Capítulo IV.2

IV.2

A sus diecisiete años Marieta era una joven agraciada y doña Mercedes estaba muy contenta de sus servicios. Consideraba su timidez una preciada cualidad y admiraba su constancia y resolución en el trabajo. Por ello, al enterarse que le suministraba comida a Samuel a escondidas no la riñó y consintió que siguiera haciéndolo; es más, le dio en un par de ocasiones ropa usada de su hijo mayor, tres o cuatro años mayor que él. Marieta se preocupaba por su hermano y lamentaba que anduviese por ahí como un vagabundo, le animaba a volver a casa, pero Samuel se cerraba en banda y afirmaba preferir la forma de vida que había decidido llevar. Nada ni nadie podría hacerle cambiar de idea, tampoco su madre, a quien Marieta consiguió que fuera a ver al cabo de unas semanas sin saber nada de él. María recriminó la actitud de su hijo, no entendía su rotunda negativa a volver a trabajar en una fábrica.

―Trabajar no depende de uno, solo los holgazanes no trabajan. A nadie nos gusta, pero no hay otra solución.

Samuel seguía en sus trece.

―Acabarás siendo un vicioso, o en la cárcel. ¿Qué vas a hacer sin trabajar? Busca otra cosa que no sea en una fábrica.

―Mira tu amigo Esclafit ─apostilló Marieta.

―¿Y qué le pagan? ─dijo Samuel─. Una miseria. Y porque ha tenido mucha suerte. Yo quiero ser libre.

―¿Libre? ¡Ignorante! Eso es lo que eres: un ignorante que no cree en nada. Terminarás mal, Samuel, hazme caso. Ya verás tu padre cuando le digas lo que piensas, si es que piensas algo.

Pero su padre no le dijo nada, por la sencilla razón de que no volvieron a encontrarse. Meses después, un día de mayo del siguiente año, iba a ver a su madre. Le llevaba cerezas. Vio una caja de madera de pino totalmente desnuda apoyada en la pared y a su lado un hombre, el enterrador. En ese momento salían de la casa María, Sento y Marieta, acompañadas de Salvador, el hermano de Vicent. Este último y Sento cargaban con un cuerpo inerte envuelto en un basto lienzo que hacía las veces de mortaja. Era el de su padre, habían tenido que bajarlo a pulso pues la caja no podía pasar por el hueco de la escalera. Unos días antes había enfermado de neumonía y una pleuritis acabó con él. Tenía cuarenta y cinco años y los pulmones reventados por el polvo de los trapos, la constante inhalación de cloruro y la impura y asfixiante atmósfera de la fábrica. El exceso de horas trabajadas, la mala alimentación, la falta de sueño y de descanso, la monotonía de una existencia ocupada en tareas penosas sin más objetivo que sobrevivir al día siguiente, por supuesto no eran ajenos.

En eso llegó el cura con un par de monaguillos. Con uno a cada lado y portando una cruz, se puso al frente del cortejo, reducido a María, Marieta. Samuel, que se había sumado a la comitiva, Sento y Salvador, además del sepulturero, cargaron el ataúd sobre sus hombros. Menos mal que Marieta pudo localizar a Salvador, de lo contrario ─a no ser que algún vecino no tuviese nada mejor que hacer y les echase una mano─ tendrían que haber buscado a alguien y retribuirle con uno o dos reales, lo que sumado a los dos que cobraba el enterrador y los veinte de la caja ─existía una caja común para quienes no pudieran adquirir una, pero María quiso que su marido al menos tuviese algo en propiedad aunque fuese una vez muerto─ suponía un elevado dispendio para ellos, todo ahorro era bueno.

Marcharon en silencio, afligidos, sorteando las caballerías que a esas horas cruzaban las calles expeditivamente. Durante el regreso del cementerio María se lamentaba de su suerte. Sento se había casado con Teresa poco después de mostrarle sus intenciones aquella noche de fiesta en la Glorieta y trasladado con ella a otra habitación en la vecina calle del Piló, Marieta vivía en casa de doña Mercedes por decisión de esta, que satisfecha con su proceder amplió sus responsabilidades y prácticamente gobernaba la casa, y Samuel seguía en las mismas, nada de trabajar en una fábrica.

**

Andaba Samuel por entonces ocupado en unos de los muchos menesteres con que trataba de ganarse unos reales. Desde que obtuviese aquellos cuatro reales que le dio Farinetes por ayudarle a recoger las cerezas, no dejó de trampear en cuanto se le ocurría o se le presentaba. Recogía leña de los cercanos montes del Carrascal para las fábricas, esparto para un alpargatero vecino de Farinetes que por su edad no estaba ya para muchas caminatas, hielo de la cava de Coloma para quien se lo pidiese en la ciudad y plantas medicinales para un curandero.

Esta última era posiblemente la tarea que realizaba con mayor agrado, le permitía conocer hierbas de las que ni siquiera había oído hablar. Cuando veía alguna que no sabía qué era llevaba una muestra para que Guisambola, que así se llamaba el curandero, averiguase su importancia, y de ese modo supo que la ruda y el romero macerados con aceite eran buenos para las heridas, que la malva con miel resultaba eficaz para combatir la pulmonía, la hierba de san Juan para las heridas o la ortiga negra para la tos y para depurar la sangre. Aprendió a recogerlas, la temporada óptima de cada una, dónde estaban y qué propiedades tenían, y aunque con el tiempo olvidaría la mayoría de sus nombres y aplicaciones, siempre recordaría como un agradable pasatiempo su búsqueda en pos de aquellas hierbas que Guisambola convertía en pócimas y brebajes para remediar las más diversas dolencias, incluso las del alma.

No fueron estos los únicos trabajos que realizó Samuel. Algunos fueron menos gratificantes por duros y pesados, otros dieron resultados en absoluto previstos. Así recorrió durante un tiempo la Senda dels Pescaters con café y aguardiente para venderlo a quienes con sus carros transportaban bacalao y sardinas desde La Vila Joiosa a Alcoi, pero los beneficios eran escasos.

**

Se estaba construyendo la carretera entre Alcoi y Alicante y los tres puentes proyectados sobre el barranco de la Batalla se hallaban muy avanzados. Por la noche, atento siempre a que nadie pudiera descubrirle, Samuel cogía sillarejos y ladrillos ─pocos siempre, para que no se notara la falta de lo sustraído o se considerara la acción “obra de chiquillos”, algo sin más trascendencia─ los cargaba en su carretón y luego los vendía, nunca todos a la misma persona. No lo descubrieron, pues viendo una noche, o pareciéndole que había visto, alguien apostado junto a uno de los pretiles del puente, desistió de su acción y no volvió más. Fue también por las ventas ofreciéndose para cualquier tipo de encargo ―en la de Falcó necesitaban un mozo para servir las mesas, pero eso era un trabajo fijo de muchas horas y sujeto a la autoridad del dueño; lo rechazó―, recogió trapos viejos, vació pozos ciegos, pegó pasquines…, una retahíla de ocupaciones que hacía con mayor o menor gana, pero siempre en libertad, o al menos eso significaba para él la ausencia de alguien por encima suyo que le dictase lo que tenía que hacer sin explicaciones y de malos modos.

Vivir a su aire era la meta de Samuel, que cada vez entendía menos la resignada aceptación con que la mayoría de la gente sobrellevaba su acontecer. De su experiencia deducía que prácticamente no existía diferencia alguna en cuanto a lo obtenido por el trabajo fuera o dentro de molinos, talleres y fábricas. Eran muchos los días que no ganaba un solo real, pero eso también pasaba en las fábricas cuando sobrevenía una sequía, cuando no había demanda e, invariablemente, durante siete u ocho semanas en marzo y abril y otras tantas en octubre y noviembre al suspender parcialmente sus actividades los establecimientos fabriles y los numerosos tejedores a mano que seguían instalados en el interior de la ciudad por ser el periodo en que los fabricantes de paños hacían las muestras para la venta por medio de viajantes. Hasta que no se contaba con suficientes pedidos, no se reanudaban las operaciones en toda su extensión. Casi todos los trabajadores disponían de vivienda, si es que así se podía llamar al reducido habitáculo cochambroso y nauseabundo en que, a veces sin separación alguna mediante tabiques, convivían todos los miembros de una familia o de más. Bien mirado, la especie de cabaña levantada por Samuel con sus propias manos era tan vivienda como la de cualquier otra familia obrera. Casi todos los trabajadores también comían, pero poco más que vegetales y salazones, y a veces ni eso. Samuel se alimentaba de cuanto podía coger del campo y de lo que le suministraba Marieta. Hasta carne tenía en alguna ocasión. En cuanto al vestido, no era mucho mejor el de sus hasta hacía poco vecinos del Raval ¡Si hasta tenían que empeñar las enaguas y los pañales!

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