Capítulo XXI.1

XXI.ISamuel regresó a Alcoi a finales de 1907 tras dejar Nueva York un par de meses antes, después de un nuevo triunfo de Camila en el suntuoso New Amsterdam Theatre: el estreno de The Merry Widow, como se tituló en inglés la famosa opereta de Lehár La viuda alegre. Faltaban unos pocos días para las Navidades, se presentó sin previo aviso.

Con Camila y William había recorrido varias ciudades de los Estados Unidos durante la gira de su hija por los principales teatros líricos norteamericanos, entre ellas Boston, Filadelfia y Chicago, ciudades todas, le parecieron, en manos de grandes egos y caprichosos multimillonarios para quienes cualquier cosa era posible. ¡Pero si en Chicago habían conseguido nada menos que invertir el curso del río! Aunque se hubiera reconciliado consigo mismo, Estados Unidos seguía pareciéndole el país de la exageración y la desproporción. Volvía a añorar “su” Montmartre. Era el momento de regresar, pero antes debía pasar por Alcoi y zanjar los asuntos que dejó en manos de Esclafit, Iborra y Hendrik veinte años antes. No es que le preocuparan sus pocas posesiones que allí conservaba y, por las cartas que recibía de su amigo, todo marchaba bien, o razonablemente bien. Sus motivos eran ante todo de orden interior, sentía que los años que le quedaran por vivir iban a ser una extensión de su momento presente, pocos cambios, o ninguno, esperaba, ni de su proceder ni del acontecer.

Alcoi había cambiado. Había crecido y extendido sus límites más allá de los, hasta unos años atrás, insalvables barrancos. Los veinte años que Samuel había permanecido alejado de la ciudad que lo viera crecer se plasmaban, además, en la construcción de notables edificios modernistas en las calles más céntricas, en la apertura de nuevos teatros, cafés y lugares destinados al ocio. Las transformaciones eran evidentes, solo una cosa permanecía prácticamente igual: las condiciones de vida de los habitantes del Raval y demás zonas obreras, los mismas agotadoras jornadas laborales, los mismos míseros salarios, la misma escasa y mala alimentación, la misma pobre manera de vestir, la misma mala calidad de los materiales con que se construían sus viviendas. Ningún cambio apreciable encontró Samuel cuando se adentró de nuevo en las calles del Raval acompañando a Rafael Iborra, el médico pariente de Monllor, que seguía denunciando en el periódico de Esclafit ─que había cambiado su cabecera por Amanecer─ la triste condición de los trabajadores alcoyanos y al que financiaba los gastos derivados del consultorio que mantenía abierto justo enfrente de donde tuviera su sede la Internacional, pocos por otra parte, pues poca era la clientela a pesar de la gratuidad.

Conoció a Rosa, maestra de la escuela que había montado Hendrik a cuyo cargo estaban los métodos pedagógicos a seguir, los contenidos de las materias que se impartían y su adecuación a la normativa que los regulaba. De su probada eficiencia y sobresalientes dotes didácticas le había hablado por carta Esclafit, también de su afable carácter y de su fuerte sentido de compromiso hacia los demás, incluso de su agraciado físico y de sus gustos y deseos. Y es que Esclafit y Rosa llevaban ya varios años casados, ella en segundas nupcias. Rosa sintió la vocación de ser maestra una vez enviudó, cumplidos ya los treinta años. El prematuro fallecimiento de su marido ─un inquieto fotógrafo que se despeñó por un barranco cuando, al alba, trataba de fotografiar la salida de los operarios de las fábricas del Molinar─ cambió la fortuna de Rosa, que se hallaba embarazada y tuvo un aborto natural a causa del disgusto por el que le tuvieron que hacer un legrado que la dejó estéril. Puede que su propensión al magisterio surgiera para compensar la falta del hijo que ansiaba, tal vez para superar la soledad. Vendió el estudio de su marido, unas pocas tierras que heredó y, asegurada la subsistencia, se puso a estudiar magisterio.

Sin embargo, Esclafit no le había contado toda la verdad. Las cosas van bien, le decía, aunque alguna vez añadió algo así como pero podrían ir mejor. Mas siempre se despedía con palabras animosas y encomiables a labor que gracias a él llevaban a cabo en favor de los más necesitados.

Nunca le reprochó Samuel a su amigo que actuara de ese modo. A fuer de ser sinceros, incluso podría decirse que no se sorprendió.

¡Vaya ejemplo de viuda!, empezaron a decir de ella cuando se puso estudiar magisterio.  Ni un año había transcurrido de la muerte de su marido y ya estaba de acá para allá. Pasaba la mayor parte de la semana en Alicante, donde acudía a la Escuela Normal de Maestras. O eso decía, ¡a saber que haría! Pronto todo el mundo la consideró una viuda alegre, pero a diferencia de la protagonista de la obra de Lehár, Rosa no era escandalosamente rica, ni rica siquiera. Claro que Alcoi tampoco era París, o Viena. Su reputación se vio seriamente afectada y su moralidad cuestionada. Por si faltara poco, no acudía a la iglesia y la radicalidad de sus ideas, sobre todo en cuestiones relativas a la enseñanza, en las que estaba muy influenciada por el pensamiento de Ferrer i Guàrdia, era mayoritariamente criticada por impropia de una maestra.

Su encendida defensa de una escuela laica, mixta y gratuita, no le facilitaba precisamente las cosas a la hora de encontrar trabajo o alumnos. Conocía a Esclafit de la imprenta, solía acudir a comprar o encargarle libros. Esclafit era un hombre atento que la trataba con respeto y consideración. No es que hubieran llegado a intimar, pero, siendo ambos de carácter franco y abierto, sí mantenían amigables charlas. Un día Rosa le manifestó su preocupación por las enormes dificultades que encontraba para poder llevar a cabo su profesión sin tener que renunciar a su manera de concebir la enseñanza. Esclafit habló con Hendrik ─que vio el cielo abierto; no era ningún experto en pedagogía y solo contaba con la ayuda de un joven maestro, muy preparado, pero excesivamente apocado─ y enseguida se incorporó al proyecto, que acabó así por centrarse en una escuela para niños de hasta doce años, pues consideraba que a partir de esa edad era ya demasiado tarde para una instrucción que enseñara a vivir en libertad y estimulara el raciocinio.

Grup d'alumnes

Grupo de alumnos de la Escuela Moderna de Barcelona (1901-1909). / Fundació Ferrer i Guàrdia.

El inmueble donde se albergaba la escuela ─que había adquirido Samuel antes de partir tras vender la casa de don Anselmo─ entusiasmó a Rosa, que hasta aquel momento solo lo había visto por fuera. Consideraba de suma importancia que hubiera espacio para el recreo de los alumnos y que las barreras que separan necesariamente toda obra arquitectónica del medio fueran las mínimas. Por eso hizo abrir en las paredes de aquella antigua casa de recreo en la partida del Tossal grandes ventanales y sugirió que cuando hiciera buen tiempo las clases se impartieran al aire libre. Las aulas, que únicamente se ocuparían el tiempo que duraran las lecciones, debían estar siempre bien ventiladas ─lo contrario embota los sentidos, decía─ y ser espaciosas y cómodas; las mesas, una para cada dos alumnos, y sillas las había elaborado un carpintero local teniendo en cuenta la adecuación de sus dimensiones a la de los niños. Estaba también dotada de aseos con agua corriente ─la mayoría de los alumnos eran pobres y no podían bañarse en casa─, retretes e incluso una cantina que daba de comer gratuitamente.

Aula de l'Escola Moderna de Barcelona

Aula de la Escuela Moderna de Barcelona (1901-1909). / Fundació Ferrer i Guàrdia.

La enseñanza debía comprender por ley las materias de doctrina e historia sagradas; lengua, lectura, escritura y gramática; aritmética y geometría; geografía e historia; higiene, dibujo y ejercicios corporales. Ni mucho menos las escuelas cumplían con la disposición, entre otras razones por la falta de preparación de los maestros. Rudimentarios conocimientos matemáticos ─que apenas permitían desenvolverse con una mínima soltura a la hora de ejercitarse en las operaciones propias de las cuatro reglas─ y una limitada capacidad de lectura ─aprendían a distinguir las letras, a pronunciarlas cuando formaban palabras y frases, pero desconocían la mayoría de los significados─, solían compensarse con horas “de estudio” en las aulas y un exceso de instrucción religiosa. En la escuela del Tossal sucedía justo lo contrario y no se prestaba la más mínima atención a la “doctrina e historia sagradas”, ejercitándose continua y gradualmente las actividades mentales de los discípulos, acostumbrándoles a pensar. En el recibidor figuraba impresa en grandes letras la siguiente leyenda: Quien pretenda ser un hombre libre, si es ignorante, será siempre esclavo.

A pesar de contar con las mejores instalaciones de cuantos colegios impartían enseñanza en Alcoi y ser completamente gratuita, o tal vez por esto último, el número de alumnos nunca sobrepasó la cincuentena. Entre ellos, por supuesto, ninguno de familia medianamente acomodada, menos de aquellas más acaudaladas. Prácticamente todos eran hijos de obreros, que en su mayoría acudían por la insistencia de Esclafit y otros concienciados trabajadores que, con él, constituían la junta local de la Federación de Trabajadores de la Región Española. Unos días iban más muchachos, otros menos, unas veces unos, otras veces otros. La asistencia era del todo irregular y resultaba imposible una enseñanza gradual. Los objetivos pedagógicos distaban mucho de ser los perseguidos. Sin embargo, lo más doloroso de todo era la impotencia que se experimentaba cuando un crío que mostraba aptitudes ─y, sobre todo, ganas de aprender─ dejaba de asistir de un día para otro porque el trabajo se lo impedía.

¿Y de qué comemos? ¿Con qué pagamos el alquiler? Usted lo ve todo muy bonito, muy fácil. Claro, como no le falta de nada. Métase en sus cosas, que bastante tiene con lo suyo, y déjenos en paz. Así se dirigió a Rosa el padre de uno de estos chiquillos cuando acudió a su vivienda para interesarse por su hijo. En principio estaban a solas ella y la madre, que lamentaba la situación pero manifestaba no poder hacer nada por remediarla, el concurso del jornal de su hijo era indispensable y no habían podido encontrar mejor ocupación, las cosas estaban difíciles. Sí, doce horas, eran muchas para que, rendido, desesperanzado posiblemente, sintiera ganas de proseguir los estudios. Más adelante…, decía de forma evasiva la madre. Es que el chico realmente vale, le aseguro que… Rosa insistía en la conveniencia de que, fuera como fuera, no abandonase su formación. Fue entonces cuando entró el padre, regresaba de la fábrica, una de esas grandes fábricas integradas ─en las que se llevaba a cabo todo el proceso de producción─ que dominaban ahora la industria textil. Había estado trabajando catorce horas, llegaba derrengado y su único objetivo era comer un plato de lo que su mujer hubiera podido preparar ─lo que fuera le daba igual─ y beber unos vasos de vino. Y descansar, por supuesto.

Desde el púlpito se llamó a la cordura y defensa de la moral por parte de los fieles a fin de que no llevaran a sus hijos a un centro propagador de perniciosas ideas que lejos de formar nuestra juventud la pervierte y descarría. Más de una queja se presentó formalmente ante las autoridades locales por consentir las actividades de un establecimiento que, como decía la prensa conservadora, no nos engañemos, es simple y llanamente un foco de difusión de las ideas anarquistas, que se intentan inculcar en los más indefensos, los niños, cuando todavía no tienen suficiente criterio para poder distinguir el bien del mal.

La escuela, no obstante, nunca cerró las puertas. En buena parte, la escasa asistencia hizo que la animadversión con que fue acogida su apertura aminorase en agresividad. La realidad ─mal que pesara a sus promotores─ mostraba que tanta alarma era infundada; a los ojos de la mayoría, aquello no dejaba de ser una extravagancia más. Solo había que ver quién dirigía el establecimiento: un extranjero que a saber qué le empujó a quedarse en Alcoi y una mujer de dudosa fama. También contribuyó el hecho que Anita Garrigós fuese ahora la presidenta de la Asociación Caritativa de San Vicente de Paúl. Hendrik y Esclafit hablaron con ella; se mostró más comprensiva de lo que esperaban y llegó a decir que lo único verdaderamente importante era que los niños no estuvieran por ahí, vagando. Por supuesto, nadie nombró a Samuel.

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Imagen superior: Portada del ‘Boletín de la Escuela Moderna’ (1 de julio de 1909).

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