Capítulo XXI.3

XXI.3

Los lugares de mayor nombradía, aquellos que nadie que hubiese estado en la capital de Francia debía perderse, fueron los primeros que Samuel mostró a Rosa y Esclafit. Naturalmente, les impresionaron, unos más que otros, todo París era una muestra incuestionable del ingenio humano; que lo fuese también de su inteligencia era más dudoso y se prestaba al juicio de cada uno. Así, a Esclafit le pareció bastante cuestionable la estética y utilidad de la Torre Eiffel, mientras que Rosa coincidía con la apreciación de Samuel y la consideraba una obra maestra de la ingeniería; a Samuel le encantaba el Bois de Boulogne mientras que a Rosa y a Esclafit les dejaba indiferentes; en cambio, a Rosa le gustaba pasear por los grandes bulevares, que los dos amigos estimaban desmesurados y demasiado aparatosos.

Montmartre, sin embargo, escapaba de cualquier discrepancia entre ellos, los tres coincidían en la consideración del mismo como un lugar más que agradable, cautivador, un tranquilo pueblo de calles sinuosas, algunas tan estrechas que dos personas no podían pasar de frente sin tropezar, y edificios bajos que ya llevaban tiempo levantados y cuyo contraste con las nuevas y esplendorosas construcciones de la ciudad era notable. Samuel les había hablado en muchas ocasiones de las excelencias de la Butte, siempre con un toque de añoranza que denotaba el aprecio que por el barrio sentía, pero el efecto que su contemplación in situ les produjo a sus amigos eclipsó toda idea preconcebida. Era como si se encontraran en un pueblecito al lado del cual Alcoi parecía una ciudad ajetreada e insalubre. Sus moradores vestían sencillamente, los oriundos, y de manera estudiosamente descuidada, a través de la cual se quería manifestar un modo de vida por completo ajeno a toda obligación regular y convención alguna, la pléyade de pintores, músicos y escritores que, atraídos por la pervivencia de un trazado urbano y un modo de vida destinados a desparecer, lo poblaban desde hacía décadas y lo habían convertido en referencia obligada de ocasionales visitantes y cultivados burgueses.

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Escena callejera en Montmartre. / Maurice N. Barnathan ©

Especialmente agradable les resultó la plaza Du Tertre, donde vivía Samuel en una casa de planta baja y una altura con un espacioso huerto, desde el que se apreciaba con detalle la cúpula de la basílica del Sacré Coeur y se escuchaba el inmisericorde sonido de sus campanas. Por el día estaba llena de chiquillos que jugaban a las canicas y muchachas que saltaban a la cuerda junto a los cuatro bancos de piedra que había en sus esquinas. Allí solían congregarse los pintores, que mostraban su técnica llenando los lienzos de color al aire libre junto a un representativo muestrario de su obra. Cuando las acacias que llenaban la plaza florecían, con la entrada de la primavera, la atmósfera se vestía de colorido y se acrecentaba el atractivo de la estación del año generalmente más deseada. Los cálidos tonos amarillos o rojizos de sus casas convivían armónicamente con los de las paletas de los artistas del pincel. En los bajos, pequeñas tiendas de mercería, bebidas, comestibles y dulces, además de algún quiosco, ofrecían los productos necesarios para los habitantes del enclave y resto de Montmartre. Las fruterías ─tres había en la plaza Du Tertre─ eran a partir de marzo las mejores aliadas del festín de colores que llenaba los sentidos. Los vivos colores de las frutas, el verde de coles y lechugas, el rojizo de zanahorias y naranjas, el rojo pasión de las cerezas, parecían extraídos de la gama de colores de los pintores, cuando en realidad era lo contrario.

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La plaza Du Tertre sobre 1900.

Si la pequeña plaza Du Tertre podía resultar por el día un tanto ruidosa dada la continua afluencia de gente ─Samuel se quejaba cada vez más de ello─, los animados grupos que por la noche la cruzaban en busca de manduca y jarana llegaban a convertirla en un constante guirigay. No era esta, sin embargo, hasta el momento al menos, cuestión que preocupara demasiado a Samuel, el horario que regía su vida se había amoldado siempre a dicha circunstancia. En las calles adyacentes se encontraban muchos de sus lugares preferidos, como La Bonne Franquette o el Lapin Agile, en la de Saules, y el cercano bulevar de Clichy ofrecía, especialmente en el tramo comprendido entre las plazas Blanche y Pigalle, diversión garantizada en los numerosos cafés y cabarets que allí se ubicaban, entre ellos el Quat’z’Arts o el cada día más famoso Moulin Rouge. También allí se había trasladado Le Chat Noir; poco que ver con lo que era. La zona atraía todo el esnobismo francés y extranjero y se la consideraba la cuna del vicio, la inmoralidad y la delincuencia. Unos nuevos tipos, poco familiares incluso para Samuel, vestidos con camiseta de rayas, gorra y pañuelo al cuello, y armados de revólver o puñal, campaban aquí a sus anchas: los apaches, como se denominaba a los malhechores de los bajos fondos de París. Controlaban la prostitución y no había asunto turbio que escapara de sus manos. Los clientes tenían dónde elegir: desde jóvenes casi adolescentes a maduras mujeres curtidas en mil batallas cotidianas se ofrecían a las puertas de los cabarets; las más lozanas eran invitadas a pasar por sus dueños.

En Pigalle, una jovencita se les acercó y les pidió unos cigarrillos. Son para mi hombre, les dijo. Cuando Rosa le preguntó la edad, muy resuelta contesto: ¡Catorce años!, extrañada de que no la reconociese como una mujer hecha y derecha. Poco más allá, otra muchacha, que si superaba la edad de la anterior sería por cuestión de meses, lloraba y, entre lágrimas, lamentaba que el “cerdo” de su hermano pequeño hubiese roto los pantalones que esa misma mañana le había comprado. Rosa pidió que regresaran a casa y eso hicieron.

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Imagen superior: ‘La plaza Pigalle de noche” (1905-08), óleo de Pierre Bonnard. / Yale University Art Gallery.

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