Capítulo IV.3

IV.3

Muchas eran las horas que Samuel y Esclafit pasaban juntos, la mayoría de ellas en la imprenta. Hablaban de todo y de nada, y Esclafit siempre mostraba tener con sus argumentos unos conocimientos superiores. ¿Y tú cómo sabes eso?, preguntaba intrigado Samuel cuando hacía referencia a otros momentos del pasado u otros lugares del mundo. Esclafit le animaba a que aprendiera a leer y a escribir. Recordaba que Bernácer le dijo en su momento que lo consideraba un chico listo y espabilado pero necesitado de formación. Y él estaba convencido de que su amigo era más listo y espabilado todavía.

Los planes de Samuel ─sin otro horizonte que el día a día─ no contemplaban dicha opción, pero la curiosidad a veces nos conduce a sitios a los que no iríamos voluntariamente y a vivir situaciones que no esperábamos. Tantas eran las bondades que Esclafit atribuía al entendimiento de la letra impresa que una tarde que estaban juntos en la imprenta ─había nevado y Samuel se quedaría allí a pasar la noche─ este, queriendo ponerle a prueba, preguntó: A ver, tú qué dices que los libros lo saben todo, ¿cuántas estrellas hay en el cielo?, ¿cuántas caben? Esclafit empezó a rebuscar en unos libros que había en un estante. Cogió la Enciclopedia moderna de Francisco de P. Mellado, pasó rápidamente las páginas de un tomo, de otro, buscó la palabra cielo y se puso a leer en voz alta.

No pudiendo distinguir los primeros hombres las formas aparentes de las reales… ─saltó unas líneas y prosiguió mientras decía “ahora, ahora, esto”─ Las estrellas eran luces que se encendían todas las noches para alumbrar sus pasos y adornar la bóveda celeste que el sol había abandonado. Finalmente, este astro era un ser poderoso y misterioso, benéfico y terrible a la vez, que se levantaba todas las mañanas del seno de los mares, de que parecía hallarse rodeada la tierra, para volver a sumergirse por las tardes

Se detuvo. Samuel se impacientaba.

―¿Pero qué demonios dices? ¿Y las estrellas? ¿Cuántas son?

―Espera, lo estoy buscando ─y siguió pasando páginas─. Aquí, aquí, escucha ─dijo al poco exultante, pues no sabía si dichos datos estarían en el libro─. Las estrellas que se perciben a la simple vista no pasan de tres mil, pero con el telescopio

―¿Qué es un telescopio?

Esclafit se lo explicó y siguió leyendo.

―…con el telescopio se alcanzan a ver más de setenta y cinco millones. ¿Ves?

―Ya, pero no dice cuántas hay.

―¿Cómo que no? Setenta y cinco millones, te lo acabo de leer.

―No, esas son las que podemos ver, no las que hay.

Bernácer escuchaba la conversación desde la parte posterior del establecimiento, donde se ubicaba la imprenta propiamente dicha. Ajenos a su presencia, los dos amigos proseguían su trascendental charla junto al pequeño mostrador tras el cual había varios estantes con libros y objetos de papelería. Gratamente sorprendido por las palabras de Samuel, salió y sin darles tiempo a reaccionar tomó otro libro de las estanterías, un Compendio de geografía universal y leyó en voz alta: ¿Puede determinarse el número de las estrellas fijas? No, porque su inmensa distancia de la tierra nos oculta una infinidad de ellas; sin embargo, se ven con la simple vista de tres a cuatro mil.

―Ya veis, no se puede saber el número de estrellas que hay en el firmamento, es demasiado grande, tanto que escapa a nuestras ideas y concepción.

Aunque Samuel no había visto nunca a Bernácer y el rostro de su amigo reflejaba cierta incomodidad por su súbita aparición, preguntó resuelto al tanto que un tanto decepcionado.

―Cada uno dice una cosa. ¿No hay manera de saber cuántas hay?

―No por ahora.

―¿Por ahora?

―Sí, muchacho, por ahora. La ciencia no ha encontrado todavía la manera. Los telescopios son más potentes y precisos, nada tienen que ver desde que Galileo…

―¿Quién es Galileo? ─preguntó de nuevo ante la complaciente mirada de Bernácer.

Le contó muy resumidamente quien fue y la importancia de sus descubrimientos, entre los que se encontraba el telescopio, aunque antes, precisó, en Flandes…

―¿Qué es Flandes?

No había forma de avanzar en la explicación, pero a Bernácer la circunstancia, lejos de molestarle, le impulsaba a seguir. Había conseguido despertar la curiosidad de Samuel. Sus constantes interrupciones así lo mostraban. Pacientemente contestó cuantas preguntas le hizo el chico, edulcorando algunos comentarios y revistiendo otros de gestas nunca acaecidas para seguir manteniendo vivo su deseo de conocer. Su discurso mantenía en todo momento la idea de que la ciencia es la base del progreso, pues si la humanidad había avanzado se debía a las aportaciones y los descubrimientos de hombres sabios, generalmente altruistas y de firmes convicciones. Samuel fruncía la frente mientras. De su gesto, muy característico en él cuando se detenía a examinar algo nuevo que le decían, se desprendía cierto aire dubitativo.

―¿Por qué quieres saber el número de estrellas que hay en el firmamento? ¿Por qué te interesa tanto?

Samuel levantó los hombros.

―Las miro, me gusta mirar las estrellas, y quiero saber cuántas hay.

―¿Y qué más da que haya tres mil o la cantidad que sea? Bueno, sí, para satisfacer tú curiosidad. Eso está bien, pero no es suficiente. Si miras siempre el mismo cuadro acabarás aborreciéndolo, a no ser que cada día descubras cosas nuevas.

―¿Quiere decir que me cansaré de mirar las estrellas? Son muy bonitas, me gustan.

―No, chico, no es eso. Pero ¿no crees que el placer de contemplarlas será mayor si no nos conformamos con lo que parece ─enfatizando la pronunciación del vocablo─ y tratamos de averiguar más, de saber, de podernos responder a las preguntas que nosotros mismos nos hacemos? Eso, muchachos, sí es un verdadero placer, el de conocer, el de saber… Imaginaos que todos los días os cuentan la misma historia, ya sabéis el final, no hay emoción alguna, pero pensad ahora que podéis intervenir en su desarrollo y desenlace, que el final depende de vosotros, ¿no la seguiríais con mayor atención? Pues lo mismo.

Samuel se acordó en ese instante de las incontables veces que peinaba la sierra Mariola en busca de plantas medicinales. Se entusiasmaba al hallar una especie nueva, es decir, una que no conocía, pero ello no le hacía abandonar la empresa, antes al contrario incrementaba su curiosidad e incluso le impacientaba no saber cuál era el verdadero relieve de la hierba que había “descubierto”. Lo primero que hacía al entregársela a Guisambola era preguntar por su uso, para qué servía la hierba en cuestión.

―El que cree que su libertad depende de otro, sea hombre o sea dios, no disfrutará jamás de ella ni conocerá lo que es. La ciencia nos hace libres, el conocimiento y comprensión de lo que nos rodea es el único camino para alcanzar la libertad, la fraternidad y la igualdad de las gentes. La ciencia, muchachos, la ciencia es el verdadero progreso. Solo así seremos espíritus libres.

Con su sentencia, Bernácer consideró que era suficiente, lo último que deseaba era embotar la cabeza a aquellos dos jóvenes. Para sorpresa de ambos, manifestó estar al tanto de las ocasionales pernoctaciones de Samuel en la imprenta. Trató Esclafit de disculparse. Bernácer no le dejó. Es más, dijo que no le importaba. Les dio una botella de coñac medio llena y se despidió con satisfecha sonrisa.

―A las nueve en punto quiero esto abierto y limpio, ¿eh? ─advirtió a Esclafit antes de abandonar el local.

Prosiguieron los dos amigos lucubrando sobre las últimas palabras de Bernácer, que no habían terminado de comprender, entre sorbo y sorbo de coñac.

―¿Tú me enseñarías a leer? ─preguntó finalmente Samuel a Esclafit.

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