Capítulo III.3

III.3

“Hip, Hip, Hurrah!” (1888). Peder Severin Krøyer.

La casa de Blanes era una de las más lujosas y ostentosas de la ciudad. Ricas alfombras, cornucopias que pendían de las paredes, suntuosas arañas colgadas del techo, cortinas de damasco, blondas de terciopelo, candelabros de plata, espejos y cuadros, dejaban bien patente ─en su exceso y fastuosidad─ el poderío de su dueño.

Aunque el comedor era posiblemente la pieza más suntuosa de la casa, el buen tiempo empujó a doña Mercedes a montar la cena con que Blanes celebraba el inicio de la feria con la flor y nata local en el jardín. Fue copiosa, llenándose la mesa, entre otros manjares, de pasteles de carne, galantina de pollo, cordero y pichones asados, embutidos, fiambres, queso, todo regado con buen vino tinto elaborado en la zona con uva Monastrell. Se decoró la mesa con floreros con artísticos ramilletes y ricos candelabros. Seis mujeres ─entre ellas, Marieta─ se encargaban de servir los suculentos platos sobre un mantel de hilo bordado con motivos florales. Cubertería de plata, vajilla de porcelana pintada a mano, vasos y copas de cristal tallado y filete dorado, merecían el elogio de los presentes. Don Ricardo Blanes no cabía en sí de gozo, hinchado como estaba de vanidad. Todo eran alabanzas.

Terminada la cena, los comensales se dirigieron al fondo del jardín. Junto al invernadero y frente al estanque se había instalado un pequeño escenario en el que dos señoritas, hijas de acaudaladas familias, interpretaron al piano varias piezas a cuatro manos.

Samuel y Esclafit contemplaban desde fuera el ambiente que reinaba en la mansión de Blanes. No eran los únicos apostados en la parte trasera del edificio, lindante con el jardín y recayente al camino de la Riba, a cuyos pies se veían las fábricas encajadas en el valle que forma el río Molinar. Un buen número de curiosos fisgoneaba a través de la verja que rodeaba el jardín y entre la exuberante vegetación qué hacían los invitados, cómo vestían, qué comían, trataban de adivinar qué se decían, de qué temas hablaban, qué les hacía reír, conscientes que, a pesar de la verja que les separaba, era lo más cerca que estarían de un acto social de ese tipo.

Samuel tenía un ojo en cuanto allí dentro sucedía y otro en la pequeña puerta situada junto a ellos, de acceso para el servicio y los proveedores. Esperaba la señal de su hermana. Había convenido que cuando empezase el baile acudiría a recoger las sobras que Marieta consiguiese juntar. Pasaba el tiempo y Samuel comenzaba a impacientarse, sobre todo porque Esclafit no paraba de machacarle con preguntas del tipo ¿estás seguro de que ha de salir por ahí?, ¿no se habrá olvidado?, ¿y si no viene?…, y así todo el rato. Y es que Blas tenía hambre, más de la habitual. Se le hacía la boca agua solo de pensar en las viandas que les esperaban. Fuesen las que fuesen, siempre serían más y de mejor calidad que lo que acostumbraban a comer cada día.

Al poco la puerta se entreabrió y asomó un pañuelo blanco. Era Marieta, y el pañuelo blanco la señal que con Samuel había convenido. Envueltos en papel de estraza llevaba unos pedazos de pollo y de cordero, un par de pichones a medio comer, un poco de queso, embutidos y pan. En una tosca tela de cáñamo había más de lo mismo. No le había resultado fácil escamotear tanta comida. Las sobras solían repartirse siempre entre los criados una vez que doña Mercedes diese el correspondiente permiso, pero si esperaba hasta ese momento debería atenerse al tanto que le tocase y sabía que sería menor que el que abarcaban sus intenciones.

―Lleva a casa el bulto más grande, el de tela, ¿eh? Llévalo sin falta ─insistía Marieta, temerosa de que los dos muchachos diesen buena cuenta a ambos; por falta de ganas no sería.

Apresuradamente, preocupados porque les descubrieran o porque alguien pudiese quitarles tan importante botín, temiendo que todo fuese un sueño tras el cual una vez más estarían como siempre, sin nada, ansiando al mismo tiempo abrir el paquete y examinar su contenido, Samuel y Esclafit descendieron por el camino de la Riba y se sentaron junto a una fuente, un poco apartados para que nadie les viera.

―¡Mira!

Esclafit blandía en su mano un muslo de pollo, entero, sin tocar, aunque por poco tiempo, pues raudo dio un mordisco al mismo con toda la boca que dejó el hueso al descubierto.

Samuel trató de emular la acción empuñando una paletilla de cordero que parecía haber sido acometida por un sádico que disfrutase de lo lindo torturándola cruelmente, pues del hueso colgaban mollas hechas trizas en las que no se apreciaba mordedura alguna.

Al eufórico momento de destapar el gratificante paquete, siguieron los ¡Mmmmmmmm!, ¡Niiiiiiamiiiii!, ¡Hummm! y otras onomatopeyas que evidenciaban el placer que sentían. En un santiamén el papel de estraza que servía de envoltorio a aquellas delicias parecía estar listo para empaquetar cualquier otra cosa.

Saciados, atiborrados, se dirigieron a casa de Samuel a llevar el resto de la comida que había conseguido Marieta y, aunque aquel le había asegurado que no tocarían el paquete, lo cierto es que no pudieron resistirse a coger un poco más de queso. De camino pasaron por la Glorieta. El baile, muy concurrido, estaba a punto de finalizar, pero el entusiasmo y la animación seguían por doquier.

Tomaron luego la calle de San Nicolás en dirección a la plaza de San Agustín para, desde allí, llegar al cuchitril que ocupaba la familia de Samuel, a escasos quinientos metros de la mansión de Blanes. Comenzaban a mezclarse grupos de jóvenes que regresaban del baile con otros que salían de los cafés y tabernas. No eran pocos los borrachos que daban tumbos y apenas se tenían en pie. La embriaguez transformaba a los más audaces en asustadizos y a estos en protagonistas de inauditas extravagancias. Algunos la vivían sosegadamente ─como el tío Raimundo, que se sentó en la acera a esperar que pasara su casa por allí─ pero una buena parte se encontraba más a gusto en la provocación y la agresividad.

Por aquellos momentos los invitados de Blanes abandonaban la casa. Elegantemente vestidos ─traspasando muchos la frontera del ridículo─, eran presa fácil de burlas y trastadas. Unos jóvenes festeros con acompañamiento de guitarras se pusieron a entonar ─es un decir─ canciones ofensivas a su moral y costumbres: A ta mare l’han vista en el barranc de l’Assut, amb les cames obertes ensenyant el parrús…

Al serles recriminada su actitud por algunos señores de alto copete, intensificaron sus cánticos y palabras soeces. Algunos más se sumaron a la bulla y hubo uno, a quien infructuosamente trató de identificar más tarde don Ricardo, que hizo el ademán de sacarse el miembro y hacer como que iba a mear a las emperifolladas damas.

Contagiados por la algazara, Samuel y Esclafit quisieron dejar también su impronta. El primero miro a Blas y dirigió inmediatamente la vista a uno de los faroles de aceite que iluminaban la calle. Esclafit sacó enseguida su honda, puso una piedra en la tira de crin de la misma, extendió el brazo derecho ─cuya mano la agarraba fuertemente─, apuntó y… ¡cataplúm! El vidrio del farol se hizo añicos, la llama se apagó. Alguien gritó ¡Sinvergüenzas! Samuel y Blas echaron a correr calle abajo.

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