repitamos la política de camarillas que tanto daño ha hecho. El pueblo está harto de la reina, de la corte y demás acólitos que consideran el país un coto vedado en el que cazar fortunas y nombramientos para crear con sus amigos una nación artificial en la que los trabajadores nunca tengan derecho a nada, solo deberes. La igualdad ha de unirnos, no la diferencia. Fíjate, mira cómo la gente enardece de júbilo.

―Sí, la gente enardece de júbilo, pero cuando empezaron a bombardear tenía tanto miedo que si hubieran entrado las tropas también las hubiera vitoreado.

―Eres incorregible, Samuel.

―¿Eso es bueno o malo?

―Pues la verdad, ahora soy yo el que te digo esa expresión que tanto repites: no sé.

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