Capítulo II.1

I.6b

Gritos de ¡Ladrones!, ¡Abajo los consumos!, ¡Mueran los arrendatarios! y otros improperios se oían desde la casa del fabricante de papel Ricardo Blanes, en la calle de San Nicolás. Era mitad mañana del 2 de enero de 1856, miércoles. Desde unos días reinaba el malestar entre los trabajadores, primero en sus conversaciones, luego en sus actitudes. Blanes platicaba con otros próceres locales afines a su ideario.

La reunión obedecía a la necesidad de relanzar el Casino Alcoyano, una asociación privada de carácter recreativo fundada años atrás, conservadora, que aglutinaba buena parte de la burguesía local pero que en los últimos años había ido decreciendo en número de socios e influencia, un lugar donde reunirse y adoptar decisiones. Los progresistas les tenían tomada la delantera y otras entidades de similares características mostraban tener una mayor vitalidad.

La charla, a la vista de los acontecimientos que tenían lugar frente al ayuntamiento, en la plaza, colindante con la casa de Blanes, pronto tomó otros derroteros, aunque sin cambiar de rumbo. La presencia de los progresistas en el poder era una seria amenaza para sus intereses. La forma en que gobernaban la nación les exasperaba.

―¿No oís el griterío? ─apuntó don Evaristo, alcalde de Alcoi hasta hacía poco más de un año─. ¿Contra quién se dirige? Contra nosotros no. Contra ellos. Tanta medida liberalizadora, tanta promesa, tanta vana esperanza. ¿Para qué? Ahí ─señalando el balcón principal de la casa, desde el que se veía casi toda la plaza─ tenéis el resultado. ¿Qué han traído con su política de querer contentar a tantos? ¡Ahí!, ¡ahí! Mirad. ¿Qué veis? Descontento, agitación, confusión. Y no es nuevo, no. ¿O no os acordáis del tumulto de hace un año? De cuándo se juntaron en el Planet de Botí porque querían más salario. ¿Y por qué querían más salario? Porque los alimentos, como ahora, estaban caros, más caros que nunca. ¡Y ellos eran los que decían garantizar el orden! ¿Qué se vio obligado a hacer Albors? ¿O debería decir don Anselmo? ¿No fue su protegido quien, como teniente de alcalde, castigó a los turbulentos y mandó a muchos de ellos a prisión? Si hasta le tiraron piedras…

―Incluso las mujeres ─añadió Félix Vidal.

―Los obreros tienen una inclinación natural a considerar su trabajo como mal remunerado siempre. Pero yo les digo: haced lo mismo si podéis. ¿Pueden? No, evidentemente no ─Blanes, que presidía la Sociedad de Fabricantes de Papel se mostraba especialmente crítico─. Ellos qué saben de desgaste de máquinas y herramientas, de su mantenimiento, del de los edificios, de deudores insolventes, de competencia, de subidas de precios de las materias primas, de retrasos. Ellos a pedir más jornal, da igual cómo estés, qué les importa tu situación financiera… Pero a ti sí debe importarte la de ellos. Y cuando uno de esos golpes que a veces trae la vida, y que ni a mí ni a ninguno de ustedes deseo, te quedas en la ruina ¿vienen entonces los obreros a levantar al patrón arruinado? No, ¿verdad que no?

―Lo más terrible ─señalaba Rafael Verdú, hombre de confianza de Blanes, su encargado y mano derecha─ es la impasibilidad de los gobernantes y la condescendencia de los que se dicen progresistas. Saben que no tienen nada que hacer y tratan de granjearse el favor de los asalariados como sea, les da igual poner en peligro el orden social.

―¿Y qué hace el Ejército? ¿O acaso un pronunciamiento no estaría ahora más que justificado? ─terció don Evaristo.

―¿Y la Corona? ─preguntó y se preguntó Vidal en voz alta.

―Como siempre, titubeante ─intervino Blanes.

El presidente de la Sociedad de Fabricantes de Papel mostraba su descontento con la reina por permitir medidas, a su juicio, demasiado liberales. Blanes, por otra parte, era un ferviente católico que acudía a misa casi diariamente con su esposa, Mercedes Bernabéu. No olvidaba las afrentas que, según él, gobiernos liberales o progresistas infligían a la iglesia retomando la política desamortizadora y reclamaba mayor presencia de la institución en la dirección del país.

―Demasiada tolerancia, demasiada imprevisión Ni gobiernan con energía ni con rapidez. Podríamos decir que ni gobiernan ─apostilló Verdú.

Mientras, en la contigua plaza de San Agustín proseguía el alboroto. Los gritos eran también de reprobación, pero los motivos que movían a unos y otros a la censura eran muy distintos.

―Esto acabará mal. Con tanta transigencia, al final nadie querrá reconocer su posición social. Los malditos demócratas, inconscientes siempre, han llenado la cabeza de los obreros de ilusiones. ¿A qué nos han conducido las descabelladas propuestas de Pi y Margall? Él sabía perfectamente, o debiera saberlo, que lo que pedía en la exposición que presentaron a las Cortes el año pasado solicitando los obreros el derecho a la libre asociación solo a esto podía conducir ─dijo señalando de nuevo a la plaza─. Mil trescientos firmaron aquí la declaración. Bien, ahí tenéis el resultado. ¿Y ahora qué?

―Malditos progresistas, atajo de ineptos. No son capaces ni de poner en marcha su Constitución. No han sabido alcanzar un acuerdo. Llevan más de un año en el poder y ¿qué han hecho? Decían que iban a suprimir la contribución de consumos. Cierto que lo hicieron, pero la realidad manda y lo tuvieron que restablecer. Siempre están hablando del mañana. Ni se fijan en el día de ayer ni el de hoy. Nosotros vivimos en el de hoy. Maldita sea la…

Blanes interrumpió su alegato bruscamente ante la entrada de doña Mercedes en el salón principal de la casa, donde se hallaban reunidos, vigilantes de lo que fuera acontecía. Llegaba acalorada y nerviosa, asustada. La algarada la había sorprendido en plena calle cuando regresaba de conversar con don Isidoro, el párroco de la iglesia de Santa María. Doña Mercedes presidía la Asociación Caritativa de San Vicente de Paúl y, con otras señoras de la flor y nata local, se ocupaba de conducir la actividad de la Casa de Desamparados, creada en 1854 a raíz de la epidemia de cólera que especialmente se había dejado sentir con toda su fuerza y horror en los barrios obreros y de la que, milagrosamente, salieron indemnes Vicent y los suyos. María había rezado, mucho. En cambio, la familia de Salvador, el hermano de Vicent, cuya devoción debía ser sensiblemente menor, fue castigada con la muerte de dos de sus hijos.

Doña Mercedes bebió un sorbo de agua del Carmen. Todavía sofocada suspiró y contó a los presentes cómo la turba ocupaba la plaza obstaculizando el paso de personas y carros. Algunas señoras no se atrevían a salir de la iglesia, ella tampoco, pero como quiera que el sacristán iba a hacerlo decidió ir con él. Solo se trataba de cruzar la plaza, unos metros, y aunque los ánimos estaban encrespados y la gente cada vez más enfurecida, atravesaron la misma, deprisa, con la cabeza gacha, sin levantar la vista para nada. Al llegar al Cantó del Pinyó, en el límite de la plaza con la calle de San Nicolás, la gente comenzó a arremolinarse y de nuevo se escucharon las consignas de ¡Ladrones!, ¡Abajo los consumos!, ¡Mueran los arrendatarios! En ese instante doña Mercedes perdió de vista al sacristán, tuvo miedo y rápidamente se dirigió a su domicilio, a escasos veinte metros. Azarada, no se dio cuenta hasta llegar a casa que había perdido el misal. Sentía un gran aprecio por él. Realmente era precioso, diríase que único, ninguna dama de la alta sociedad alcoyana poseía otro igual, con tapas de marfil, incrustaciones de bronce y una miniatura pintada a mano de la Virgen y el Niño en la portada, además de ricas ilustraciones en su interior.

Como antes su esposo, tampoco doña Mercedes llegó a terminar su explicación. La continuada algarabía que desde primeras horas de la mañana se había apoderado de la plaza amenazaba convertirse en un dantesco caos. Los exaltados gritos de la multitud se mezclaban con las llamadas al orden, pero nadie hacía caso. Cuando se tiene hambre y frío invocar a la paciencia o a la serenidad es, como poco, osado. Y hambre se tenía, mucha. Los precios de los productos de primera necesidad, a pesar de su generalmente mala calidad, no paraban de subir. Algunos tan básicos como el trigo escaseaban con excesiva frecuencia.

En el interior del ayuntamiento, el alcalde y otros miembros de la corporación municipal meditaban sobre la conveniencia de anunciar públicamente la anulación de la medida, sobre todo desde el momento en que la Milicia Nacional decidió ponerse del lado de los manifestantes. Por fin, el alcalde ─miembro de la facción demócrata del progresismo─, tras consultar al gobernador, salió a la calle con otros concejales justo en el momento en que la encolerizada multitud intentaba tomar por la fuerza el fielato, situado junto a la misma casa consistorial. Se dirigió a su correligionario Albors, quien estaba al frente de la Milicia. Este comunicó la noticia a la muchedumbre y consiguió detener la acometida, granjeándose de nuevo buena parte de las simpatías que había perdido con su intervención el año anterior al dispersar, con fuerzas de caballería y artillería, a los trabajadores que protestaban por la insuficiencia de sus salarios. Poco a poco, los gritos fueron transformándose en un murmullo cada vez más apagado. La plaza quedó prácticamente desierta en cuestión de minutos y todos regresaron a sus casas. Unos y otros eran conscientes de que hasta la próxima.

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