Capítulo XXI.2

XXI.2

Samuel pasaba la mayor parte del tiempo en la masía. Apenas bajaba a la ciudad y sus amigos, que le visitaban prácticamente a diario, le subían alimentos y tabaco. Comían, bebían, charlaban, paseaban por los alrededores y los días de canícula iban a bañarse a Els Canalons. Algunos aseguraban que lo hacían casi desnudos, otros que del todo. Lo que faltaba a la escuela para que su ya escaso prestigio se viera más menguado todavía. Al comenzar el curso solo se matricularon una veintena de alumnos.

Pensaba refugiarse en su querido Montmartre solo unos pocos meses después de su llegada a Alcoi. Así había quedado con Camila y William. Se reunirían con él en París en abril de 1908, una vez finalizaran los compromisos de su hija en la escena lírica estadounidense. No obstante, llegado el momento, dicho propósito hubo de aplazarse necesariamente al quedar Camila embarazada, algo que hacía tiempo, desde que conoció a William, deseaba pero no había conseguido hasta entonces. Camila contaba ya con treinta y tres años de edad y su ginecólogo le recomendó reposo, temía que pudiera perder la criatura. Nacería, pues, su nieto en Nueva York. Debería, por tanto, esperar a conocerlo, o bien volver a la capital yanqui. Decidió permanecer unos meses más en Alcoi, se lo debía a su amigo.

A mediados de agosto recibió la noticia de que Camila había sido madre de un precioso niño. Es un niño muy bueno, apenas llora, duerme y nos deja dormir. Eso sí, protesta de todo, como tú, si tiene hambre o sueño no lo hagas esperar. Por lo demás es un encanto, ya lo verás, se te caerá la baba. Espero que estés de acuerdo. William y yo hemos hablado del tema y creemos que el mejor nombre que podríamos ponerle es el de Samuel. No te vanaglories en exceso, es que el nombre nos gusta. Samuel sonreía beatíficamente mientras leía la carta de Camila y contemplaba una fotografía suya con el pequeñín en brazos. En la misma le confirmaba que a principios de abril del siguiente año llegarían a París. Camila tenía contrato para actuar en el Apollo Théâtre en el papel de Hanna de La viuda alegre, ahora La veuve joyeuse.

La satisfacción que experimentó al conocer la nueva fue enorme, celebrándola con sus amigos con una cena en la que no faltaron la pericana y el champán. En la masía, por supuesto, cuyo centenario cerezo ya no daba frutos y empezaban a padecer pudriciones en su tronco. Samuel, sin embargo, se resistía a cortarlo.

Era hora de regresar a su casa de Montmartre, definitivamente. Además, Alcoi comenzaba a agobiarle. ¿Y por qué no hacerlo con Esclafit y Rosa?, cavilaba.

**

Convencer a Esclafit que dejara Alcoi para irse unos meses a París no le fue nada fácil. Rosa se mostraba más receptiva a la invitación. Tras ser abuelo, comunicó que regresaba a su casa de Montmartre y se puso a ultimar sus asuntos. Habló con Hendrik y con Iborra y garantizó a ambos el dinero para el funcionamiento de las escuelas y el dispensario. El futuro de la imprenta y el periódico lo dejó en último lugar. Mientras, siguió insistiendo a su amigo y minando sus resistencias, para lo que contaba con la complicidad encubierta de Rosa, que siempre que aquel le preguntaba sobre la cuestión respondía Yo, lo que tú digas.

―Vale, imaginemos que vamos contigo ─dijo por fin Blas─, ¿qué hacemos con la imprenta? ¿Y el diario? ¿Y la escuela?

―La escuela la puede llevar Hendrik y al frente del periódico pones a alguno de tus colaboradores, el que creas más capaz. En cuanto de la imprenta que se ocupe el chico ese que contrataste, como Bernácer hizo contigo.

―Igual es mejor cerrarla, sé que la mantienes por mí y eso es muy de agradecer, pero me produce vergüenza y…

―A ver, Blas, deja de soltar bobadas y vamos a hablar claro. Tanto si os venís como si no, ya he firmado los papeles por los que os traspaso la propiedad de la masía y del piso. No os va a faltar nunca nada. Calla, calla y escúchame. ¿Quién cojones te crees que soy? Somos amigos desde pequeños, ¿a quién voy a dejar mis bienes?, ¿y por qué esperar a que me muera pudiéndolos disfrutar antes? Tú ya tienes una edad, lo sé muy bien es la misma que la mía. Camila tiene la vida resuelta y le dejaré el dinero que quede y la casa de París. A Marieta le he ingresado una buena suma de dinero, y a Sento. Tú, luego, con tus propiedades haces lo que quieras, las vendes si te parece para obtener fondos para la revolución, lo que te plazca, y le plazca a Rosa. Sabes como yo que no conoceremos ese mundo mejor en que aún confías, nos tendremos que conformar con este. Mira, si alguien se merece disfrutar un poco sois vosotros. La causa, Blas, no te exige tanto. ¿Qué pasaría si estuvieras enfermo una larga temporada, un año? Otros harían tus funciones, todo seguiría. Pero entonces tú no te sentirías culpable, esa es la verdadera razón. El placer te hace sentir culpable; el trabajo, la obligación, en cambio, no. Es una moral cristiana la tuya, pues, que exige el sacrificio.

Rosa asentía con la cabeza, pero Esclafit seguía renuente a abandonar Alcoi aunque fuera por unos meses. No dejaba de reconocer parte de razón en las palabras de Samuel, al menos así se lo dijo, puede que influido por la actitud pasiva de Rosa, que evidenciaba un sentir distinto, puede también que por la generosidad de su amigo hacia ellos. Samuel siguió con su alegato.

―Mira, Blas, no soy ningún filósofo ni he recibido instrucción alguna más allá de leer y escribir, y de aquella manera, como tú bien sabes, pero me ha intrigado siempre, desde que a los trece años vi reflejada la indiferencia en los rostros de quienes trabajaban con nosotros, la apatía y la más absoluta indolencia ante la injusticia, qué mueve a la gente a aceptar la sumisión y qué les conduce a creer que las desigualdades forman parte del ordenamiento natural. Piensan que hay quien nace pobre y quien tiene más suerte y lo hace en el seno de una familia rica, ¡qué le vamos a hacer!, así son las cosas, siempre habrán unos que manden y otros que tengamos que obedecer. He visto esos rostros de los que te hablaba antes transmutar de repente y revelar el odio hacia quienes les habían estado explotando durante años y años, y he visto luchar en nombre de esas ideas por un futuro mundo igualitario, hasta matar por ellas. Y luego el fracaso, y con él de nuevo los rostros, doblegados, sumisos como siempre. Me he preguntado por ello toda mi vida, he buscado en los libros la respuesta de acuerdo con mi propio albedrío y he sacado mis propias conclusiones, que pueden ser acertadas o no pero es lo que siento. Conforme pasan los años, todo va a un ritmo cada vez más acelerado, se suceden los inventos, se mejoran toda clase de técnicas, es el progreso, dicen. Todo cambia, a mejor o a peor es cosa que no voy a discutir ahora, y lo hace cada día más aprisa, pero hay cosas que siempre permanecen. Conozco algunas grandes ciudades y todas ellas tienen en común por encima de cualquier otra cosa uno o más barrios miserables de los que esos rostros resignados forman ya parte del paisaje. Siento tristeza al contemplarlos, y rabia. Viendo esa multitud podría estar de acuerdo contigo en que un día se recogerán los frutos de tanto sacrificio. Pero no me lo creo, el hombre no puede nunca ser justo con él mismo, acepta que siempre ha de haber superiores y aspira a acercarse a ellos, los más osados a formar parte de su club. A la gente le da igual que el mundo sea injusto o desigual, lo que quiere es salir de la parte desdichada de este, lo demás le trae sin cuidado.

Finalmente, Esclafit acabó aceptando la propuesta de Samuel. Salieron de Alcoi el 13 de diciembre.

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Imagen: Vidal, óleo sobre tela. / todocolección.net

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