Capítulo V.1

V.1.CAP

El de 1866 fue un verano sofocante. Una vez más, todo el mundo hubiese agradecido ver el cielo cubierto de nubes y escuchar el martilleante ruido de las gotas de agua contra el suelo. Era preferible pisar el molesto barro que llenaba las calles cuando llovía a respirar el invisible polvo que flotaba en el aire. La falta de lluvias ─ese año ni siquiera hicieron acto de presencia las acostumbradas tormentas de finales de agosto─ había secado los dos principales ríos que daban energía a las fábricas. La sequía preocupaba a unos y otros. El Diluvio publicó a principios de septiembre un artículo que registraba los años secos desde la década de 1820, nada menos que nueve. Hacía ya dos o tres que las lluvias seguían presentándose en los habituales momentos de siempre. Así pues, tocaba ya, otra vez. La gente sabía de la periódica y pertinaz presencia de las sequías y sus consecuencias: paralización de las fábricas, escasez de alimentos, miseria, más miseria, bandadas de operarios por las calles abatidos, buscando cualquier oportunidad de ganar unos reales ─legalmente a ser posible─ o mendigando de puerta en puerta, desesperados y, por tanto, dispuestos a lo que fuera para conseguir algo que comer. El estallido de un motín como los de 1855 y 1856 no hubiera extrañado a nadie. Bernácer así se lo decía a Esclafit y Samuel, explicándoles que detrás de todo ello estaba una crisis desencadenada por el hecho de que los bancos y las empresas habían apostado por el ferrocarril creyendo que sería una operación más rentable de lo que luego resultó ser y que las materias primas y los productos de primera necesidad se habían encarecido. El gobierno había tenido que recurrir a aumentar la presión fiscal y la reina, Isabel II, les decía, ni reina ni gobierna pues es títere de la política de interesadas y ambiciosas camarillas.

**

Teresa se encontraba en avanzado estado de gestación. Como Sento, llevaba tiempo sin ir a la fábrica ─la mayoría estaban cerradas─ y, en consecuencia, sin cobrar jornal alguno, fijo al menos. Teresa confeccionaba en casa librillos de papel de fumar y Sento conseguía algunos reales como albañil con un antiguo conocido suyo que se dedicaba a pequeñas obras de albañilería. Iban tirando como podían, es decir, mal.

Era frecuente en los pueblos ─los días de mercado especialmente─ la presencia de vendedores ambulantes de librillos de papel de fumar al por menor que tomaban en depósito de las fábricas. A vuelta del viaje liquidaban cuentas con el amo y se llevaban el porcentaje previamente pactado. La demanda de papel de fumar, más que disminuir con la sequía, aumentaba, había más tiempo para todo, también para disfrutar del humo del tabaco, preferible siempre al que emanaban las industrias. Quienes disponían de un buen stock de papel de fumar, generalmente comerciantes que lo habían adquirido a las fábricas para su posterior comercialización, urgían a quienes, como Teresa, manufacturaban los librillos en casa. El género se apilaba a la entrada de las viviendas, junto a la puerta, en la calle si era preciso dado el poco espacio de las mismas, a la espera de ser recogido por los responsables del encargo. Un carro pasaba a primera hora de la mañana y a última de la tarde para tal menester.

Cuando Samuel fue a llevarles a Sento y Teresa parte de los víveres que Marieta había reunido de una cena que dio don Ricardo Blanes para celebrar el éxito alcanzado por sus productos en la Exposición Universal de Londres de 1866, se fijó en el gran montón de librillos embalados a la espera de que pasaran a por ellos. Le comentó a su hermano por qué no iban los dos también por los pueblos vendiendo librillos. Replicó Sento que ya lo había intentado pero no era fácil, demasiada gente desocupada para que le tuviesen a él en consideración. Se había destacado en la protesta que unos meses antes protagonizaron los papeleros en aumento de jornal y no hacía ni un año había sido detenido junto con otros diecisiete individuos de la filà al ser sorprendidos jugando a cartas. Con esos antecedentes encontrar quien le fiase el género era una quimera.

Cuando ya marchaba, Samuel vio llegar el carro y lo siguió. Los librillos de los diversos talleres se almacenaban en un local de la Sociedad de Fabricantes de Papel sito en el Tossal. Bien entrada la noche se acercó de nuevo al establecimiento. Escondido tras unos matorrales lanzó varias piedrecitas contra la puerta y las ventanas, escuchando al poco los ladridos de un perro. Se acercó, había luna llena y pudo distinguirlo perfectamente a pesar de ser negro; su tamaño era considerable, estaba suelto y sus ladridos no eran precisamente amigables.

Regresó la noche siguiente con su carromato y con los restos de la comida, huesos principalmente, e incluso unas chuletas de cordero casi intactas que se privó de comer pues creyó que le gratificaría más si conseguía que el perro se distrajese con ellas. Y se distrajo, tenía tanta hambre que se lanzó febrilmente sobre las sobras que Samuel había ido dejando en pequeñas porciones, separadas unos metros cada una de la anterior para que el animal fuera siguiendo el rastro guiándose del olor a medida que se alejaba del lugar. En el último montoncito puso unos mendrugos de pan bien bañados en aguardiente para atontarlo. No le salió mal la operación, logró entrar por una ventana, sigilosamente, con un ojo siempre puesto en los movimientos del perro, y consiguió hacerse con un par de balas que contenían centenares de librillos.

Sento se mostró remiso a su venta por los pueblos, como le propuso Samuel, más cuando se enteró del modo que los había obtenido. No por cuestiones morales, por miedo a ser descubiertos. Pero la situación por la que pasaba no era la más adecuada para andarse con remilgos. Finalmente cedió y con un saco cargado de librillos que llevaban a sus espaldas emprendieron el que pensaban que sería un fácil y fructífero negocio. Nada más lejos de lo que aconteció.

Llegados a Benilloba, a unos diez kilómetros, la fortuna quiso que esa misma mañana se hubiese adelantado otro con la misma finalidad, con la sustancial diferencia que tenía los papeles que acreditaban la procedencia de los librillos, de la misma marca, y el correspondiente permiso del fabricante para comerciar con ellos en regla. Como quiera que el individuo a quien Sento y Samuel ofrecieron el ilícito producto hubiera comprado ya una buena cantidad de librillos a un precio bastante superior y sospechara algo, los denunció en el ayuntamiento. Un rato después el alguacil, acompañado de dos guardias, los detuvo. Esposados, fueron conducidos a Alcoi.

En la cárcel de la ciudad, en la plaza de la Glorieta, espacio que tan buenos recuerdos les traía, se hacinaban casi treinta presos, los dos hermanos entre ellos. Sento se lamentaba de su mala suerte. En mala hora se había dejado llevar por Samuel y su loca cabeza. No consiguió pegar ojo en toda la noche, desasosegado por las posibles y nefastas consecuencias de su acción. Samuel, en cambio, quedó roque recostado contra una pared. Ni siquiera los rayos del sol que se filtraban por el único ventanuco de la estancia e iban a parar a su cara le despertaron. Unos codazos de su hermano le devolvieron a la realidad. El alguacil preguntaba por ellos. Sento temía lo peor y dudaba si responder. Lo hizo finalmente y, para sorpresa suya, y de Samuel, el funcionario les reprendió por bobos. Ya hubieran podido decir antes que contaban con el permiso de don Nicolás Reig, el dueño de los librillos El Porvenir, los mismos con los que pretendían comerciar. Uno y otro no entendían nada. El alguacil les increpaba, no había visto caso igual, menudo par de cretinos, si por él fuese bien que pasarían allí otra noche.

Desconcertados por lo sucedido, y atribuyéndolo ─no sin elucubrar previamente numerosas hipótesis a cual más improbable─ a un error, marcharon de allí raudamente, no fuese que el alguacil se apercibiese y saliese en su búsqueda. Por si acaso, Sento decidió pasar un par de días en el refugio de Samuel. Nadie preguntó por él en esos dos días, en que por fin ─la tarde del segundo─ empezó a llover. ¡Bendita confusión! En cuanto amaneció fue a la fábrica un tanto temeroso, no las tenía todas consigo. Pero ─sorpresa de nuevo─ al día siguiente, a no ser que la borrasca emigrara a otros lares, y por el estado del cielo no parecía ser esa su intención, le dijeron que podría regresar al trabajo, ya estaban limpiando las máquinas. Suerte, pensó Sento, ¡menuda suerte!

Anuncios

Un pensamiento en “Capítulo V.1

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s