Capítulo V.2

V.2

Samuel siguió bajando casi todos los días a la ciudad, sus trapicheos lo requerían. Al igual que antes, pasaba horas y horas con Esclafit en la imprenta, pero ahora este le enseñaba a leer y a escribir. Esclafit le comentaba que si antes se hubiera interesado por aprender el incidente que le llevó a la cárcel no se habría producido. Claro, igual yo mismo hubiese podido hacer un permiso de esos falso, razonó Samuel.

Una vez despertó en él el deseo de saber, consciente de que para ello era necesario aprender antes, se aplicó de tal modo que el mismo Bernácer reconoció no haber visto en su vida caso igual. Mostró tener Samuel una excelente capacidad memorística y una gran agilidad mental. Primero en la escuela nocturna para pobres, a la que no dejó de ir un solo día hasta que consideró que tanta charla sobre religión, moralidad y buenas costumbres le quitaba tiempo para lo más importante: entender qué decían todos aquellos libros que se almacenaban en las estanterías de la imprenta de Bernácer. Había tantos que ahora deseaba descifrar… Eso era lo que hacía: descifrarlos. Sabía ya leer pero entendía muy pocas cosas de lo que los libros decían. Convino con Esclafit que a partir de entonces solo él ─y si este no alcanzaba el nivel de conocimiento requerido para ello estaba Bernácer─ le ayudaría en su formación.

Se desesperaba cada vez que una puñetera palabra, alguna ─por si fuera poco─ de difícil pronunciación, aparecía de pronto en medio de una frase. No podía avanzar, naufragaba en aquel mar de palabras en que hasta entonces, no sin dificultad, navegaba. Las anotaba en una libreta para que Esclafit le explicase el significado, pero Esclafit no podía saberlo todo y Bernácer no siempre estaba disponible. Se ayudaban de un diccionario, pero a veces la definición complicaba más las cosas. Superadas las primeras decepciones, Samuel acabó comprándose un diccionario y consultando por su cuenta, la mayoría de las veces, cuantos vocablos desconocía sin avanzar en la lectura hasta entender bien la frase. Solo entonces pasaba a la siguiente y no le importaba volver atrás.

En unos meses comenzó a leer con soltura. Aquella enciclopedia de Mellado en que Esclafit buscaba cuántas estrellas caben en el cielo le llamaba poderosamente la atención y le sirvió para iniciarse. Le encantaba buscar entre sus páginas, cogía un tomo cualquiera, lo abría al azar e iba pasando la vista por las distintas entradas. Se detenía en aquellas cosas cotidianas de las que, por corrientes, nunca se había preguntado por su origen, entradas como chimenea, luz, papel, tela… También en otras que cuyo significado empezaban a popularizarse por entonces. ¿Sabías ─preguntaba a Esclafit─ que en Londres se consumen al año más de veinte mil arrobas de cerveza? Se interesó igualmente por lugares, países y ciudades, próximos o remotos, la mayoría extraños o exóticos para él. ¿Sabías que los chinos comen ratas y gusanos y escriben con un pincel? Cada vez que algo le llamaba la atención lo comentaba con Esclafit.

Leía también novelas, las que había en la tienda y Bernácer le aconsejaba. Bernácer permitía que se llevase los libros que quisiera. Eso sí, de uno en uno y tratándolos con sumo cuidado. Sentía especial predilección por las novelas históricas y las de aventuras. Así leyó Ivanhoe, de Scott; El último abencerraje, de Chateaubriand; La bruja, de Vicente Salvá; El hombre invisible o las ruinas de Munstershall, de Pérez Rodríguez; María, la hija de un jornalero, de Ayguals de Izco, y otras muchas que exaltaban la romántica idea de liberación del individuo, la nobleza de sus protagonistas y las consecuencias que por ello padecían de poderes ocultos, de índole esotérica unas veces y política otras.

Luego, igualmente aconsejado por Bernácer, se adentró en obras de más complejidad o cuyo contenido requería mayor reflexión. Algunas de ellas novelaban sucesos de gran trascendencia de los que Samuel ni había oído hablar. Le impresionó sobremanera Las ruinas de Palmira. “Todos los hombres son iguales en el orden de la naturaleza”, decía. La libertad y la igualdad resultaban ser atributos del hombre y cada uno era dueño de su persona. No andaba errado, pues, cuando decidió que quería ser un “alma libre”, pensó.

De todo esto, y más, conversaba tardes enteras con Esclafit y Bernácer, mientras este último componía el ejemplar de El Diluvio que debía salir la mañana siguiente. Samuel había pasado en poco tiempo de la curiosidad al interés, de la anécdota y el dato puntual a la cavilación sobre las ideas que daban cabida a minuciosas descripciones y precisas fechas. Bernácer se sentía orgulloso de la evolución de Samuel, de la que, no sin motivo, se consideraba partícipe. Esclafit había aprendido a leer y a escribir mucho antes que él, en cambio su nivel de comprensión y raciocinio distaba leguas del de su amigo. Tan satisfecho estaba Bernácer que se deshizo en elogios hacia quien consideraba su pupilo ante Monllor cuando acudió a llevarle las pruebas del periódico.

A sus diecisiete años, Samuel no era alto ni bajo, un chico del montón, eso sí, de aspecto saludable y vigoroso que lucía un lozano aspecto a causa del color tostado que había tomado su rostro, casi siempre expuesto al sol. ¡Qué distinto a los de la mayoría de los muchachos de su edad que pasaban la mayor parte dentro de talleres y fábricas!, siempre pálidos y con enfermiza expresión. Si no fuera por los andrajos que vestía, podría haber pasado por el hijo de cualquier preboste local, aunque un poco escuchimizado. En este aspecto no difería de los demás chicos, aunque era puro nervio, siempre inquieto, no paraba un segundo. Al mismo tiempo se le veía seguro de sí, resuelto, atrevido. Su movimiento de manos era firme y decidido, y cuando escuchaba daba la impresión de estar interesado en cualquier tema del que se hablara, aunque la expresión de su rostro no siempre se correspondía con ello, pues hablaba de acuerdo con lo pensaba más que con lo que hubiera que decir. Una espesa mata de pelo ─rasgo que compartía con su hermana─, negro y crespo, enmarcaba unos ojos marrones y pequeños, pero de gran viveza, que cuando se animaban lanzaban relámpagos. Una penetrante e incisiva mirada revelaba invariablemente su orgullo. Mas la mayor diferencia a favor de Samuel radicaba en su apego y constancia por saber, su perspicacia y su gran facultad de comprensión, como bien había podido constatar Bernácer.

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