Capítulo IV.1. Segunda parte

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Samuel hizo de aquel alejado rincón, ajeno a razones defendidas a base de golpes y gritos, su hogar. La vieja caseta ─que ahora podía usar sin temor, contaba con el consentimiento de su dueño─ le servía de abrigo por la noche. Pasó el verano y con la llegada del otoño las temperaturas comenzaron a descender. Allá arriba la dureza del tiempo era mayor y, llegado el mes de octubre, las heladas eran frecuentes, había mañanas que amanecía sobre un manto de escarcha. Despertaba hecho un ovillo, tiritando de frío, lo que, por otra parte, no era en absoluto una sensación desconocida para él. Las peras, sin embargo, agradecían la natural inflexión del tiempo y estaban listas para ser recolectadas. Samuel se dedicó a vaciar las ramas de frutos y pronto acumuló gran cantidad, un montón casi tan alto como él. Los perales estaban bien cargados ese año. ¿Cómo se las llevaría a Farinetes? No había previsto el detalle cuando con afán y mucho empeño empezó a atesorarlas cual bien preciado que eran; le supondrían unos reales y la confianza del dueño de los perales. Se había portado bien con él y no deseaba defraudarle, al fin y al cabo era el amo de aquel pedazo de tierra que empezaba a sentir como suyo.

El primer molino en dirección a Alcoi era el del Morró, que elaboraba papel de estraza y otros de escasa calidad. Samuel debía pasar necesariamente por delante del mismo cada vez que subía o bajaba los cuatro kilómetros que lo separaban de la ciudad. Como en el establecimiento en el que hasta hacía unos meses había estado empleado, se servían de unos carretones de madera para transportar tanto la materia prima como el producto acabado. El domingo se acercó sigilosamente al molino. Estaba cerrado. Varios carretones se hallaban apartados, recostados sobre uno de los muros principales, cubiertos con un tosco y grueso lienzo de cáñamo, sucio y rajado. Dio unos gritos preguntado si había alguien allí. Nadie respondió. Esperó un rato y luego cogió la tela ─le serviría para resguardarse de las bajas temperaturas─ y las ruedas de uno de los carretones para montarlas sobre una tabla de madera medio quebrada que días antes había encontrado. Ningún problema. La suerte le sonreía. Las peras llegarían a su destino recién cogidas del árbol y ganaría unos reales más. Con ellos compraría unos zapatos, su mayor necesidad en aquellos momentos.

El frío, no obstante, era su gran preocupación. Sabía perfectamente de sus rigores, lo había sufrido en casa, en la fábrica y, especialmente, esas madrugadas de tenebroso recuerdo con lluvia, nieve y viento en que el aturdimiento lógico era considerado mera ineptitud y en las que daba igual estar dormido que despierto. O no, mejor dormido. En cambio, ahora, distinguía el día de la noche y durante esta pensaba cosas que hacer la mañana siguiente. Cada momento era distinto, cada situación única. Colores y formas tenían otra dimensión, pues eran otros los ojos que las contemplaban aun siendo del mismo dueño. Incluso las estrellas parecían más firmes y estables y de un fulgor cenital casi imposible. Mientras el tiempo lo permitió, Samuel vivió hermosas noches contemplando las estrellas. Se preguntaba cuántas estrellas tendría el cielo, cuántas cabrían en él.

Acondicionó como pudo y supo la arruinada caseta de mampostería, de la que solo quedaban en pie dos agrietadas paredes y parte de una tercera; el techo se había hundido hacía tiempo. Empezó por seleccionar piedras de entre los escombros en función de su tamaño y, siguiendo intuitiva y rudimentariamente la técnica de la piedra seca, de la que nunca había oído hablar, levantó un pequeño muro de casi metro y medio de altura. Con hojas, cañas y ramas, y aprovechando unos travesaños que cruzaban de una a otra parte el espacio entre los dos muros que quedaban en pie, fijados los maderos en ambas esquinas y formando un triángulo, cubrió la parte que daba al cielo. Puso varios atados en horizontal, paralelos unos con otros, apoyados en los travesaños, los sujetó con trozos de una gruesa cuerda de esparto que había recogido por ahí y luego añadió otra tongada de atados, en vertical con respecto a la que ya había armado, y otra más en sentido opuesto, y tapó todo ello con paja, hojas, piedras y restos de argamasa. No le salió mal, pues cuando el frío comenzó a arreciar con toda su crudeza, y más cuando el viento se encargó de extenderlo a todo el cuerpo hasta llegar a los huesos, pudo comprobar que su elemental construcción era un buen refugio para resguardarse de las inclemencias del tiempo. Incluso en los días crudos apenas notaba diferencia alguna respecto al gélido ambiente de su casa. Además, si la severidad del tiempo era tal que imposibilitaba llevar a cabo incluso las tareas más básicas ─así cuando nevaba o caía una tempestad─ su amigo Esclafit le dejaba dormir en la imprenta de Rogelio Bernácer, impresor y republicano exaltado del círculo de don Anselmo.

Poco después de que Pellerot le echara a cajas destempladas, Esclafit encontró trabajo como dependiente en una tienda de licores en la misma calle donde se hallaba su domicilio. Se las arreglaba bien a pesar de sus dedos mutilados. Uno de los habituales de la tienda era Bernácer, gran aficionado al coñac. Esclafit era un muchacho campechano y afable, curioso, que escuchaba boquiabierto las cosas que Bernácer, apasionado de la historia, le contaba acerca del pasado de su ciudad. Hombre de arraigados valores liberales, dotado de un gran espíritu, animó a Esclafit a que aprendiese a leer y a escribir y luego lo empleó en la imprenta. Tomaba, como podía, nota de los encargos y vendía papel para cartas, sobres, albaranes, sellos, cuños… y, por supuesto, libros de toda clase ─muchos de ideas progresistas, tratados, diccionarios, enciclopedias…─ y revistas.

No olvidaba Esclafit el gesto de Samuel, hay cosas que la memoria no abandona y quedan en ella fijadas a perpetuidad. El aprecio que uno sentía por el otro era recíproco y Samuel mostró a su amigo el escondrijo que pacientemente había confeccionado. Nadie más que Esclafit sabría con exactitud dónde se hallaba y qué hacía Samuel allí.

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