Capítulo III.1. Primera parte

III.1

Una semana después de aquel nefasto día de 1862 en que Esclafit perdió los dedos en el martinete Samuel volvió a encontrarse con su amigo, del que nada sabía desde el fatal accidente. A la puerta de la fábrica, esperaba que salieran los del turno de noche.

―¿Crees que me darán trabajo? ─preguntó Esclafit.

―Claro que sí. Con la otra mano ─refiriéndose a la derecha, que conservaba intacta─ puedes seguir con los trapos, te ayudas con la mala ─de la que solamente quedaba completo el dedo pulgar.

La apreciación de Samuel, sin embargo, distó mucho de lo que finalmente sucedió. Cuando Pellerot le vio soltó un contrariado ¿Y tú qué haces aquí?, y sin siquiera detenerse entró en la fábrica, ni miró hacia atrás. A pesar de ello, Esclafit le siguió hasta traspasar el umbral de la puerta. Allí permaneció a la espera de que el encargado reparase en él. Desde el fondo del recinto Samuel seguía la situación atentamente, aunque sin descuidar un ápice la tarea que tenía encomendada. Un rato después, Pellerot bramó:

―¿Aún estás aquí? ¿Pero qué es lo que quieres? Todavía no se ha inventado máquina alguna para mancos. Toma ─le dio cinco reales─ y busca en otro sitio.

Como quiera que Blas cogiera el dinero pero permaneciera en el mismo lugar vociferó ¿Te vas a largar de un vez?, y de un empujón lo echó fuera. Samuel no pudo reprimir más sus instintos, necesitaba descargar la ira que sentía, manifestar ante todos los presentes su desprecio por Pellerot ─no se requerían demasiadas luces para saber que menospreciar a alguien de nada servía si no era en público─ y dejó caer al suelo una espuerta de masa de pasta de papel recién salida de la pila holandesa.

―¡Mameluco! ¡Imbécil! Vas a recoger eso con la lengua. ¡Torpe!

Samuel agarró uno de los tarugos de madera que servían para mantener plana la plataforma del martinete y lo arrojó a los pies de Pellerot, no alcanzándole de lleno de milagro. Atusó su espeso y sucio pelo, recogió el talego con el sustento del día ─pan, un boniato asado, una sardina salada y café con aguardiente─ e hizo el gesto de marchar de allí. Pero no era Pellerot alguien que tolerase una actitud de ese tipo, tan soberbia, y menos de un chiquillo. Se puso ante él en dos zancadas y le asestó un tremendo bofetón que lo tumbó en el suelo. Sacó la correa y comenzó a azotarlo con todas su fuerzas. Samuel lloraba, le sangraba la nariz y manchas de sangre se apreciaban también en la blusa. Luego lo levantó destempladamente asiéndolo del cabello.

―¡Vete y que no te vuelva a ver! Y vosotros ─mirando al resto de operarios─ ¡a trabajar!

Con cierta dificultad ─más por la impotencia y el asco que por los golpes, que en esos momentos no sentía─ recogió de nuevo su saquito de tela. Miraba a los compañeros, todos seguían en sus puestos, en silencio, lo único que se oía eran los quejidos y sollozos de Samuel y los bramidos de Pellerot. Pocos levantaban la vista. El encargado, contrariado por la tardanza del aturdido muchacho, le propinó una patada en el trasero y a gritos le ordenó de nuevo que se alejase de allí. Antes de traspasar la puerta se volvió a mirar de nuevo a los demás trabajadores de la estancia. Cruzó la mirada con Penca, vecino suyo, que apartó inmediatamente la vista. Se sentía solo, muy solo, cada vez más a medida que iba de camino a casa. Lloraba de rabia.

**

Cuando María regresó a mitad mañana del mercado encontró a Samuel tendido en el jergón. La sangre se había secado alrededor de la nariz y la comisura de los labios, el cuerpo estaba lleno de moratones y parte de la blusa se había pegado a la piel al secarse la sangre ocasionada por los latigazos. María hubo de tirar de ella bruscamente tras reblandecer la costra formada a su alrededor. Samuel chillaba. Su madre le dio una taza de tila para calmarlo y lavó las heridas con agua de eucalipto, aplicando luego un poco de miel sobre las mismas. Mientras, le preguntaba acerca de lo sucedido y especulaba en voz alta sobre la responsabilidad de Samuel, que permanecía en silencio. De todas formas, dijese lo que dijese, pensaba, la atribución de la culpa recaería en última instancia en él, al menos parte de la misma.

A mediodía tomó una sopa de ajo que había preparado su madre y se durmió, exhausto y dolorido. A última hora de la tarde llegó Vicent.

―¿Y este qué hace aquí?

María le explicó lo sucedido y Vicent montó en cólera.

―¿Pero quién demonios se ha creído que es el crío este? Un badulaque como mucho. No solo deja de hacer lo que le mandan, encima se indisciplina. Mira que provocar a Pellerot… ¿Es que no sabe cómo se las gasta? Se lo dije, mira que se lo dije cuando tuve que cambiar de fábrica. Hay que ser estúpido, ¡hostias! Elegido, decía el cura. Elegido de Dios. Pues sí. Elegido del demonio ─mascullaba Vicent recordando las palabras de don Eulogio, el párroco de Muro, cuando fue a bautizar a su hijo y le sugirió aquel extraño nombre─. ¡Maldita sea! ¡Me cago en la puta!

A punto estuvo Vicent en su indignación de zurrarle también. María lo contuvo y se fue a la taberna. Volvió unas dos o tres horas después, medio borracho, se tambaleaba y se le trababa la lengua. Cuando empezó a cenar, la sopa se le caía de la cuchara, sobre el pecho. No obstante, y para fortuna de quienes cohabitaban con él, las curdas de Vicent solían ser sosegadas. Se quedaba sentado y recogido, cabizbajo, farfullaba de vez en cuando algunas ininteligibles palabras y luego se dormía. Así se comportó esa noche. Bebió algo más de vino y tras comerse un plato de sopa y un poco de pan con tocino se dejó caer sobre otro jergón en el extremo opuesto de la estancia.

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