Capítulo V.4. Primera parte

MUSEO DEL MARQUES DE CERRALBO

Tres días después, Samuel visitaba una vez más la imprenta de Bernácer, pero en esta ocasión para recoger las galeradas de El Diluvio. Lo mismo sucedió al día siguiente, y al otro, y al que siguió después. Todos los días acudía a la imprenta, varias veces, para entregar originales, llevarse las pruebas, devolverlas corregidas, recogerlas de nuevo para su final comprobación… Por lo menos cuatro veces hacía el breve trayecto que separaba la imprenta de la redacción de El Diluvio, redacción que básicamente formaban Monllor y él. El resto de las firmas del periódico era de colaboradores que redactaban artículos de opinión o divulgación en sus casas.

No llevaría un mes trabajando en El Diluvio, cuando Samuel confesó a su amigo un asunto que le concomía.

―Monllor quiere que me venga a vivir a la ciudad.

―Pues no estaría de más.

―Dice que no puedo seguir viviendo como hasta ahora, como si fuera un vagabundo.

―Tiene razón. ¿Dónde está el problema? Puedes pagarte perfectamente una casa decente, nada de esos cuchitriles del Raval. Ganas sesenta reales, bastante más que yo.

―No sé. Estoy tan bien allá arriba… Me gusta.

―Puedes seguir yendo cuando quieras. ¿O vas a vivir siempre en esa especie de chabola que te has hecho?

―No sé. No sé qué hacer.

―Yo sí, Samuel. Hazle caso a Monllor. ¿O tienes miedo?

―¿Miedo yo? ¿A qué?

―Tú sabrás.

**

Poco después Samuel se instalaba en un pequeño piso de la calle Santa Rita, la misma en la que tenía su redacción el periódico y próxima a donde vivía su hermano Sento ─que había conseguido abrir una pequeña tienda de venta de bacalao─con Teresa y María, su madre, que finalmente se fue a vivir con ellos.

―No me dirás que no estás mejor ahora.

―Más cómodo sí vivo, Blas.

―Mejor, pues.

―Más cómodo.

Don Anselmo entró en la imprenta por la puerta de atrás, la del acceso al taller. Iba a que le imprimieran papel para escribir y sobres con su nombre, pero quería elegir el papel él mismo. Nada de esos papeles que se hacían a máquina y que, decía, pueden servir para limpiarse el culo y poco más. Él quería el papel de tina de siempre, el de hilo hecho en molde pliego a pliego. Encontró a Bernácer pegado a la puerta, de pie, recostado contra la pared, junto a la pequeña puerta, entreabierta, que comunicaba el taller con la tienda.

─ ¿Qué hace ahí tan meditabundo, amigo Bernácer?

Bernácer esbozó una media sonrisa.

―Escuchando a los muchachos.

─ ¿Qué muchachos?

―El chico que tengo como dependiente y su amigo, el ayudante de Monllor. Me gusta oírles hablar. Son espabilados, listos, puede que Samuel más, pero a la vez tan cándidos… Lo hago a veces. Sin que se enteren, claro.

―¿Samuel es el joven ese de los librillos de Reig? ¿El que traficaba con ellos y por el que intercedisteis tú y Monllor para que este dijera que no los había robado, que contaba con su permiso para venderlos sin ser verdad?

―El mismo, sí.

─ Déjame escuchar a mí también. A ver si valió la pena.

Ajenos a la presencia de uno y otro, los dos amigos seguían con sus cavilaciones.

―Sigues teniendo miedo.

―¡Ya estás otra vez con el miedo! ¿A qué? ¿Miedo yo a qué?

―A cambiar.

―¿Qué quieres decir?

―A vivir como decías que nunca lo harías.

―Yo nunca he dicho eso.

―¿Cómo que no?

―Como que no. He dicho, digo y lo diré siempre, que nunca trabajaré en una fábrica, nunca.

―Ni a las órdenes de nadie, decías también.

―Pues eso.

―¿No estás ahora a las órdenes de Monllor? ¿No trabajas para él?

―No es lo mismo. ¿Qué tiene que ver eso? Monllor es un buen hombre.

―Y Bernácer. ¿Y qué?

―Que no es igual, Blas, que no.

―Es trabajo.

―¿Te acuerdas de cuando el martinete te chafó la mano? ¿Te acuerdas? ─Esclafit asintió con la cabeza─. Yo también me acuerdo perfectamente de cuando el hijo de puta aquel de Pellerot casi me mata de una paliza. ¿Recuerdas que alguien hiciera algo por nosotros? ¿Alguien dijo siquiera una palabra? Todos con la cabeza gacha, mirando al suelo. A mí no verán nunca en una fábrica, no quiero saber nada ni de los amos, ni de los encargados ni de los que les siguen como perritos falderos. Es más, no entiendo que nadie lo haga, que se someta de esa manera, que calle y obedezca en toda circunstancia. Eso es lo que yo digo.

―Necesitan trabajar para comer. ¿Qué van a hacer? ¿Morirse de hambre?

―Quitarles a los otros lo que les han quitado a ellos. ¿Cómo se han hecho ricos Blanes y tantos otros que tienen ahora fábricas? Son más, muchos más. No lo entiendo.

―Simplificas demasiado, Samuel.

―¿Tú sabes quién era Guisambola?

─ ¿Quién?

─ Guisambola, el curandero al que le llevaba hierbas de la Mariola. Murió la semana pasada.

─ ¿Y qué tiene que ver en todo esto?

─ Guisambola me contaba cómo las máquinas empezaron a dejar a la gente de los pueblos sin trabajo, y la gente se rebotó contra ellas y las destruyeron.

―¿Cuándo fue eso?

―Hace años ya, unos cincuenta creo.

―Pero las máquinas siguen ahí, hay en todas las fábricas.

―Eso mismo le dije yo. Y él me contó que los engañaron y compraron otras. Intentaron romperlas también, pero la segunda vez que fueron a por ellas eran menos hombres que antes, y luego pasó otra vez lo mismo y ya prácticamente nadie se opuso.

―¿Y qué quieres decir?

―Nada, pero no entiendo que, siendo tanto el perjuicio, al final acabaran todos aceptando las máquinas y trabajando en ellas.

―¡Joder, Samuel! La gente ha de vivir… Es que tú le das demasiadas vueltas a las cosas.

Don Anselmo creyó oportuno salir en ese momento de la conversación.

―Eso es bueno, muchachos, darle vueltas a las cosas, nunca hay que aceptar argumentos que no se entiendan en su totalidad. Para los actos de fe ya están los curas con sus argucias.

Esclafit y Samuel se turbaron al verle. Su sola presencia imponía respeto, con su larga barba blanca que le daba aspecto de persona respetable, digna y cabal, íntegra, sabia. No decían palabra.

―Pero, bueno ─prosiguió don Anselmo ante el silencio y la falta de reacción de ambos─ ¿así defendéis vuestras ideas? ¿Quedándoos callados como muertos ante alguien que, como yo, se supone tiene mayor crédito? Lo único que realmente mueve al mundo es la razón. Nunca os escondáis, no disfracéis lo que realmente creéis. La razón no es exclusiva de nadie. Eso sí, hay que apoyarla con argumentos.

Esclafit sonrió aliviado al escuchar a don Anselmo, aunque a partir de ese momento le resultó imposible articular en su mente ningún pensamiento coherente, o que a él le pareciese que lo era. Samuel, en cambio, comenzó a manifestar sus dudas con la confusión propia de quien se inicia en el intricado mundo de las voluntades humanas.

―Me han dicho que te gusta mucho leer, Samuel, y que siempre encuentras peros a todo. ¿Es así?

―Me gusta averiguar cosas que no sé, me gusta saber qué pasa y por qué pasa.

―Quiero mostrarte algo que estoy seguro que te gustará. Acompáñame a mi casa. ¿Puedo? ─preguntó don Anselmo a Bernácer.

Bernácer se encogió de hombros.

―Dile a Monllor que se viene conmigo, que ya irá después, que tranquilo, que llegará a tiempo para el cierre del periódico de mañana.

Samuel marchó con él. El trayecto era corto hasta la casa de don Anselmo, una mansión de mediados del siglo XVIII presidida por un huerto recayente a la plaza de San Agustín. Menos mal que se tardaba unos pocos minutos y don Anselmo era de paso presuroso, Samuel no sabía qué decir. Nunca había estado Samuel en su casa, ni en otra por el estilo, excepto una vez que Marieta estaba sola en la residencia de Blanes y le dejó escudriñar por los salones. El caserón presentaba un sobrio aspecto exterior pero noble, toda la fachada estaba hecha de sillares, regulares y perfectamente trabajados. Para acceder a la casa por la entrada principal había que atravesar el huerto. Los numerosos árboles frutales y los espléndidos rosales que flaqueaban la entrada dotaban el lugar de cierto aire amigable, aunque a la casa de don Anselmo entraba poca gente, no era persona dada a los fastos ni gustaba de recepciones y festejos. La puerta principal daba acceso a un amplio zaguán que desembocaba en un gran salón, carente de adornos, en el que predominaban los azulejos de las paredes, amarillos y verdes, decorados con motivos florales, de los que colgaban cuadros de temas mitológicos y de desnudos. Grandes cortinas de terciopelo, también verdes, tupidas, cubrían enormes ventanales desde los que se divisaba, desde lo alto, el cauce del río Molinar, lleno de fábricas y batanes. Desde allí Samuel se entretuvo, mientras don Anselmo solucionaba una cuestión doméstica a instancias de uno de sus criados, contemplando un paisaje que conocía sobradamente pero que nunca había percibido desde la perspectiva en que se hallaba en aquellos instantes. ¡Qué pequeño parecía todo, qué animoso! Las caballerías, los carros cargados de trapos, lana y telas de colores, arriba y abajo, cruzándose los que llevaban la materia prima con los que transportaban los tejidos para su secado. Riadas humanas iban o regresaban de cumplir su jornada laboral. A esa distancia era imposible advertir en sus rostros el cansancio de quienes no volverían a pisar el camino hasta el día siguiente o la resignación y desgana de los que ya estaban en el día siguiente, el abatimiento de unos y otros. Sin embargo, la situación no se prestaba a engaño a no ser que uno quisiera engañarse a sí mismo, no era necesario ver lo que los rostros reflejaban, era suficiente con mirar el modo en que se movían, despacio, lentamente, cansinos, tanto los que iban a las fábricas como los que regresaban la ciudad. Solo alguno que llegaba tarde iba aprisa, y algunos niños que todavía permanecían ajenos a ese mundo del trabajo y por el trabajo a pesar de formar parte ineluctable del mismo.

Alrededor del salón se abrían diversas dependencias y dos escaleras laterales que daban paso al entresuelo y la planta noble. Regresó don Anselmo, que se disculpó por haber hecho esperar al muchacho, lo que le azoró aún más. Una de todas aquellas puertas ─habría cinco o seis─ era totalmente distinta a las demás, más pequeña, más sencilla, tapizada en rojo.

―Anda, ven ─le dijo don Anselmo─. Aquí encontrarás respuesta a todo. O a casi todo, no seamos pretenciosos.

Abrió la puerta y le invitó a pasar. Samuel jamás había visto tantos libros juntos, se quedó boquiabierto. Unos armarios desde el suelo hasta el techo con estantes llenos de libros llenaban las cuatro paredes de la sala. Allí debía estar todo lo que se sabía de todas cosas que se conocían, no sabía qué decir, ni tampoco qué hacía en casa de don Anselmo rodeado de libros de todas las clases y tamaños, espléndidamente encuadernados la mayoría.

―Puedes venir cuando quieras ─manifestó don Anselmo.

Acto seguido llamó a su mayordomo y le dio instrucciones para que, estuviese él o no en casa, a Samuel se le franquease en todo momento el acceso a la biblioteca.

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