Capítulo V.3

V.3

Se encontraba en Alcoi por aquellas fechas el célebre narrador de aleluyas Alemon Tilí, el héroe de aucas lo había bautizado la prensa local. Pintadas en grandes cartelones, diversas viñetas explicaban sucesos históricos relevantes y abordaban principalmente temas pintorescos, morales, sentimentales o sangrientos. Alemon iba cantando de memoria lo representado en cada recuadro, histriónicamente, enfatizando los pasajes más morbosos o todo aquello susceptible de captar la atención de los espectadores. Se colocó aquel domingo junto al arco que había al lado del teatro. En un pequeño pilón dejó atado al perro que siempre le acompañaba mientras duraba el espectáculo. Sin él no era nada desde que perdiera la vista casi por completo hacía años.

Sin que se diera cuenta Alemon ni ninguno de los presentes ─y si alguien se apercibió hizo como que no vio nada─ unos jovenzuelos se llevaron al perro y colocaron en su lugar, atado con la misma cuerda, otro que habían encontrado muerto. Al tirar Tilí de él y ver que no se movía, comenzó a dar gritos de exasperación y apenado se acercó al animal, que estaba tieso, frío. ¿Cómo es posible?, se preguntaba. Acarició su pelaje y enseguida se dio cuenta del cambiazo. ¿Dónde está mi perro? ¿Qué habéis hecho con él malditos rufianes?, exclamaba con ira. Los asistentes a la función de Tilí ya habían marchado, los pocos que quedaban ─entre ellos los responsables de la tropelía─ reían. Devolvedme a mi perro, ¿qué voy a hacer sin él?, suplicaba gimoteando.

Al cabo de un rato, cuando las burlas ya no hacían efecto alguno, aquellos bribones decidieron devolverle el perro. Lo habían atado en el otro extremo de la plaza y sujetado la boca con un trozo de tela para que no pudiese ladrar y ser oído por Alemon. Desataron al animal y lo llevaron ante él. El perro no paraba de aullar. ¿Qué le habéis hecho, sinvergüenzas?, exclamó el pobre ciego. Nada, hombre, no le hemos hecho nada, aquí lo tienes. El joven que pronunciaba estas palabras sin dejar de hacer guasa trató quitarle la mordaza para que escuchase los ladridos. Sujetaba al perro fuertemente por la cabeza pero, enrabietado como estaba, se zafó y le mordió el antebrazo con saña, apretando fuertemente los colmillos. Sangraba abundantemente, de la boca del perro colgaba un pedazo de carne sanguinolenta. Maldiciendo a todos y a todo, haciendo uso de un completo repertorio de improperios, asió una barra de hierro del suelo y le propinó un tremendo golpe en la cabeza. El perro quedó tendido en el suelo, muerto. Alarmados por la nefasta conclusión de la pesada broma y el desgarrado brazo de su compañero, los jóvenes salieron corriendo al tiempo que se acercaban los curiosos alertados por el escándalo y las lamentaciones de Tilí, a quien no había manera de consolar.

**

Cuando cerraba la imprenta, Esclafit y Samuel solían ir a tomar unos vasos de vino ─siempre que les alcanzara el dinero─ a la taberna de El Chato, un sencillo y reducido local que, como el resto de los que frecuentaban los obreros, solo ofrecía vino, aguardiente, cacahuetes y altramuces. Tampoco nadie pedía otra cosa. Una vez Samuel y Esclafit preguntaron si había cerveza y por respuesta obtuvieron la carcajada de cuantos allí se encontraban.

La taberna de El Chato no era un sitio muy recomendable para según qué tipo de personas y no se veía nunca allí a nadie que no vistiera un ajado pantalón de paño y una gastada blusa. No había mucha gente, nunca había mucha gente, cuatro desarrapados muertos de hambre algunos de los cuales apenas podían sostenerse por sí mismos, aunque todavía era pronto para eso. Unas pobres lámparas de aceite alumbraban la estancia, poco mayor que cualquiera de las habitaciones que los presentes tenían por vivienda, de suelo terrizo y vigas pintadas de negro que armonizaban con el gris oscuro del techo, en otros tiempos blanco, como las húmedas paredes. De un par de barricas, El Chato servía con desgana vino blanco de Benimarfull o tinto de Muro, según. Por supuesto, allí estaba prohibido jugar, no se podían decir blasfemias y las riñas suponían la detención inmediata de sus contendientes. Naturalmente, nunca se cumplían ni estas ni otras disposiciones. Se hablaba poco, se farfullaba en exceso y el tema era casi siempre el mismo: el trabajo, su falta o exceso.

Los dos amigos venían ese día del trinquete. Era domingo, habían estado jugando contra dos de Algessares y ganado la partida, pues a pesar de faltarle las primeras y segundas falanges de todos los dedos de la mano izquierda, menos el pulgar, Esclafit tenía tanto acierto golpeando y colocando la pelota como precisión con la honda. Los de Algessares pagaban dos litros de vino, uno por persona, esa era la apuesta. Esclafit tomó un solo vaso y marchó, no paraba de estornudar y tenía fiebre. Continuaron bebiendo los tres, acompañando el vino de unos cacahuetes, los altramuces se habían acabado. Empezó a llover, con fuerza. Un hombre entró en el local en ese mismo momento, al parecer para resguardarse del chaparrón. Por eso a nadie le extrañó su presencia, pues pocos se veían por allí vestidos de traje, con sombrero y bastón. Aunque fuera, como es el caso que nos ocupa, un viejo traje de paño negro ya desgastado de tanto uso, era un traje, evidente rasgo distintivo de posición social. Pidió un vaso de vino y se sentó en una mesa, junto a la entrada.

En otra mesa, un par de metros más allá, otros tres jóvenes, ataviados dos con blusa negra y con blusa azul el tercero, llevaban un buen rato bebiendo. Estaban en esos momentos en que la ebriedad desinhibe y saca al exterior lo previamente concebido en el ánimo, daban voces y se interrumpían constantemente. Aunque no se entendía bien lo que decían, era evidente que hablaban de lo ocurrido a Tilí, se mofaban de sus gestos cuando desesperado buscaba a su perro. Uno de ellos se quejaba de que por culpa del mordisco un tal Lloret ─o puede que dijera Llorens─ igual perdía el trabajo, tenía el antebrazo destrozado y tardaría en recuperarse. ¡Maldito perro!, dijo uno de ellos.

Samuel se levantó de pronto del taburete, se acercó al deslenguado joven, lo agarró del pelo con una mano al tiempo que con la otra sujetaba fuertemente la muñeca de su brazo derecho doblándolo sobre la espalda y sin decir palabra lo echó a la calle, a empujones. Luego se volvió y dijo a los atónitos compañeros de aquel: Los perros valen mil veces más que vosotros. Uno de ellos se levantó dispuesto a enfrentarse con él, pero la resuelta actitud de Samuel, la bizarría y decisión mostradas, la manera en que se quedó mirándole fijamente a los ojos ─parecía penetrar hasta lo más recóndito de sus entrañas─, su serena imperturbabilidad, le intimidó. Sacó una navaja y permaneció unos instantes de pie, frente a Samuel, tratando de aguantar su aguzada mirada. Se le veía indeciso. Su amigo se levantó también ─le costó, demasiado vino─ y le dijo algo así como que marcharan de allí, que no valía la pena buscarse la ruina por un perdonavidas como aquel. Salieron del local no sin lanzar a Samuel rencorosas miradas y algún que otro insulto. Samuel seguía impasible, sin moverse un ápice del centro de la taberna. Luego se dirigió a El Chato.

―Esta la pago yo. Vosotros ─a los pelotaris de Algessares─ ya lo haréis otro día. Y, si no, da igual.

Dejó sobre el banco cinco reales y abandonó la taberna con pasmosa serenidad. Nadie dijo nada. Acto seguido, el hombre trajeado abonó su consumición y se fue tal como había llegado, sin decir palabra. Ya no llovía. Apenas había luz, un único farol de aceite iluminaba el trayecto que transcurría en paralelo al río Barxell, en la zona en que se ubicaban los tintes. Oía pasos tras él, la misma cadencia que los suyos. O alguien llevaba el mismo camino o, simplemente, le seguía. Se detuvo y giró la vista atrás.

―¿Quién anda ahí? ─exclamó.

―Tranquilo, Samuel.

―¿Cómo sabe mi nombre? ¿Quién es?

Avanzó el desconocido hasta situarse bajo la farola para que pudiese verle bien y vencer así sus reparos, o temor, si tenía. Un par de metros les separaba.

―Solo quiero hablar contigo.

―¿Y qué quiere de mí?

―Me llamo Rigoberto Monllor. Dirijo El Diluvio. Siento gran aprecio por Bernácer y busco ayudante. He visto tu reacción en la taberna y creo que la buena opinión que Bernácer tiene de ti no carece de fundamento.

―Pero usted me seguía. ¿Por qué? ¿Por qué no ha venido de cara?

―No me has dado tiempo, muchacho. Ha sido casualidad. Yo me dirigía a casa y te he visto con Blas. Él sí sabe quién soy, voy mucho por la imprenta. Allí se imprime El Diluvio. Habéis entrado en la taberna y al poco me dicho: ¿no buscas a alguien que te eche una mano con el periódico? Me acordé entonces de lo bien que me habló Bernácer de ti, di la vuelta y entré a la taberna. Además, estaba lloviendo. Blas ya se había marchado, enseguida comenzó el altercado, tú te fuiste y yo marché tras de ti. Eso es todo.

―¿Quiere que le ayude en el periódico? ¿Yo? ¿Haciendo qué? Yo no sé nada de esas cosas.

―Aprenderás pronto. Si Bernácer dice que eres un chico listo y espabilado es que lo eres.

―Ya, ¿pero qué tendría que hacer en el periódico?

―De momento poca cosa. Corregir galeradas…

―¿El qué?

―Las pruebas de la imprenta, que no haya faltas. Eso y encargarte de las suscripciones y los anuncios, repasar las noticias que llegan de las agencias… Te familiarizarás enseguida con la tarea, ya verás. Más adelante, si te apetece, podrás también redactar artículos y ayudarme en la dirección. Empiezo a estar mayor y todo esto es mucho ajetreo para mí.

―Así que he de hacer poca cosa.

―De momento.

―Y me pagará poco. Si poco he hacer, poco me pagará, ¿no?

―Sesenta reales. No es mucho, pero es cuanto puedo ofrecerte.

―¿Sesenta reales? Mi hermano Sento gana menos en la fábrica. ¿Por qué?

―Me parece justo.

Samuel frunció el entrecejo.

―Bueno, piénsalo. Mañana me acercaré a la imprenta a última hora. Si decides aceptar la oferta allí te espero.

―Vale.

Samuel no dijo nada más. Se quedó mirando a Monllor, su entrecejo seguía fruncido. Monllor sonrió y se fue.

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