Capítulo III.1. Segunda Parte

 

2

Poco después del tañido de campanas que anunciaba las cinco de la madrugada Vicent despertó a Samuel.

―Vamos, arriba, levanta.

―¿Qué pasa? ─preguntó el chico.

―Son más de las cinco. Espabila.

―Pero si yo…

―¿Tú qué, mala cabeza? Tú vendrás conmigo hasta el molino y seguirás luego hasta el Racó del Cirer. Desde allí hasta aquí tienes muchos en los que buscar trabajo.

Marchó Samuel con su padre, como aquella primera vez. Le costaba caminar, estaba quejumbroso, le dolía todo el cuerpo, más aún que el día anterior. Vicent no aflojaba el paso y si Samuel se quedaba atrás le apremiaba para que cogiese de nuevo el suyo. Entró en el molino en que ahora trabajaba y le dijo al chico que ya sabía qué tenía que hacer. Samuel subió hasta donde se ubicaba el primer molino e inició el camino de vuelta preguntando en cuantas fábricas hallaba a su paso si necesitaban a alguien. La respuesta fue siempre negativa.

No sabía muy bien qué hacer y se dirigió al Racó de Sant Bonaventura en las faldas de la sierra. Se tumbó bajo una gran chopera. Se estaba bien, lejos de todo y de todos, se respiraba un aire limpio y fresco, el olor a tierra era una grata novedad, tan distinto al del polvo o el del fango, bien conocidos. Tampoco el del rocío ─perceptible aún en la umbría─ tenía nada que ver el de la humedad de las fábricas y de su casa. Nuevos eran el olor a romero, tomillo y salvia, y las sensaciones que le acompañaban. Nunca había escuchado el silencio, al menos un silencio que no aguardara respuesta, ni el traqueteo de las ramas de los árboles, ni el ruido del agua al nacer del manantial, como los que brotaban en el cercano paraje de Els Canalons, un congosto con elevados y rocosos picachos que para Samuel fue todo un descubrimiento. Se estaba bien allí. Las aguas del río habían tallado riscos y erosionado rocas, conformando así un bello paisaje rodeado de pinos y sauces. Pequeñas lagunas, charcas, saltos, se sucedían a lo largo del cauce, cuyas paredes estaban repletas de oquedades y recovecos. Las aguas limpias nada tenían que ver con las que atravesaban la ciudad, ya contaminadas de las fábricas situadas en cotas más elevadas, a las que se vertían las aguas residuales y otras inmundicias. Pasó el día recorriendo el lugar, no paró un momento, se sentía excitado y necesitaba explorar aquel hermoso rincón. Vadeó trozos peligrosos para llegar a partes de difícil acceso que le llamaban la atención teniendo que sujetarse de las rocas, metiendo los dedos de manos y pies entre sus hendiduras.

Cuando quiso darse cuenta, empezaba a anochecer. Había sido el día más breve de su corta vida, que recordase por lo menos. Debía regresar. A medida que se acercaba a casa su olfato percibía un olor que le molestaba cada vez más. Por primera vez sentía la desagradable hediondez que advertía enseguida cualquier extraño que se adentrase en el Raval, un olor fétido, nauseabundo, el olor de la suciedad, del abandono, de la miseria, de la necesidad, el mismo olor en todas las esquinas, en todas las viviendas, en paredes y objetos. Su madre también olía. Eso le pareció al menos al llegar a casa, luego se olvidó.

**

A las cinco de la mañana del siguiente día Vicent despertó de nuevo a Samuel. La noche anterior había llegado demasiado bebido para reñirle como, a su juicio, merecía.

―Hoy irás al Molinar. Empiezas en los molinos de arriba y sigues hacia abajo. Apáñatelas como puedas, pero no se te ocurra volver sin faena.

Samuel se dirigió al nacimiento del río y preguntó en la primera fábrica. A continuación, en los dos batanes contiguos y en la inmediata hilatura. No había puesto para él. Ni para él ni para los demás chicos que se acercaban a los establecimientos textiles con la misma intención. La industria textil había iniciado el definitivo proceso de mecanización y apenas necesitaba más brazos. La del papel estaba en auge con los librillos y, de hecho, muchas fábricas textiles se reconvertían en papeleras, mas la demanda de trabajadores era insuficiente.

Tras obtener otro no por respuesta en el siguiente molino, se detuvo junto a la higuera que había junto al mismo. Pasaban unos minutos de las siete de la mañana y ya brillaba un sol radiante, ni atisbo de nubes ni movimiento alguno del aire. El agua que caía por el espectacular salto que movía las fábricas del curso medio del río parecía más diáfana que nunca, casi como la de Els Canalons. El ruido que hacía al caer acallaba el de las máquinas, artefactos, encargados y obreros. La espuma blanca que se formaba aumentaba el atractivo del lugar, ya bello de por sí. La luz parecía haberse puesto de acuerdo en resaltar la hermosura de lo natural y dejarla muy por encima de lo humano, el día amanecía luminoso y la atmósfera daba la sensación de estar límpida, cristalina. Era una clara invitación a la vida, entendió Samuel, que observó las fábricas y las vio más monstruosas que nunca. Se fue a Els Canalons. Nunca más trabajaría en una fábrica, ni a las órdenes de nadie, decidió.

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