Capítulo II.2

Ermita San Antonio

Alcoi. Ermita de San Antonio.

Regresaba María con Samuel de la ermita de san Antonio, a poco más de una hora de la ciudad. Ese día no trabajaba, el encargado de limpiar la acequia que llevaba el agua al molino no había hecho bien su labor el día anterior y la rueda hidráulica se averió al tropezar sus álabes con unos guijarros que se filtraron. Venía de comprar un preparado de hierbas medicinales a la Tía Miquela, cuya hija era también canillera en la misma fábrica que ella. Lo necesitaba para Roque, que padecía una severa desnutrición. Con nueve años, llevaba ya casi dos trabajando en diversas tareas: barriendo el suelo, cepillando las máquinas, limpiando la suciedad que se acumulaba bajo las mismas, atando los hilos que se rompían… Primero en un batán, luego en una fábrica de hilados, siempre en trabajos “idóneos” para los pequeños cuerpos de los niños y su natural agilidad.

Era difícil conservar la misma ocupación mucho tiempo, más aún en el mismo establecimiento, y más todavía en el caso de Roque, demasiado débil generalmente para cumplir con su quehacer a satisfacción de sus empleadores. Nunca había gozado de buena salud, pero Vicent y María no podían permitirse perder un sueldo por escaso que fuera. Marieta, que ya había cumplido los once años, trabajaba desde los ocho en similares faenas junto con su madre. Su contribución a la economía familiar era igualmente exigua, a la par que imprescindible. Además, pronto empezaría a desempeñar labores de adulta y sería más complicado encontrar trabajo, la industria textil atravesaba una nueva fase en el proceso de mecanización: la sustitución definitiva del huso manual por el mecánico.

Llegando a la ciudad, María percibió el alboroto que perturbaba un día soleado y apacible. Se detuvo, sabía de la desazón que reinaba entre los que como su familia dependían de un jornal que nadie ─ella aún confiaba en el arbitraje de la autoridad divina, otros carecían de esta ilusión─ podía garantizar. Al poco se hizo el silencio. María desconocía el motivo, pero consideró que debía aprovechar el momento de quietud para regresar a casa. Así lo hizo. Cogió a Samuel fuertemente de la mano. Una miríada de gente caminaba en dirección contraria a la suya dificultándole el paso. Trató de resguardarse en el primer soportal que encontró. En eso pasó Albors al frente de la Milicia Nacional, todos exultantes y bien formados. La gente prorrumpió en vivas y otras exclamaciones de contento y volvió a arremolinarse.

Cuando se dio cuenta, María ─que seguía apretando la mano de Samuel con la suya─ estaba junto al Cantó del Pinyó, pasados unos metros de la calle que conducía a su casa. Todo había terminado y se volvía aparentemente armonioso, los ademanes de la gente denotaban complacencia por la manera en que se habían resuelto las cosas. No había ya peligro alguno, se respiraba una atmósfera sosegada y la plaza se despejó enseguida. Samuel, que ya había llevado a cabo diversos intentos por librase de la mano de su madre, se zafó de la misma con un brusco movimiento, lo que llevó la mirada de María a la altura del pequeño y de allí al suelo, donde vio un libro que, a tenor de las imágenes que contenía, adivinó enseguida que se trataba de un misal. Ya en casa estuvo hojeándolo, le pareció precioso. ¿De quién será?, pensó, quien lo haya perdido debe estar lamentándose. Pasaba las páginas una y otra vez, se detenía en sus láminas ricamente coloreadas, no hacía falta saber leer para entender su significado.

Cuando a la mañana siguiente María llegó a la fábrica seguían arreglando la rueda. Otro día sin trabajo, otro día sin jornal. Como solía hacer siempre que podía, los días festivos especialmente, asistió a misa de ocho. Finalizada la ceremonia se dirigió a la sacristía, un monaguillo ayudaba a don Isidoro a quitarse la casulla y demás ornamentos propios de la celebración. Con el respeto que estimaba que debía a un superior natural, con acatamiento y temor, pues, sin franquear en ningún momento la puerta de entrada a la sacra dependencia hasta obtener el preciso permiso, solicitó hablar con él.

―Adelante, María. ¿Qué te trae por aquí? ¿Tampoco hay trabajo hoy? Paciencia, hija mía. La misericordia de Dios es mayor que nuestra miseria, el Señor siempre se compadece de quienes le temen, no solo remediará nuestra necesidad: él es el mismo remedio.

María le mostró el misal y le explicó cómo había llegado a sus manos. El párroco no ocultó su asombro por el gesto, tampoco su admiración. A su juicio, devolver un espléndido misal tan prontamente denotaba una gran predisposición de ánimo, la resolución de no quedarse con lo ajeno.

Doña Mercedes, que también había asistido a misa de ocho como era costumbre en ella, abandonaba la iglesia en el preciso momento que tenía lugar la conversación. Don Isidoro la llamó para sofoco de María, que hizo el ademán de marcharse. El cura la detuvo cogiéndola del brazo, seguramente doña Mercedes querría agradecerle el favor. Así fue. Daba el misal por perdido, sacó una moneda de diez reales que llevaba en el bolso y se la dio a María, que un tanto turbada no sabía cómo reaccionar. Miró a don Isidoro, que sonreía complaciente.

―Ande mujer, cójalo. Doña Mercedes se lo da de corazón.

A María le costaba mucho ahorrar diez reales, era prácticamente lo que ganaban entre todos ─ella, Vicent, Sento y Marieta─ en un día. Tomó el dinero y trató de besar la mano de doña Mercedes, que la retiró con sutileza.

―Si puedo hacer alguna cosa por usted…

―Si pudiera darle alguna faena a mi hija ─se atrevió a decir María con cierto balbuceo─. Pronto se quedará sin trabajo. Tengo un hijo enfermo y aunque este ─señalando a Samuel─ empezará ya a trabajar, no nos alcanza.

Fue ahora doña Mercedes quien dirigió su mirada hacia la de don Isidoro. Este asintió con la cabeza. Doña Mercedes entendió que aquello significaba que podía fiarse de María.

―¿Cuántos años tiene su hija?

―Once.

―Dígale que venga mañana a verme, necesito una muchacha que sirva en casa.

**

María estaba contenta, Dios proveía una vez más. Ese día compró carne e hizo un guisado, con patatas, carlotas y guisantes. Ni a Vicent ni a Sento les pasó inadvertido. No estaban acostumbrados. Contadas eran las ocasiones en que probaban la carne, y cuando lo hacían era aquella ya a punto de pasarse, la que llevaba varios días en el mostrador de la carnicería y no era apropiada para mesas de mantel y fina cubertería. Contó María lo sucedido, primero a Vicent, luego a Sento; este último regresaba algo más tarde de la fábrica. Vicent no dijo nada, llenó un vaso de vino y se lanzó sobre el plato que terminaba de servirle su mujer, engulléndolo apresuradamente. Luego se puso más vino. Sento, en cambio, que se zampó el plato con la misma voracidad, reaccionó de otro modo. La satisfacción de su madre, sus continuas palabras de agradecimiento a Dios y las incesantes loas a la magnificencia de su benefactora, acabaron por irritarle.

―¿Y mañana? ¿Tendremos también carne mañana? Son las migajas que caen de sus mesas lo que nos dan, las sobras de lo que ellos comen a montones, lo que sus perros ya no quieren… ¿Abrirán otra vez el puño que siempre tienen cerrado?

―No hables así. Gracias a la señora…

Sento marchó a la taberna. Vicent quiso saber cuánto ganaría su hija sirviendo en casa de doña Mercedes.

―No lo sé ─dijo María─ pero seguro que más que ahora.

―¿Y quién cuidará de Roque? Tal vez si encontráramos para él una faena menos pesada.

Roque permanecía en una esquina de la habitación, sobre un jergón, apenas se movía. De vez en cuando sus extremidades se rebelaban contra su forzada inmovilidad. Entonces se quejaba. De lo más profundo de su escuálido y cada día más deformado cuerpecito surgían exclamaciones de dolor, gemidos y sollozos. María le daba un poco de vino, o aguardiente si había, para calmarlo.

―¿Tú crees que se pondrá bien?  Si se lo ha de llevar el Señor que no nos haga sufrir más. Aunque si ahora Marieta sirve en casa de doña Mercedes…

―Samuel puede quedarse con él hasta que Dios decida. No hay trabajo.

Aquejado de raquitismo, Roque se había convertido en poco tiempo en un tullido de fábrica. Pronto, demasiado pronto ─si es que hay un momento adecuado para ello─ los huesos de sus extremidades se desviaron e hincharon, se ablandaron, carecían de calcio, apenas conocían el sol. A la debilidad de las extremidades se unía ahora la escoliosis.

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